El recuerdo de los hechos históricos lleva el injerto de las propias vivencias. ¿Qué hicimos el 23 de febrero de 1981? Les hablaré de lo que hice yo. No porque mi experiencia tenga importancia, sino porque es representativa de la cultura del antifranquismo. Retrocedo al verano de 1977. Pasadas las primeras elecciones democráticas y después de unos años de militancia agotadora, me dio por organizar la UGT en el Empordà, en vez de buscar trabajo. Mi padre estaba hecho una furia. En septiembre, con los ahorros agotados, pregunté a Ernest Lluch, diputado socialista por Girona, si podía abrirme alguna puerta en el mundo editorial: necesitaba un sueldo y el trabajo de editor me hubiera encantado. “No sufras –me dijo Ernest–. Pronto dispondremos de presupuesto para los funcionarios de partido; tendrás un sueldo”. ¡Funcionario de partido! La expresión me pareció horrible. Busqué trabajo en
la enseñanza y abandoné la militancia.
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