Allí reluce el salero de Cellini, una miniatura de oro apodada “la Monalisa de la escultura”, valorada en unos cuarenta y cinco millones de euros y víctima de un angustiante robo con final feliz a principios de este milenio. Por allá se adivina el brillo de los doce diamantes que adornan una cajita de objetos de higiene personal: un mondadientes, un raspador para lengua y una cucharita para la cera de las orejas, los tres de oro macizo. La mayoría de lo que aquí se exhibe, sin embargo, nunca tuvo ninguna funcionalidad más allá de maravillar.
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