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Rebeca Stavsky | Montevideo
@|A 100 años del nacimiento del escultor Riva-Zucchelli.
El 26 de agosto se cumplieron 100 años del nacimiento del escultor e ingeniero Guillermo Riva-Zucchelli y quisiera recordar algunos aspectos de su vida. Aquel niño que disfrutaba jugando con barro en una quinta en Colón logró convertirse en un artista que realizó un importante aporte en el campo de las esculturas nacionales; expuso en Uruguay y en el exterior ante destacadas personalidades; vivió en Carrara durante varios periodos; montó su museo taller en Laguna del Sauce y sus esculturas se pueden apreciar en varios puntos del país. Sin embargo, su amor por la piedra llegó tarde en su vida.
Como muchos niños de su época, Riva-Zucchelli tuvo una educación bastante rígida que transcurría entre su casa en la calle Tapes y el colegio. No era de jugar a la bolita en el barrio ni a la pelota en el campito. Tampoco hacía demasiadas travesuras. Era un niño dócil que jugaba con la excavadora de su padre, hacía mapas con tinta china pero especialmente disfrutaba moldear el barro porque le daba una sensación de libertad, algo que seguramente le ocasionó algún que otro rezongo. Sin mayores sobresaltos estudió ingeniería civil y se recibió a los 25 años. Trabajó de ingeniero, viajó a Europa a hacer cursos y aprovechó esas oportunidades para familiarizarse con las artes. En Uruguay también se involucró en política en el Partido Demócrata Cristiano (PDC) y el diario Ahora. En los turbulentos años previos y durante la dictadura, Riva-Zucchelli conoció la desesperación de tener a una hija presa y así como la cárcel en carne propia. Entre 1974 y 1985 se autoexilió en Buenos Aires. Sin embargo, viajaba a Montevideo.
En el verano de 1978 una amiga lo invitó a sumarse al taller del ceramista Duncan Quintela en un garaje en Pocitos. Riva-Zucchelli llegó al taller de traje gris y corbata. El ceramista, impresionado por la vestimenta y el título de ingeniero del nuevo alumno, comenzó a explicarle los detalles técnicos de la arcilla. A Riva-Zucchelli no le interesó la explicación y puso manos a la obra en el barro para hacer un jarrito. Allí se produjo el milagro. “Toqué con cuidado y aprensión el barro, empecé a apretarlo y una explosión inolvidable me recorrió el cuerpo… Aquel material blando (…) se apoderó de mí y me conquistó para toda la vida”, recordó el escultor años después en el libro “Riva-Zucchelli. Secuencias de la vida del escultor”.
A su regreso de Buenos Aires, Riva-Zucchelli experimentó una “ruptura con la vida anterior” en lo personal y lo profesional, recordó el escultor años después. Se fue a vivir al barrio Punta Carretas, donde montó su taller de esculturas. Ya había trabajado con barro, yeso y cemento. Pero en 1986 viajó por primera vez a Carrara y descubrió el paraíso del escultor. El mármol se convirtió en el material principal al que luego le agregaría luz y efectos de movimiento gracias a sus conocimientos de ingeniero. En la Toscana conoció a destacados escultores y entabló una amistad con el artista uruguayo Gonzalo Fonseca.Durante años Riva-Zucchelli viajó a Carrara cada verano boreal para elegir los mármoles, realizar sus esculturas y encontrarse con artistas y amigos. En Uruguay construyó Carpe Diem, su casa taller en Laguna del Sauce. Allí formó a jóvenes escultores, reunió a artistas -entre ellos a Jorge Páez Vilaró- y realizó exposiciones. A un siglo de su nacimiento, el legado de Riva-Zucchelli permanece vivo y hoy se pueden apreciar sus obras en el Parque de las Esculturas, junto al edificio Libertad que fuera sede de la Presidencia, y Tres Cruces, entre otros lugares.
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