En su reciente libro, Decir el mundo: Una introducción a la filosofía del lenguaje (Malba Literatura), la narradora, traductora y ensayista Mariana Dimópulos afirma lo siguiente: “La imagen ha ido ganando un peso progresivo y la técnica de la palabra se ha vuelto una técnica de la acumulación estadística de la información. Es así que antiguas formas de la expresión, hasta hace poco claves, terminan por perder su protagonismo. Y las artes cambian, y la literatura cambia, y lo que vemos y a lo que prestamos atención ya no es exclusivamente la palabra escrita, sino otra cosa u otras cosas».

Estas consideraciones, que para muchos pueden sonar terribles y funestas porque hablan del fin de un modo de existir con el mundo, dan cuenta de una certeza cada vez más evidente en este presente histórico: la preponderancia de lo visual en detrimento del uso tradicional de la palabra escrita.
En ese sentido, las artes plásticas como una zona del arte en un tiempo donde esa concepción está en tensión constante (“¿si todo es arte qué es el arte?”) cobran una nueva importancia en este contexto de reconfiguración postpandémica Es decir: la mirada debe ser nuevamente educada porque vivimos tiempos en los que, frente a la masificación y contaminación apabullante de las redes sumado el reseteo de las subjetividades durante la pandemia, la percepción y valoración de las imágenes se encuentra desestabilizada, traccionada por una desilusión insistente.
¿Cómo aprender a mirar de nuevo? En diálogo con esta situación acaban de aparecen una serie de libros que intentan ver este problema de época en relación al arte plástico desde distintos puntos de intervención y perspectiva. Veamos.
Mirar para admirar
Escribe la poeta, artista visual, curadora y –esto lo consigna ella misma en su bio– ama de casa Fernanda Laguna: “La palabra “arte” es como una estrella enana que se agota a medida que crece, por eso me quita energía usarla. El arte para mí no es un objeto ni una acumulación de ellos, sino que esa palabra me expresa un mundo al que yo llamo, haciendo una analogía, “trans”».
En ¡Muy espectacular! Deseos, cartas y textos de arte (1995–2025) (Reservoir Books), su más reciente libro, Laguna despliega una forma de usar el ojo que se aleja totalmente de cualquier atisbo teórico (“yo montada de artista”) para gestar una forma sensorial y devocional de aproximación a las obras: “Me fascinan lo que hacen los demás, por eso trabajo mucho colectivamente”, escribe.
Son textos que siempre tiene destinatarios y por eso se personalizan, crean intimidad, cercanía: Mariela Scafati, Tracey Emin, Diana Aisenberg, Guillermo Iuso, Gumier Maier, Roberta Iannamico, entre otras. De esta manera, Laguna busca su propia concepción de la belleza (¿el arte son cosas bellas?) corriéndose siempre de los espacios e imágenes preestablecidas e institucionalizadas para encarar una mirada –y una voz– emancipada.
Cuenta en la página 53: “Me guío por la excitación de que puede aparecer algo que nunca me habría imaginado». ¿El arte, en la actualidad, tiene que ver con la imaginación? ¡Muy espectacular! Trabaja sobre una idea: el juicio –y muchísimo más el prejuicio– destruye la experiencia estética.
Hora de la dispersión
El mayor síntoma de época –gracias a internet, la pandemia y las redes sociales– es la incapacidad de sostener la atención más allá de periodos cada vez más cortos. ¿Cómo afecta esto al arte y a las exhibiciones? En mucho, por supuesto, porque el arte está inserto en la existencia cotidiana.
Sin embargo, es posible que los artistas de esta era utilicen esta atención fragmentada –¿rota?– para incluirla como parte del diálogo con su imaginario visual. Atención trastornada. Formas de ver arte y performance hoy (Caja Negra) de Claire Bishop da cuenta de esta problemática y piensa posibles salidas/reinvenciones.
Escribe la autora: “El modo en que definimos la atención está intrínsecamente vinculado con el modo en que nos concebimos a nosotros mismos como seres humanos”. Y más adelante señala lo siguiente: “La patologización de la atención produce una separación entre la mente y el cuerpo, el individuo y la sociedad. Te alivia que el defecto lo tenga tu cerebro, no tú. Pero igual eres tú, el individuo, el que recibe la medicación: no la sociedad».

Un libro que realiza una operación de lectura de la actualidad para tratar de responder una cuestión puntual: ¿qué miramos cuando no podemos prestar demasiada atención? Un texto crítico para saber dónde están paradas las nuevas audiencias. Y qué hacer con eso.
¿Qué pasa adentro del taller?
Daybook. Diario de una artista (Chai Editora) de Anne Truitt es un libro que ofrece una oportunidad: ingresar al taller mental de una artista. A comienzos de los 70, la artista norteamericana estaba siendo objeto de varios reconocimientos y eso la abrumó. Sintió que “se estaba perdiendo”. Tomó una decisión: compró un cuaderno y se puso a escribir.
Dice en el prólogo: “La única limitación que me impuse fue dejar hablar a la artista. Tenía la esperanza de que si lo hacía con honestidad descubriría cómo verme e a mí misma desde una perspectiva que me haría completa ante mis propios ojos”. Y explica más adelante: “Comencé a ver cómo se había construido mi vida mientras la vivía, de qué modo natural e inevitable me había convertido en artista».
Daybook cubre el periodo 1974–1980, en donde podemos asistir al día a día de Truitt y ver de qué manera construyó su camino en el arte mientras era madre, y llevaba una existencia de artista independiente. Es un texto que tiene una relevancia actual porque plantea problemas actuales: la economía, la maternidad, el devenir de la sociedad, y la propia valoración de la obra en medio de un mundo que parece, inevitablemente, derrumbarse.
Es por eso que una contrapartida de este libro puede ser el ensayo reciente El ojo–cerebro. Nuevas historias de la pintura moderna (Cactus) de Éric Alliez y Jean–Clet Martin. Porque es un texto que trata de meterse, con un lenguaje filosófico, cómo funciona la mente de un artista plástico.
Es una obra que intenta adentrarse en la relación entre el ojo y el cerebro –el Ojo–Cerebro– y los modos de mirar desde una perspectiva histórica–crítica que va de Goethe y llega hasta Cézanne.
Silencio: habla Yuyo Noé
El extraordinario artista y escritor Luis Felipe “Yuyo” Noé no dejó dos libros que están en un punto muy alto en cuanto a la relación entre creación, teoría reflexiva y ensayo: El ojo que escribe (Ampersand) y Asumir el caos. En la vida y en el arte (Cuenco del plata). Y son dos textos que funcionan como puntos que unen dos instancias de un recorrido alucinante en la cultura argentina: la formación y el legado, o el comienzo formativo y un final de apoteosis.

En El ojo que escribe, Noé hace un repaso exuberante de su relación con los cuadros, libros y situaciones que le dieron herramientas para pensar el arte y encontrar conceptualizaciones sobre su propio devenir como creador de imágenes, cuadros y escrituras. Es un libro iluminador porque nos adentra en el backstage de un artista genial y nos hace pensar de dónde es posible que surjan tantas ideas.
Asumir el caos, por su parte, es uno de los ensayos del año. No sólo porque la forma brillante, compleja y diversa en la que busca pensar al caos (ver el documental Tres en la deriva del acto creativo de Fernando «Pino» Solanas si se quiere profundizar), sino también porque lleva a considerar el tiempo caótico que vivimos desde la mente de un artista deslumbrante.
Asumir el caos es un libro imprescindible para comprender de qué forma un artista como Noé puede seguir hasta el fin con la misma lucidez y ganas de crear artefactos increíbles.
Los observadores perfectos
Leer al pintor, crítico y escritor inglés John Berger y al historiador italiano Carlo Ginzburg lleva a dos pensamientos encadenados: estos dos sí que saben mirar, y saben mejor que nadie escribir sobre eso que miraron. Acaban de aparecer dos libros de ellos que dan cuenta de esta realidad: Algunos pasos hacia una pequeña teoría de lo visible (Interzona), de Berger, y Una historia sin final (Ampersand), de Ginzburg.

Si Berger se pregunta y cuestiona, en una serie de ensayos de diversas épocas, cuál es el lugar del pintor (el autor habla de “resistencia”) en un mundo plagado de imágenes como el actual, Ginzburg, en 9 ensayos exquisitos, reflexiona desde su espacio, el de la microhistoria, la forma en la que se vinculas las imágenes con las palabras y cómo se habla sobre lo que se ve, de ahí que esa sea una “historia sin fin”: nos la pasamos hablando desde siempre de lo que vemos. E
Es decir: la pregunta que abordan es directa: ¿cómo darles espesor (y valor, por supuesto) a las palabras y al trabajo confrontativos de las imágenes artística en este mundo tan visual donde nada parece quedar impregnado en la retina?
Para cerrar (y volver al principio), conviene pensar en estas palabras de Mariana Dimópulos en Decir el mundo: “El mundo, que produce discursos en demasía y usa sólo poco de ese surplus autoreflexivo para asuntos que valen la pena, seguirá creando dispositivos y tecnologías mientras sea nuestra forma de vivir y de concebir lo que (creemos) nos importa».
Quizás el mayor desafío de esta época, donde todo es hisperestímulo incesante y nada queda en ningún lado, sea volver a producir valor, significado y trascendencia. Como siempre ocurre: volver a darle un horizonte a este barco sin timón es una tarea colectiva donde cada uno hace su parte. Estos libros que compartimos en esta nota son la muestra de que es posible pensar el arte plástico de nuevo y desde este lado de la historia.