Sáb, 29 noviembre, 2025
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Mundos íntimos. De adolescente, pude animarme y besar a una chica que me gustaba pese a los prejuicios familiares: fue muy lindo.

Mi mamá murió joven, a los 50 años, cuando yo apenas tenía 11. Como mi mamá y mi papá estaban separados, y la presencia de mi papá siempre fue inconstante, mi abuela, mis hermanos mayores y mis tíos pasaron a hacerse cargo de mí. Me criaron como pudieron mientras le ponían el cuerpo a la tristeza e intentaban reorganizar una familia destrozada por la tragedia.


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A partir de ese momento, mi tía y mi tío se convirtieron en el ejemplo más cercano de familia para mí: un matrimonio, con 30 años de convivencia y tres hijos, que durante un tiempo largo me adoptaron un poco como su hija y yo me refugié en ellos como si fueran mis padres. Empecé a ir todos los fines de semana a su casa, y varias veces me llevaron de vacaciones.

En el verano de 1999, cuando tenía quince años, fuimos con mi amiga Inés a la casa de ellos en la costa. Mi amiga, quizás para llamar un poco la atención, le contó a dos primos de nuestra misma edad que hacía un tiempo se había dado un beso con una chica. Mis primos se asustaron tanto que al otro día fueron y se lo contaron a mis tíos.


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Una de esas tardes, con Inés y otro primo, fuimos a la playa. Llevamos comida, algo para tomar, unas frazadas, y teníamos el plan de pasar parte de la noche adentro de las carpas que mis tíos alquilaban todos los veranos. Pero nos quedamos dormidos, y a la mañana siguiente nos despertamos por los gritos de mi tía, que acababa de llegar a la playa con mi tío. Como mi primo se había ido al baño, lo primero que vieron fue a Inés y a mí durmiendo solas, y se horrorizaron.

Laura Litvinoff con su equipo de equitación cuando tenía doce años. La práctica de este deporte era uno de los pocos momentos en que se sentía realmente feliz: había establecido una relación entrañable con su caballo Sambayón, de pelo marrón clarito y cola y melena amarillas. Laura Litvinoff con su equipo de equitación cuando tenía doce años. La práctica de este deporte era uno de los pocos momentos en que se sentía realmente feliz: había establecido una relación entrañable con su caballo Sambayón, de pelo marrón clarito y cola y melena amarillas.

-¡Lesbianas, son unas lesbianas!-. Gritaba mi tía enfurecida, sin dejar que le explicáramos nada. Sentí mucha vergüenza.

Así fue cómo descubrí que en mi familia había algo que estaba prohibido.

***

Entré una semana más tarde a la secundaria y me tocó sentarme en el único banco que quedaba libre: adelante de Paula y de Sofía. Al principio me hice más amiga de Paula, pero la chica que más me llamaba la atención del curso era Sofía. Carismática, irónica y un poco torpe, a Sofía le gustaba hacer bromas seguido y casi siempre me hacía reír. Muchas veces, incluso, su humor me hacía olvidar del castigo que era tener que levantarse todos los días a las seis y media de la mañana, cuando en invierno todavía era de noche, para ir al colegio.

Laura Litvinoff a sus diecisiete años. Durante toda la escuela secundaria tuvo una relación que sentía muy singular con una compañera.Laura Litvinoff a sus diecisiete años. Durante toda la escuela secundaria tuvo una relación que sentía muy singular con una compañera.

Sofía y yo teníamos gustos parecidos. Las dos escuchábamos a Charly García y al flaco Spinetta, y nos daba risa que Paula, de un día para el otro, se hubiera vuelto fanática de los Backstreet Boys, la banda pop que en ese momento estaba de moda.

Sofía también era muy estudiosa. Tenía facilidad para aprender y siempre se sacaba buenas notas. Ahí no nos parecíamos, porque a mí, aunque era responsable y casi nunca me iba mal, me aburría mucho estudiar. Igualmente, con Sofía y Paula teníamos un acuerdo tácito: pasarnos las respuestas de los exámenes si alguna de las tres no había llegado a estudiar.

Además de esas cosas, Sofía era rubia tirando a castaña, pelo corto (algo no muy común para esa edad), piel blanca, casi rosada, ojos marrones un poco achinados, y una sonrisa que cada vez que aparecía, por la forma alargada de los dientes y de las encías, a mí me hacía acordar a las bocas de los caballos. Especialmente a la de Sambayón, el primero que monté cuando empecé equitación a los doce años.

Tenía tanta fascinación por esos animales, que había convencido a mi papá para que me pagara las clases carísimas que daban en el Club Hípico, el único lugar de Capital en donde se podía andar a caballo.

Me acuerdo de esas clases como los únicos momentos de esas épocas en los que yo me sentía feliz. Sambayón, de pelo marrón clarito y melena y cola amarillas como la yema de un huevo duro, era un poco asustadizo y bastante rebelde. Al principio fue difícil montarlo porque se retobaba todo el tiempo, y más si tenía que saltar alguna valla. Cuando estaba por llegar a la línea de salto, se frenaba de golpe y doblaba rápido para alguno de los costados.

Fue todo un desafío aprender a montarlo, pero de a poco fuimos entrando en confianza: yo llegaba temprano a la clase y lo iba a buscar a los boxes. Le llevaba unos terrones de azúcar o unas zanahorias, y antes de ensillarlo se los daba. Mientras él los comía, yo aprovechaba para acercarme.

Al final nos terminamos haciendo muy buenos amigos y Sambayón empezó a saltar todas las vallas. Incluso las que medían más de un metro, que eran las más altas de todas. Juntos pudimos participar en varias competencias, pero igual a mí no era eso lo que más me gustaba. Lo que más me gustaba era llevarle los terrones de azúcar y las zanahorias, y hacerle caricias en la trompa mientras miraba cómo él los devoraba.

En segundo año, Sofía y yo también nos hicimos más amigas, cuando empezamos a ir juntas a las fiestas del colegio Nacional Buenos Aires. En complicidad con otras chicas, armábamos estrategias para que nuestras familias no se dieran cuenta y pudiésemos quedarnos bailando, mirando a los chicos más grandes que nos gustaban y tomando los tequilas horribles que servían en la barra desde la medianoche hasta las primeras horas del otro día.

Con Sofía y dos amigas más fuimos a Mar del Plata. Teníamos catorce, y ella y yo nos llevamos tan bien en ese viaje, que para mí fue como la confirmación de que nuestro vínculo era profundo y verdadero. Para contarle todo lo que sentía, le escribí un poema, y se lo di o se lo leí en la playa. Durante esos años, también le escribí varias cartas que no sé si eran de amistad, de amor, o de las dos cosas a la vez.

En tercer y cuarto año, Sofía se hizo amiga de otras chicas y nos alejamos. Yo sufría, pero no decía nada. Ni siquiera podía acercarme a preguntarle qué le pasaba. Pero cuando estábamos en cuarto se me ocurrió algo para llamarle la atención: hacía poco había visto la película “Pi”, me había gustado mucho, y como sabía que a ella también le encantaba el cine, en una clase de Física le propuse a la profesora que organizáramos una proyección. El plan funcionó, porque el día de la actividad, Sofía estaba muy entusiasmada. Y cuando terminó, me pareció que, después de mucho tiempo, ella volvió a mirarme como antes.

En el último año de la secundaria, empezaron a gustarme las clases de Filosofía. Las clases y la profesora, porque a diferencias de otras, en ella se notaba que de verdad le interesaba lo que enseñaba. Yo estaba tan embobada que me la pasaba esperando que llegara esa clase, y me parecía que Sofía se daba cuenta, y eso le daba risa.

Durante esos meses, también me hice amiga de Jerónimo, un chico que iba a la comisión de al lado y que tenía un año más que yo, pero que había repetido cuarto por faltas. Alto, flaco, medio encorvado, un piercing en la ceja, y un estilo entre punk y dark que le daba un aire sexy y misterioso, Jerónimo era uno de los chicos más raros del colegio. A mí me gustaba charlar con él por eso, y también porque era curioso y sabía muchas cosas. Además, me había contado que, aparte de las chicas, también le habían empezado a gustar los chicos.

En una de nuestras charlas, Jerónimo y yo hablamos de Sofía. Y creo que él fue el primero que se dio cuenta, porque me preguntó si entre ella y yo alguna vez había pasado algo. Al principio no le di mucha importancia. Sofía me parecía linda, pero no tenía idea de qué me pasaba.

Unos días después, Sofía me contó que Jerónimo le gustaba. Me sorprendí por no sentir nada de celos. Quizás la idea de que ella pudiera sentirse atraída por alguien era mucho más fuerte.

Cuando se estrenó “Mulholland Drive”, Sofía y yo fuimos a verla al cine. Pero la salida fue rara: ninguna tenía mucha idea del argumento y creo que a las dos nos resultó bastante incómodo estar mirando juntas una historia de amor intensa y oscura entre dos mujeres, que además, eran hermosas.

Me acuerdo que ese día sentí mucho miedo, porque aunque todavía no podía terminar de reconocerlo, a partir de las charlas con Jerónimo me estaba empezando a dar cuenta de que Sofía me gustaba desde hacía bastante tiempo. Y hasta quizás, Jerónimo tenía razón y a ella también le pasaba algo parecido conmigo, porque mientras mirábamos la película hizo algo que nunca voy a olvidar: con la sala completamente a oscuras y en silencio, me agarró de la mano. Fue un gesto tan improvisado y audaz que yo no pude ni siquiera reaccionar. Me puse muy nerviosa y no podía parar de temblar.

Antes de que terminara el año, le dije a Jerónimo que quería ir a conocer Requiem, un boliche dark adonde él iba seguido a bailar música electrónica y de los ‘80, y en donde darse un beso con una persona del mismo género no era visto como algo llamativo o desubicado. Jerónimo me dijo que le digamos a Sofía, y unos días después, nos juntamos los tres en mi casa. Nos fumamos un porro, tomamos unos tragos y nos fuimos a Requiem.

Cuando bailábamos en la pista, ya bastante borrachos, yo me empecé a sentir mucho más desinhibida. Sofía estaba cada vez más cerca, y la intriga por saber cómo era darle un beso a una chica, y que esa chica fuera ella, era mucho más fuerte que el miedo a animarme a hacerlo. Jerónimo bailaba con nosotras y de a ratos me miraba con una mezcla de sensualidad y astucia. Sentía que mirarlo me ayudaba a darme más confianza.

Cuando empezó a sonar “Like a virgin” los tres nos miramos y sonreímos. Jerónimo me hizo un gesto cómplice y yo sentí que estaba entendiendo todo de repente. Él se acercó un poco más y los dos empezamos a besarnos. Después se alejó y siguió bailando solo. La miré a Sofía y vi que ella nos había estado mirando. Seguí bailando un poco más y empecé a acercarme a su boca. Sofía se fue acercando también, nos miramos un segundo a los ojos y nos dimos un beso.

Su boca y sus labios eran los más chicos y los más suaves que había besado hasta ese momento. Su lengua finita y húmeda se metió en mi boca. Me gustó sentirla. Y me encantó también, por fin, acariciar su pelo cortito, que tanto me gustaba. Y recorrer partes de su cuerpo flaco, pálido y hermoso, mientras seguíamos bailando, y mientras los besos se iban volviendo cada vez más intensos.

***

Ahora que pasó el tiempo, cuando me acuerdo de todo lo que viví en esos años, siento una especie de ternura por esa chica que fui. Por esa chica, que siendo todavía muy joven, se animó a transformar todo ese miedo y esa vergüenza que le habían transmitido en su familia, en la fuerza necesaria para poder vivir ese deseo, ese primer amor adolescente, con honestidad y osadía.

Redacción

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