
El viento de Camarones no pide permiso. Entra por las aberturas, limpia el cielo y acomoda la historia. A pocos metros del mar, el Museo de la Familia Perón parece entenderlo, no se repliega en penumbras ni solemnidades, sino que se abre, luminoso, como una casa habitada. No hay allí bronce ni pedestal, hay decisiones.
Años después de su inauguración, el museo dejó de ser una novedad para convertirse en una pieza estable del circuito cultural de Chubut. Pero basta caminarlo sin apuro para descubrir que el relato no está donde muchos lo buscan. No está, literalmente, en la habitación de Juan Domingo Perón, porque esa habitación no existe.
La primera sorpresa llega con la luz. “Es un museo muy moderno y eso es lo primero que impacta a la vista; la gente imagina un lugar oscuro, pero al ser una obra nueva que respeta las aberturas originales, es muy brillante”, explica Cristina Contreras, guía del espacio. Esa claridad no es inocente: deja al descubierto una decisión curatorial que desconcierta a primerizos y habituales.

La casa-museo prescinde del dormitorio del futuro presidente. No por falta de objetos, sino por elección. Los metros cuadrados se destinaron a cuatro salas de exposición que recorren su biografía completa. El museo prioriza el documento y la trama por sobre el fetiche del mobiliario. Humaniza quitando solemnidad: acá no se duerme el mito.
Antes de la política, el pueblo
La familia Perón llegó a Camarones a fines del siglo XIX por razones laborales: Mario Tomás Perón, padre de Juan Domingo, fue designado juez de paz de la localidad, un cargo clave en un territorio todavía en formación. El grupo familiar se estableció en el pueblo alrededor de 1899 y permaneció allí aproximadamente dos años, hasta 1901, un período breve en términos temporales pero decisivo en la construcción del vínculo temprano de Perón con la Patagonia.

En un Camarones fundado en 1900 con apenas 400 habitantes, la madre del ex presidente cumplía una función sanitaria informal pero vital. Los registros y la memoria oral recopilada por la institución la señalan como la partera de facto y la curandera del pueblo.
«Los vecinos recurrían a Doña Juana para curar el empacho o el ‘mal de ojo’, y ella lo hacía sin cobrar, generando un vínculo de estima con la población», señala la guía. Este dato aporta una dimensión antropológica a la muestra: la familia no vivía aislada en su estancia, sino integrada en la red de necesidades de una comunidad en formación.
La política todavía no existía, existía la necesidad.
Objetos que hablan del clima
Entre vitrinas, la historia se vuelve táctil. Una pava de hierro concentra miradas, pesada, austera, viajera. La familia la usaba en sus traslados en carreta para mantener el agua caliente durante horas, sin encender fuego a campo abierto. Una solución doméstica que hoy se lee como conciencia ambiental temprana en un paisaje frágil.

Las piezas hablan del frío, más crudo que el actual, de las distancias, del ingenio cotidiano para sobrevivir. Camarones no era postal: era intemperie.
El mate como continuidad
Entre tantos documentos, hay un objeto mínimo que une al niño con el presidente: un mate con sus iniciales. “Es el más valioso simbólicamente”, dice la guía. Porque condensa una idea, los vínculos no se cortaron. Aquellos chicos que compartieron juegos en Camarones fueron, décadas después, quienes tocaron las puertas del poder para pedir obras para el pueblo.
El museo no opera como santuario partidario. Funciona como registro de la vida rural patagónica, donde la política nacional se mezcla con arreos de ovejas, inviernos largos y una costa que siempre estuvo ahí, mirando de frente. Salir del Museo Perón en Camarones es entender que, a veces, la historia se explica mejor por lo que falta que por lo que se exhibe.

Datos útiles para la visita
- Horarios: martes a sábado, de 12 a 18.
- Cerrado: domingos, lunes y feriados.
- Entrada: libre y gratuita.



