Este artículo fue extraído del sitio web de la Liga Internacional Socialista
El 3 de enero del 2026, Estados Unidos intervino militarmente Venezuela, bombardeó Caracas y los estados de Miranda, Aragua y La Guaira y secuestró a Nicolás Maduro y su esposa Cilia Flores. Se abre en América Latina un nuevo y peligroso capítulo con un proyecto geopolítico que retoma las peores tradiciones de intervencionismo.
Por Alternativa Anticapitalista LIS – Nicaragua
Nuestra sección hermana en Venezuela Marea Socialista en la Liga Internacional Socialista opositoras por izquierda al régimen de Maduro y del PSUV, han condenado estas agresiones. “se está violando la soberanía nacional y se pone en riesgo al pueblo venezolano” y que esta agresión “no puede permitir que el imperialismo agreda a capricho a otros países”. Precisamente aquí radica la necesidad de hacer un ejercicio honesto de análisis más allá de la narrativa construida por la administración Trump, y más allá del posicionamiento campista de ciertos sectores de izquierda. No podemos ignorar que Venezuela, bajo el régimen de Nicolás Maduro, se ha convertido en uno de los gobiernos más corruptos y violadores de derechos humanos de la región. Usurpando la narrativa del socialismo, sistemáticamente se han perseguido, criminalizado y asesinado opositores, la burocracia chavista se consolidó como la nueva burguesía mientras se colapsaba la economía nacional destruyendo las conquistas de la clase trabajadora. Estas son realidades que han llevado a millones de venezolanos a exiliarse o a padecer condiciones extremas.
Sin embargo, responder a un régimen represivo con la invasión militar de una potencia extranjera —especialmente de una potencia como Estados Unidos con antecedentes históricos de saqueo y dominación— simplemente reproduce la misma lógica de violencia y subordinación, pero trasladada a una escala internacional. Es lo que han denunciado múltiples voces, desde movimientos sociales hasta organizaciones de derechos humanos, al señalar que lo acontecido representa una “violación flagrante del derecho internacional”, de la soberanía venezolana y un antecedente peligroso para el conjunto del Hemisferio Occidental, en especial para Latinoamérica.
Recordemos que cada vez que una intervención externa ha pretendido imponer un “cambio” político, los resultados han sido devastadores para los pueblos: desde Irak hasta Libia, las promesas de democracia y bienestar han quedado reducidas a caos, división y explotación de recursos. Estos precedentes no son detalles menores; son advertencias claras de que los derechos democráticos y sociales no pueden ser entregados desde fuera ni garantizados por potencias que buscan sus intereses económicos y estratégicos contrarios al bienestar de nuestros pueblos. La verdadera transformación democrática, social, económica y política debe venir de la organización obrera y popular, de la capacidad de los pueblos para articular sus demandas, ejercer su soberanía y construir un camino que refleje sus aspiraciones democráticas, de justicia y de derechos elementales.
Para muestra, un botón: Nicaragua
Desde Nicaragua, nuestra memoria histórica está marcada por siglos de intervenciones estadounidenses, muchas veces disfrazadas de “orden” o “seguridad”, pero que en los hechos facilitaron la consolidación de élites sometidas a intereses foráneos y debilitaron las bases mismas de una democracia para nuestro pueblo. Ya a principios del siglo XX, tropas de los Estados Unidos invadieron y ocuparon Nicaragua (1912–1933), impulsadas por intereses geoestratégicos y económicos —como el control de posibles rutas de tránsito interoceánico— y con la finalidad explícita de sostener gobiernos dóciles a Washington.
Como consecuencia de esa década y media de ocupación, se entrenó y fortaleció a la Guardia Nacional nicaragüense, liderada por Anastasio Somoza García, quien a partir de 1937 estableció una dictadura que duraría más de cuarenta años, beneficiando a su familia y a oligopolios nacionales e internacionales mientras se reprimía sistemáticamente a la disidencia. Esta alianza entre élites locales y el poder hegemónico de Estados Unidos socavó toda posibilidad de desarrollo democrático genuino y dejó una sociedad profundamente desigual.
Un ejemplo paradigmático de cómo Estados Unidos ha respaldado a las burguesías autoritarias en nuestra región viene de la historia de la dinastía Somoza en Nicaragua. Existe una frase, ampliamente difundida, aunque posiblemente apócrifa, que resume la lógica de esa política: “Es un hijo de perra, pero es nuestro hijo de perra” (“He’s a son-of-a-bitch, but he’s our son-of-a-bitch”), que históricamente se le ha atribuido al presidente estadounidense Franklin D. Roosevelt en referencia al dictador nicaragüense Anastasio Somoza García. La frase simbolizaba que, aunque el régimen somocista perpetraba abusos y corrupción, Washington lo prefería como aliado porque servía a sus intereses estratégicos en la región.
Horas después del bombardeo, en la Casa Blanca, Donald Trump sería brutalmente transparente: “Vamos a dirigir al país hasta el momento en que podamos hacer una transición segura, adecuada y juiciosa. No queremos involucrarnos con, tener a alguien más allí y caer en la misma situación que hemos tenido en el largo periodo de años anteriores.” Dos días después en el Palacio de Miraflores Delcy Rodríguez fue juramentada como Presidenta Encargada de Venezuela, y su hermano Jorge como Presidente de la Asamblea Nacional.
Al igual que con Somoza, donde Washington prefirió mantener al títere antes que apoyar procesos de emancipación populares, el interés estadounidense en Venezuela se articula en torno al acceso a recursos estratégicos, especialmente el petróleo, otros activos energéticos, y tierras raras más que en la defensa de derechos humanos o democráticos; nos revela cómo la política imperial tiende a instrumentalizar divisiones internas y alianzas con sectores de las élites explotadoras únicamente para avanzar sus objetivos geopolíticos y económicos.
Ni injerencismos ni regímenes totalitarios o burocracias
Este patrón histórico —preferir al “aliado manejable” por encima de los procesos democráticos y populares reales— pone en claro que la intervención externa no sólo despoja de soberanía a los pueblos, sino que muchas veces produce acuerdos de élites que perpetúan modelos de subordinación y explotación en los marcos del sistema económico capitalista hegemónico, con consecuencias devastadoras para la ciudadanía común. Por ello, frente al asedio imperial, la respuesta debe ser una defensa firme de la soberanía popular y de procesos internos de cambio, sin depender de imposiciones externas.
Los Ortega Murillo y los hermanos Rodríguez sabrán ser útiles para el imperio, aunque su narrativa sea de izquierda, son en los hechos los administradores del estrago del capitalismo y de la tutela/intervención imperial. Nosotres no olvidamos que las protestas en Nicaragua en Abril 2018 reprimidas a metralla, muerte y exilio, comenzaron por las reformas “sugeridas” por el FMI (institución que alaba los número de la macroeconomía orteguista y en dónde Estados Unidos es quien pone la plata y por consiguiente quien impone condiciones). Daniel Ortega y Rosario Murillo, en su retorno al poder, supieron “acomodarse” en alianzas con todos los sectores del arco político erosionando la credibilidad de la política como instrumento de transformación social y exponiendo los límites de la democracia liberal capitalista..
Cuando hablamos de intervenciones externas —como la recién operación militar y política sobre Venezuela— no podemos separar esa lógica del saqueo y la subordinación de los pueblos de nuestra región. La imposición por la fuerza proveniente de cualquier poder extranjero ha demostrado a lo largo de nuestra historia que refuerza la desigualdad, perpetúa redes de elites burguesas y destruye la autonomía de los pueblos para construir sus propios proyectos políticos y sociales. Por eso, no podemos dejar que la propaganda intervencionista gane terreno en un ambiente incierto; frente al espejo de Venezuela, hay que construir propuestas de transición para Nicaragua, Cuba y la región; propuestas que deben de surgir desde la más amplia deliberación entre las organizaciones de base de las y los trabajadores, de las juventudes, del movimiento feminista y disidente, del campesinado y el estudiantado, desde la autodeterminación de las mayorías sin depender de posiciones imperiales.
Otra perspectiva posible y necesaria
Por esto, nuestra respuesta frente a lo que ocurre en Venezuela no puede limitarse a una simple división entre “enemigo interno” y “amigo externo”. Debemos plantear una posición crítica y consciente: rechazar la intervención imperialista sin abdicar de la crítica al autoritarismo; defender la soberanía sin sacrificar la lucha por derechos democráticos plenos; apoyar al pueblo venezolano en su lucha pero sin aceptar neocolonialismos y una suerte de protectorado trumpista.
El debate sobre Venezuela y la situación actual del hermano pueblo venezolano proyecta todas sus consecuencias sobre la realidad de nuestra querida Nicaragua. Dentro del país -lo sabemos- y los que debimos salir o fuimos botados por la dictadura, tenemos la obligación, la responsabilidad y la oportunidad de discutir otra vez nuestra propia salida. Desde el 3 de enero todos los colectivos y organizaciones del exilio debaten y se posicionan sobre lo que está ocurriendo en la región. Hay un sector importante de organizaciones que han apoyado la intervención de Trump en Venezuela y prácticamente solicitan lo mismo para nuestro país. Nosotros, por nuestra parte, nos oponemos totalmente y completamente a toda injerencia de potencias extranjeras en el curso de nuestro propio destino. Compartimos con todo el exilio el propósito de echar a la dictadura siniestra de Nicaragua, pero no queremos reemplazar un régimen como el de Ortega-Murillo y su entorno de privilegiados, represores y burócratas, por un virreinato trumpista. Ya tuvimos a Somoza, tuvimos los 90 neoliberales y privatistas, y ahora esta pesadilla: ¿no es hora de pensar en una salida desde abajo, de nuestra pueblo revolucionario, sin corporaciones empresariales, sin burocracia, represión, ni saqueo imperial? Hay vida después de la dictadura y sus alianzas con el capitalismo. Construyamos otra perspectiva para nuestro pueblo y discutamos de forma plural, tolerante y paciente las distintas posiciones que levantamos en el exilio. Nosotros somos anticapitalistas, socialistas contra toda burocracia, partido único y por la democracia de los trabajadores y el pueblo más amplia que se pueda imaginar. Desde allí nos ubicamos.
Desde esa perspectiva construimos Alternativa Anticapitalista en Nicaragua dentro de la Liga Internacional Socialista, y creemos en la capacidad de los pueblos en reorganizarse, cuestionar a sus élites privilegiadas, barrerlas del poder y construir un camino emancipado, propio, con una estrategia que supere las fronteras artificiales impuestos a nuestros países. No aspiramos a ninguna tutela imperial ni protectorados. Lo defendemos para Venezuela y lo levantamos también para nuestra Nicaragua y toda la región.

