Por Flavia Tomaello, https://flaviatomaello.blog/, Instagram @flavia.tomaello
La piedra del sur de Italia conoce el arte de recordar. Guarda el calor del sol, conserva huellas invisibles, transforma el paso del tiempo en una forma de sabiduría. En Lecce, ese material luminoso adquiere una expresión singular cuando se convierte en arquitectura habitada, cuando la historia deja de ser relato para convertirse en atmósfera. El hoy La Fiermontina Palazzo Bozzi Corso surge en ese punto exacto donde el pasado se vuelve presencia y la elegancia se expresa como un gesto natural.
Levantado en 1775 bajo la mirada precisa de Emanuele Manieri, el palazzo responde a una idea de armonía que atraviesa los siglos con serenidad. Las proporciones sostienen un equilibrio casi musical, los volúmenes se articulan con suavidad, las líneas construyen una continuidad entre cuerpo y espacio. El barroco leccese se manifiesta aquí con sobriedad refinada, con una nobleza silenciosa que acompaña la experiencia sin imponerse.
La transformación del edificio en un refugio de hospitalidad contemporánea nace de una visión cultural profunda impulsada por Antonia Yasmina y Giacomo Fouad Filali. Herederos de una genealogía marcada por el arte, los desplazamientos y los encuentros entre culturas, han sabido devolverle al palazzo una vida que dialoga con su esencia. La intervención actual no busca protagonismo, se integra con inteligencia, con sensibilidad, con una comprensión íntima del lugar.
Las diez suites se despliegan como universos personales. Cada una ha sido concebida como una composición donde diseño, memoria y arte establecen afinidades sutiles. Objetos de Gio Ponti, Ettore Sottsass, Mackintosh y Le Corbusier conviven con piezas de la colección familiar, generando un relato visual fluido y coherente. El color construye atmósferas profundas, los materiales aportan una calidez cultivada, el conjunto invita a una experiencia de habitar consciente.
Los interiores proponen una percepción distinta del ritmo. Los techos elevados amplían la sensación de espacio, los suelos de piedra mantienen una frescura amable, la luz recorre las superficies con una cortesía casi ritual. Cada elemento parece orientado a favorecer la calma, la atención, la continuidad entre cuerpo y entorno. El descanso aparece como una consecuencia natural del equilibrio general.
El arte se integra al palazzo como parte de su respiración. Las esculturas de Jacques Zwoboda y René Letourneur aportan una presencia sólida, introspectiva, casi meditativa. Las acuarelas de Fernand Léger introducen una energía moderna, vibrante, mientras los dibujos originales de John Lennon, donados por Yoko Ono, suman una dimensión íntima, cargada de humanidad. Las obras no se exhiben como piezas aisladas, acompañan la vida del espacio con discreción y coherencia.
El jardín secreto ofrece una pausa dentro del tejido urbano. Protegido, contenido, sereno, se presenta como un lugar donde el tiempo adopta otra densidad. Entre árboles, libros y conversaciones suaves, la experiencia se vuelve introspectiva. Una copa de vino o un café encuentran aquí su contexto natural. La belleza surge del cuidado, de la proporción, de la atención puesta en cada detalle.
Relatos que se vuelven arquitectura
La identidad del palazzo se construye a partir de biografías intensas que atraviesan generaciones. Enzo Fiermonte recorre el lugar como una presencia viva, encarnación de una vida extraordinaria. Nacido en Puglia, dejó su tierra siendo adolescente para iniciar una carrera como boxeador profesional en Roma. Su talento lo llevó a conquistar los títulos de campeón italiano y europeo, proyectándolo hacia escenarios internacionales que incluyeron París, Londres, Buenos Aires y el Madison Square Garden de Nueva York, donde disputó el título mundial.
Durante un viaje en un transatlántico conoció a Lady Madeleine Astor, heredera estadounidense sobreviviente del Titanic, con quien contrajo matrimonio en 1933. Tras algunos años, esa unión llegó a su fin y comenzó una nueva etapa marcada por la transformación. Enzo Fiermonte dejó el boxeo para dedicarse al cine, desarrollando una carrera prolífica con más de cien películas. Su presencia física y su carisma lo llevaron a compartir escena con Aldo Fabrizi, Anna Magnani y Tino Scotti, hasta integrar el elenco de Rocco e i suoi fratelli de Luchino Visconti. Sus últimos años transcurrieron en Roma, ciudad que acompañó el cierre de una vida marcada por el movimiento y la reinvención.
La memoria de Enzo Fiermonte se integra al palazzo de manera íntima, sin solemnidad. Su historia dialoga con la de Antonia Fiermonte, pintora y violinista, figura central del linaje familiar. Su trayectoria vital se extendió entre Puglia, Roma, París, Nueva York y Marruecos. Su matrimonio con el escultor René Letourneur, su vínculo con Jacques Zwoboda y su encuentro con el cadí Thami Filali dieron origen a un puente entre culturas, religiones y lenguajes artísticos, sostenido por la tolerancia y el diálogo.
Ese legado se traduce en la filosofía de La Fiermontina Palazzo Bozzi Corso, donde la hospitalidad se concibe como una experiencia cultural. El rooftop del palazzo ofrece una perspectiva elevada sobre Lecce, con los campanarios y los techos de piedra componiendo un paisaje suspendido. La piscina refleja el cielo con una quietud contemplativa, propicia para una belleza interiorizada. El Palazzo integra hoy la colección de la Familia Fiermontina que, además, cuenta con el Museo Fiermonte que narra la historia familiar con obras de Antonia Fiermonte y los escultores franceses René Letourneur y Jacques Zwobada; la La Fiermontina Luxury Home, una antigua casa de campo del siglo XVII rodeada de olivos y sede del Restaurante Zéphyr.
La experiencia que propone este lugar se define por una elegancia sensible, por una relación profunda con la memoria y el espacio. Lecce se expande más allá de su geografía y se instala en la percepción de quien habita el palazzo. Palazzo Bozzi Corso permanece atento, respirando arte, linaje y presente. Existen espacios capaces de transformar sin imponerse, capaces de acompañar sin explicarse. Este palazzo pertenece a esa rara categoría de lugares que se integran a la sensibilidad y permanecen.
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