La relación entre el consumo de alcohol y la salud es un tema que la ciencia ha investigado cada vez con más profundidad. Además de sus efectos conocidos sobre el hígado o el sistema nervioso, tiene consecuencias sobre la microbiota intestinal, que influye en la digestión, el metabolismo y la respuesta inmunitaria.
Según los especialistas el consumo de alcohol puede modificar el delicado ecosistema de la microbiota intestinal, y esas modificaciones pueden observarse con suma rapidez.
Qué le sucede al intestino luego de beber alcohol
El gastroenterólogo Will Bulsiewicz señala que el efecto del alcohol sobre la microbiota intestinal depende tanto de la cantidad ingerida como de la frecuencia de consumo.
La microbiota —compuesta por bacterias, hongos y otros microorganismos— trabaja en conjunto con el intestino para procesar nutrientes, sintetizar ciertas vitaminas y fortalecer la barrera contra patógenos.
Cuando esta armonía se altera, pueden desencadenarse respuestas inflamatorias, malestar digestivo o incluso cambios en la función inmunitaria.

Un estudio reciente publicado en la revista Frontiers in Cellular and Infection Microbiology encontró que, tras beber alcohol, ya se observan alteraciones medibles en el equilibrio microbiano en tan solo 30 minutos.
Esto se traduce en un aumento de endotoxinas bacterianas —compuestos que forman parte de la pared celular de algunas bacterias— lo que favorece procesos inflamatorios en el intestino y en otras partes del organismo.
Aunque este fenómeno se observa tanto en personas que consumen alcohol habitualmente como en quienes lo hacen esporádicamente, la rapidez con que se produce destaca la sensibilidad de la microbiota intestinal frente a esta sustancia.
Cómo afecta el alcohol a largo plazo
Las endotoxinas que se liberan tras beber pueden atravesar una barrera intestinal debilitada, activando el sistema inmunológico y provocando síntomas como malestar digestivo, distensión o cambios en las deposiciones.
Más allá de los efectos inmediatos, el consumo reiterado de alcohol puede tener consecuencias más duraderas para la salud del intestino.
Estudios científicos han demostrado que la exposición continuada reduce la diversidad de la microbiota, favoreciendo el predominio de microorganismos proinflamatorios, lo que puede derivar en problemas como estreñimiento, diarrea o inflamación crónica.

Además, el desequilibrio microbiano no se limita al intestino. Las alteraciones pueden influir en la permeabilidad de la mucosa intestinal —la capa que protege al cuerpo de sustancias no deseadas—, facilitando el paso de toxinas hacia el torrente sanguíneo.
Este fenómeno, conocido como “intestino permeable”, se asocia con inflamación sistémica y se ha relacionado con problemas más allá del tracto digestivo, como trastornos metabólicos o inmunitarios.
Un consumo excesivo y prolongado también está vinculado con inflamación sistémica duradera y con la ruptura de la integridad de la barrera intestinal, lo que puede contribuir, con el tiempo, a enfermedades hepáticas relacionadas con el alcohol y otras condiciones crónicas.

