Hay una certeza que atraviesa el presente global: la incertidumbre dejó de ser una excepción y pasó a ser la regla. Pretender gobernar —o incluso pensar políticamente— como si el mundo siguiera ordenado por instituciones estables, consensos previsibles y liderazgos moderados es desconocer el tiempo histórico que habitamos.
En una reciente intervención en Davos, el primer ministro canadiense Mark Carney fue explícito: el orden internacional basado en reglas compartidas se está erosionando aceleradamente. No porque haya dejado de ser deseable, sino porque ha perdido capacidad efectiva para contener el conflicto, disciplinar a las potencias y proteger a los países intermedios. Esa constatación no es cinismo: es realismo.
Esta lectura es compartida, desde distintos ángulos, por buena parte del pensamiento contemporáneo. Francis Fukuyama advirtió que el retroceso institucional no es un accidente, sino una consecuencia de la debilidad del liberalismo para defenderse. Estamos frente a una “re‑imperialización” del sistema internacional, donde el conflicto entre poder y normas ha vuelto a ser el eje ordenador de la política global. Henry Kissinger, desde su realismo clásico, había advertido en sus últimos años, sobre un mundo sin árbitros eficaces ni equilibrios estables.
El problema no es reconocer este cambio. El verdadero dilema es qué hacemos con él. Porque aceptar que el mundo se ha vuelto más áspero no implica resignarse a vivir sin reglas. Por el contrario, obliga a defender con mayor convicción las instituciones, el Estado de Derecho y las libertades individuales, precisamente porque están bajo amenaza.
Hoy asistimos a un crecimiento simultáneo de distintos imperialismos. El chino, autoritario y tecnocrático. El ruso, abiertamente militar y revisionista. Y también un imperialismo norteamericano más errático, menos institucional y crecientemente expansionista, imbuído del afán de anexar estados soberanos, bajo el pretexto de ser el único capaz de garantizar la paz planetaria (“pax americana”). El común denominador de los tres encuentra su anclaje en poderosas razones económicas y geopolíticas, sin importarles las graves consecuencias que pueden sobrevenir en el planeta, donde asistimos a una voluntad armamentista que no se veía de la Primera Gran Guerra.
Ninguno de ellos ofrece un modelo deseable para sociedades que creen en la libertad política, la división de poderes y la primacía del individuo. Normalizar esta lógica de esferas de influencia nos acerca peligrosamente a un escenario de conflicto global de gran escala.
Por eso, el dilema no es elegir entre ingenuidad multilateral o realismo brutal. El dilema es cómo sostener un orden de libertades en un mundo que ya no lo garantiza por inercia. La respuesta no está en el repliegue ni en la subordinación automática, sino en una autonomía estratégica inteligente: alianzas flexibles, diversificación de vínculos y defensa clara de los propios intereses.
Para un país como Argentina, dotado de recursos energéticos, alimentarios y minerales críticos, este cambio de época no debería ser leído como una amenaza, sino como una oportunidad estratégica.
La clave está en construir una autonomía inteligente: ampliar mercados, evitar dependencias excesivas y negociar desde la propia fortaleza, combinando realismo con reglas claras puertas adentro. Integrarse hoy no es alinearse sin matices ni subordinarse a lógicas imperiales, sino elegir con quién, cómo y para qué, preservando la arquitectura institucional y las libertades que definen a una sociedad abierta.
Países como Canadá están ensayando ese camino: dialogan con potencias diversas, negocian sin dogmatismos y, al mismo tiempo, preservan su arquitectura institucional. No renuncian a las reglas, pero entienden que hoy deben ser defendidas activamente, no simplemente invocadas.
Para la Argentina —y para cualquier liderazgo que aspire a gobernarla— este cambio de época exige algo más que consignas o nostalgia. Exige comprender que el mundo no va a reordenarse solo, que la libertad no se preserva por inercia y que la política exterior dejó de ser un apéndice decorativo para convertirse en una dimensión central del poder.
En tiempos de incertidumbre estructural, la verdadera irresponsabilidad no es aceptar que el mundo cambió. La irresponsabilidad es actuar como si no lo hubiera hecho.
Jorge R. Enríquez es ex Diputado Nacional. Presidente Asociación Civil Justa Causa. Miembro de Profesores Republicanos.

