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Buenos Aires

El palacio que enlaza los siglos

Por Flavia Tomaello, https://flaviatomaello.blog/, Instagram @flavia.tomaello

La Piazza della Repubblica se abre como un círculo que contiene una multitud de tiempos superpuestos. Su trazo curvo parece convocar un movimiento que nunca se detiene, un vaivén que enlaza épocas con una fluidez que desorienta y seduce. En ese escenario donde la ciudad se despliega con una teatralidad innata, se alza un edificio que ha aprendido a convivir con los siglos sin perder su esencia. Su fachada abraza la fuente de las Náyades con una elegancia que parece suspendida en un instante perpetuo, mientras que su interior revela una historia que se hunde mucho más allá de su arquitectura decimonónica.

El palacio que hoy alberga al Anantara Palazzo Naiadi fue concebido en 1887 por Gaetano Koch, quien imaginó dos construcciones gemelas destinadas a definir la geometría de la plaza. Su estilo neoclásico, con columnas que evocan la solemnidad de los grandes edificios europeos, se erigió sobre un terreno que ya guardaba una memoria monumental. Bajo sus cimientos reposan los restos de las Termas de Diocleciano, levantadas entre 298 y 306 por el emperador Maximiano como obsequio a su coemperador. Aquel complejo termal, capaz de recibir a miles de personas, funcionó durante más de dos siglos como un universo autosuficiente que incluía espacios para el arte, la lectura, la gimnasia, la conversación y el descanso. En el siglo XVI, Michelangelo intervino esas ruinas para crear la basílica de Santa Maria degli Angeli e dei Martiri, que aún hoy domina el horizonte de la plaza.

El edificio que Koch imaginó se convirtió en hotel recién en los primeros años del siglo XXI, cuando Maurizio Papiri y Adam D. Tihany reinterpretaron sus interiores para transformarlo en un espacio de hospitalidad contemporánea. La estructura incorporó también una ala del siglo XVIII, el Granario Clementino, construido en 1705 por orden del papa Clemente XI. Esa superposición de épocas convirtió al edificio en un organismo complejo, donde la utilidad barroca convive con la monumentalidad decimonónica y con la huella imperial que yace bajo el suelo.

La llegada de la marca Anantara marcó un nuevo capítulo. El hotel fue rebautizado como Anantara Palazzo Naiadi Rome Hotel, integrándose al portafolio de Minor Hotels y convirtiéndose en la puerta de entrada de la marca en Italia. Las renovaciones recientes afinaron los espacios comunes, realzaron la terraza y consolidaron la identidad del edificio como un punto de encuentro entre historia, diseño y experiencia sensorial.

Un territorio donde cada época encuentra su cauce

El visitante que atraviesa el vestíbulo de mármol percibe de inmediato que este lugar trasciende la idea tradicional de alojamiento. La atmósfera recuerda a un museo habitado, un espacio donde cada superficie cuenta una historia. Bajo el suelo, visibles a través de paneles de vidrio, se despliegan fragmentos de las Termas de Diocleciano, como si el pasado se negara a permanecer oculto. Sobre la cabeza, las proporciones clásicas del siglo XIX se suavizan con materiales contemporáneos que aportan ligereza sin alterar la solemnidad del conjunto.

Las 232 habitaciones y suites mantienen esa dualidad. Conservan la escala majestuosa de la arquitectura original, aunque incorporan elementos modernos que dialogan con frescos, molduras y ventanales que enmarcan la ciudad. Algunas suites se distribuyen en dos niveles, otras se abren hacia vistas que capturan la fuente de las Náyades o la basílica diseñada por Michelangelo. La suite presidencial rinde homenaje a Sophia Loren, quien considera este hotel su favorito en la ciudad. Ese vínculo con la actriz italiana añade un matiz cinematográfico a la experiencia, como si cada estancia invitara a interpretar un papel distinto.

El hotel alberga también un centro de negocios parcialmente suspendido sobre los restos arqueológicos, un gesto arquitectónico que convierte el trabajo en un acto de contemplación histórica. La terraza, con su piscina panorámica, ofrece una perspectiva que combina la monumentalidad urbana con la vibración contemporánea del entorno. Desde allí, la Piazza della Repubblica se despliega como un escenario donde el pasado y el presente se entrelazan sin esfuerzo.

El restaurante Ineo, dirigido por el chef Heros de Agostinis y reconocido por la Guía MICHELIN, representa la expresión más actual del hotel. Su propuesta gastronómica combina técnica, memoria y audacia. El menú, concebido como un recorrido por la sensibilidad global del chef, equilibra sabores limpios con una narrativa culinaria que rinde homenaje a la tradición italiana sin caer en la nostalgia. El comedor, con porcelanas de Limoges y cubiertos de Christofle, se presenta como un pequeño teatro donde cada plato es una escena cuidadosamente coreografiada.

El hotel también ofrece un ritual inspirado en las antiguas termas imperiales. El tratamiento Diocletian Bath recrea la experiencia de quienes pasaban jornadas enteras en las instalaciones construidas por Maximiano. El cuerpo se cubre con barro mediterráneo, se masajea con aceite de oliva, laurel, lavanda, miel y sal marina. La sensación es la de ingresar en un tiempo suspendido, un tiempo que conecta el presente con los rituales de bienestar de hace mil setecientos años.

Las intervenciones más recientes incluyen el trabajo del Studio Marco Piva en tres suites ubicadas en los pisos superiores. Su enfoque consistió en respetar la monumentalidad del edificio, creando interiores que parecen flotar dentro de la estructura original. La intención fue preservar la unidad arquitectónica sin renunciar a una lectura contemporánea del lujo.

El hotel se ha convertido también en escenario de eventos que celebran la excelencia italiana. En abril tendrá lugar el Anantara Concorso Roma, un encuentro dedicado al diseño automotriz que reunirá más de cincuenta vehículos clásicos de marcas como Alfa Romeo, Bugatti, Ferrari, Lancia, Lamborghini y Maserati. Los huéspedes podrán acceder a entradas VIP y experiencias exclusivas que combinan la pasión por los motores con la elegancia del entorno.

La ubicación del hotel ofrece una ventaja evidente. La estación Termini se encuentra a pocos pasos, el metro pasa bajo la plaza, los museos y monumentos más emblemáticos están al alcance de una caminata pausada. El visitante puede cruzar la columnata y sumergirse en el museo de las Termas de Diocleciano, regresar para una reunión, salir nuevamente para explorar la ciudad. Esa fluidez convierte al hotel en un punto de equilibrio entre la intensidad urbana y la serenidad interior.

El Anantara Palazzo Naiadi se distingue en un panorama donde muchos hoteles de lujo tienden a parecerse. Su especificidad radica en la manera en que integra las capas de la ciudad, en la forma en que permite que cada época conserve su voz. El suelo que se pisa, las paredes que rodean la cama, la vista que se abre desde la ventana, todo participa de una historia que se despliega sin esfuerzo. La experiencia se convierte en un diálogo entre tiempos, un diálogo que invita a comprender la ciudad desde adentro.

Quien se hospeda aquí descubre que la capital italiana no es solo un destino, sino una sucesión de presencias que conviven en un mismo espacio. El hotel ofrece un refugio donde esa convivencia se vuelve legible, donde la ciudad se muestra sin estridencias, donde el lujo se define como la capacidad de habitar la historia sin perder la intimidad del presente. El visitante se marcha con la sensación de haber dormido dentro de un relato, un relato que continúa incluso después de cerrar la puerta.


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Redacción

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