Por Redacción Vive CABA
Existen historias que parecen salidas de una novela de terror psicológico, pero que ocurrieron en la realidad. El caso de David Reimer, recientemente recuperado por la opinión pública, sigue siendo el ejemplo más crudo de lo que sucede cuando la ideología científica intenta imponerse sobre la naturaleza humana.

La historia de David Reimer no es solo un relato de mala praxis; es una de las muestras más crudas de cómo el sistema médico puede utilizar el cuerpo humano como un territorio de conquista. Bajo la premisa de que el género era una «tabula rasa» que podía moldearse a voluntad, la ciencia del siglo XX llevó adelante un experimento que hoy, bajo una lente feminista y de derechos humanos, calificamos como una violación sistemática a la integridad personal.
El quirófano como escenario de violencia
Todo comenzó con un accidente: una circuncisión fallida que dejó a David (entonces Bruce) con una lesión genital irreversible. En lugar de acompañar al niño en su realidad, el Dr. John Money vio en la tragedia una oportunidad para probar su teoría: que la feminidad o la masculinidad podían «instalarse» como un software si se intervenía a tiempo.
Desde una perspectiva feminista, este fue el primer acto de expropiación del cuerpo. La medicina, en lugar de sanar, decidió que ese cuerpo «fallado» según el canon patriarcal debía ser «corregido» para encajar en el binario. Así nació «Brenda».
La fabricación de una «feminidad» estereotipada
El tratamiento al que fue sometido David es un catálogo de violencia institucional:
- Intervención química forzada: Se le administraron dosis masivas de estrógenos para obligar a su cuerpo a desarrollar mamas y rasgos femeninos. Esta fue una agresión directa contra su autonomía; la química fue utilizada como una herramienta de disciplina para borrar su identidad biológica.
- El peso de los estereotipos: El experimento no solo fue físico, sino conductual. Se le impusieron juegos, vestimentas y roles de «delicadeza» y «pasividad» asociados históricamente a lo femenino. El Dr. Money intentó demostrar que ser mujer era simplemente una construcción estética y actitudinal, una visión reduccionista y misógina que ignora la complejidad del ser.
- La mirada médica como vigilancia: David fue obligado a participar en sesiones donde se le fotografiaba y examinaba, vulnerando su intimidad y convirtiendo su infancia en un espectáculo para la validación de una teoría científica.
La rebelión del sujeto y el fracaso del poder
A pesar de la presión farmacológica y social, David nunca se identificó como mujer. Su historia demuestra que la identidad no es algo que el Estado o la medicina puedan otorgar o quitar. Al cumplir 14 años y conocer la verdad, su decisión de retomar su identidad masculina fue un acto de soberanía sobre su propio cuerpo.
Sin embargo, las secuelas de una década de hormonas forzadas y cirugías innecesarias dejaron cicatrices que la medicina nunca pudo reparar. Su triste final en 2004 es el recordatorio del costo humano de las teorías que priorizan el orden binario por encima de la libertad individual.
Un legado para el feminismo actual
El caso Reimer nos obliga a reflexionar sobre la ética del consentimiento. Hoy, el feminismo nos enseña que los cuerpos no necesitan ser «normalizados». La lección es clara: ni el bisturí ni las hormonas pueden ser utilizados para silenciar la voz de una persona sobre quién es.
La memoria de David Reimer debe servir para exigir una medicina que acompañe, que no patologice la diferencia y que, sobre todas las cosas, respete que el territorio del cuerpo es soberano.

Hoy, la historia de David vuelve a circular como una advertencia necesaria sobre la ética profesional y el respeto absoluto a la integridad de los menores, recordándonos que detrás de cada teoría científica, hay una vida humana que no puede ser tratada como un laboratorio.




