Una foto es el mejor resumen de lo que ha supuesto para la región el segundo Foro Económico Internacional América Latina y el Caribe, organizado entre el miércoles y el jueves en Panamá por el banco de desarrollo CAF y el apoyo del Grupo Prisa (editor de EL PAÍS). Con rostro sonriente, el presidente de Brasil, Luiz Inácio Lula da Silva, estrecha su mano con José Antonio Kast, presidente de Chile a partir del 11 de marzo. No puede haber dirigentes políticos que estén más alejados el uno del otro en sus ideas políticas. El primero es el dirigente de izquierdas más relevante de la región; el segundo, un líder que viene de la extrema derecha chilena y no reniega de la dictadura de Augusto Pinochet (1973-1990). Al término de una reunión de una hora y media, una duración inusual para este tipo de contactos, el chileno dijo que la relación con Lula sería a partir de ahora la de jefes de Estado que se tratan “más allá de las diferencias ideológicas”. El mismo espíritu conciliador atravesó el foro en Ciudad de Panamá: ante la avanzada de Estados Unidos en la región, las rencillas internas debilitan la capacidad de resistencia.
Pensado en sus inicios como un foro económico, esta edición, a diferencia de la anterior, tuvo un alto contenido político con la presencia de siete jefes de Estado y un presidente electo. Casi 4.500 personas ingresaron el miércoles al centro de convenciones que mira al Pacífico, a unos pocos kilómetros del ingreso al Canal que conecta con el Atlántico. Nadie nombró a Donald Trump durante los dos días de deliberaciones, pero el republicano siempre estuvo allí. Sobrevoló los discursos de los presidentes y los paneles sobre democracia, cambio climático, desarrollo digital, inversiones o colaboración Sur-Sur. El rechazo a las políticas de Estados Unidos fue en esta ciudad el cemento que unió las diferencias y movilizó la búsqueda de estrategias comunes.
En Panamá se habló de la necesidad de buscar una sola voz, de integración regional, de calidad democrática y de la proliferación de regímenes autoritarios. Por primera vez en muchos años, se escuchó la palabra “integración”, en boca tanto de dirigentes de izquierda como de derecha. Por un momento, parecieron quedar atrás las estructuras de alianzas del pasado, con una Unasur progresista, un Alba concentrado en promover el “socialismo del siglo XXI” y una Alianza del Pacífico que se autoproclamaba “sin ideología”, solo volcada al comercio.
Identificada la amenaza común, el foro se convirtió en la caja de resonancia de voces que hasta ahora eran irreconciliables. Lula estrechó la mano de Kast, el colombiano Gustavo Petro compartió escenario con el ecuatoriano Daniel Noboa y el boliviano Rodrigo Paz, recién estrenado en este tipo de eventos, llevó un discurso de unidad con Chile, país con el que su país lleva un longevo conflicto por la salida al mar. “Ayer [por el miércoles] tuvimos un signo alentador”, celebró el expresidente colombiano Juan Manuel Santos en un panel del foro. “Siete presidentes juntos y uno más electo, todos de diferentes orientaciones ideológicas, políticas, pero en un tono de respeto mutuo, algo que era común en su época, se volvió raro en los últimos años. Muchos de ellos destacaron la centralidad de la integración regional”, agregó Santos.
Los gestos fueron demasiado elocuentes para el argentino Javier Milei o el paraguayo Santiago Peña, alineados sin matices con Donald Trump. La cercanía de Milei con el republicano es incluso más estrecha que aquella que el peronista Carlos Menem tuvo en los años noventa con George Bush, tiempos en que la cancillería argentina hablaba con tono celebratorio de “relaciones carnales”. Si el ultraderechista argentino previó con acierto que el tono del foro no sería de su agrado, algo más inexplicable fue la ausencia de representantes de México, el segundo mayor bastión del progresismo regional después de Brasil.
La calidad democrática, la necesidad de educación de calidad y los efectos de la digitalización atravesaron buena parte de las discusiones. El presidente de Prisa, Joseph Oughourlian, destacó durante la apertura del evento que el uso de tecnologías, como la inteligencia artificial, permiten innovar en los sistemas educativos y llegar a cada vez más estudiantes, en el caso del Grupo Prisa a través de Santillana. “3,6 millones de suscripciones garantizan que más del 20% de los alumnos del mercado privado estudien con materiales educativos con un avanzadísimo sistema de innovación y data que asegura el máximo nivel de competencia”, dijo.

Oughourlian destacó además el llamado que hizo el presidente Paz a crear una cultura de confianza para revertir el deterioro de la democracia. El mandatario boliviano insistió con la idea durante la charla que tuvo el jueves con el director de EL PAÍS, Jan Martínez Ahrens. “Lo que yo vi ayer en los discursos de los mandatarios fue una posición pragmática, más allá de los posicionamientos ideológicos. De sumar esfuerzos para encontrar soluciones de mediano y largo plazo. Fue extraordinario. El hemisferio norte está con sus mentiras y desinformaciones y suele pensar que lo que le duele arriba duele también abajo. Pero lo que tenemos ahora es una América Latina y el Caribe necesitada de generar certidumbres entre nosotros y eso será muy positivo”, dijo Paz.
El foro de Panamá superó todas las expectativas. Casi triplicó la cantidad de asistentes de la primera edición y logró una reunión de mandatarios impensable para cualquier cumbre regional oficial. La región pareció tomar conciencia de la necesidad de limar diferencias internas, a las que el brasileño Lula achacó los problemas de integración, para mirarse a sí misma y tantear soluciones ante un mundo cada vez más confuso. No hubo el jueves un documento de cierre ni una declaración oficial. El encuentro se convirtió en inesperado escenario de diálogos multilaterales entre países de diversos colores políticos. El tiempo dirá si la idea de una nueva integración crece o se estanca.

