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Fuego en la Patagonia: cuáles son los devastadores efectos de los incendios en la fauna y en la flora

A pesar de la emergencia, hay que pensar en el después del fuego. Esta conclusión parece afianzarse cada vez más entre científicos, habitantes y organizaciones del norte patagónico, tras una de las más graves temporadas de incendios de al menos los últimos 140 años. La forma en la que las llamas suceden cambió: ahora se expanden más rápido y con mayor intensidad. Los llaman incendios “de nueva generación”, pues su naturaleza es distinta de la que se conocía.

Después del fuego, el paisaje tapizado de cipreses, lengas y coihues se transforma con cada evento. La biodiversidad allí sufre una metamorfosis que, conforme la situación se intensifique, puede convertirse en un lugar completamente distinto. “Si antes Chubut tenía paisajes boscosos, ahora son de matorrales”, describió el técnico principal del Conicet Patagonia Norte, Javier Grosfeld, como evidencia y también como vaticinio de lo que estos incendios dejan.

Varios artículos científicos de la Patagonia argentina y chilena señalan que el resultado de este cambio modifica también la cantidad y los tipos de árboles y arbustos que crecen, pero, como todo ecosistema, esto genera una reacción en cadena. Los incendios en el sur se inician en verano, una coincidencia desafortunada para las aves, anfibios, reptiles, mamíferos e insectos que aprovechan el calor para criar a sus recién nacidos.

Los impactos directos en los animales no han sido calculados, como sí se registra el número de brigadistas activos o de casas afectadas. Aunque para la doctora Natalie Dudinszky, investigadora asistente en el Instituto de Investigaciones en Biodiversidad y Medioambiente (Inibioma) del Conicet, esta nueva generación de incendios puede eliminar colonias completas de animales, muchas de estas especies solo habitan en esta zona. Ella es una de las pocas científicas dedicadas a estudiar la interacción entre la fauna y el fuego.

Epuyén, una de las localidades más afectadas[e]MAXI JONAS – XinHua

Por ahora, el conocimiento sobre los impactos ecológicos de estos incendios en la Argentina es opaco. Sin embargo, tanto en el lado chileno como en el resto del mundo hay evidencia de que impactan de manera sustantiva en la diversidad de árboles. Además, pueden provocar una caída en la calidad del suelo y del agua, lo que contribuye al desplome en la variedad de formas de vida no solo durante los incendios, sino también después.

Los expertos advierten que esto no debe entenderse como un problema ajeno a la economía o a la sociedad, pues los servicios que provienen de los bosques y las actividades económicas asociadas a ellos también pueden verse dañados. Grosfeld señaló que ya se observan afectaciones en los cuerpos de agua cercanos a los incendios. El agua se enturbia y se llena de cenizas y tierra. “Nosotros tomamos agua de los ríos y lagos. Y después de este tipo de incendios, se pinta de color marrón, tanto que los servicios de agua potable tienen que cerrar porque los filtros se tapan en época de lluvias”, describió.

Además de servicios básicos, tanto las plantas como los animales de los bosques patagónicos aportan alimento, polinización de cultivos y muchos otros servicios que buena parte de la población da por sentados. Uno de los más esenciales en aquella zona del sur argentino es el valor paisajístico, motivo por el cual circula allí el turismo internacional.

Para que un incendio cobre magnitud, se requieren solo tres condiciones. La primera es el combustible: tiene que haber, en la naturaleza o en las ciudades, materiales suficientemente secos y abundantes para que el fuego se extienda. Después, se necesita viento que potencie las llamas. Por último, y quizás lo más pequeño y destructivo, debe existir una chispa. En la Argentina, esa chispa es provocada en el 95% de los casos por el ser humano, según datos oficiales. Más personas significan más incendios, aunque no todos ellos se expanden.

Grosfeld resaltó el rol que tienen los rayos en los incendios. A pesar de encontrarse entre el 5% de las causas, los rayos pueden caer en cualquier sitio, incluso en lugares de difícil acceso para brigadistas, bomberos o aviones hidrantes. Muchas veces pasan días antes de que las autoridades se enteren de focos tan remotos y actúen tarde. Un estudio del Conicet del año pasado concluyó que hay una mayor incidencia de tormentas eléctricas en la región y les atribuye ser la causa del 50% de la superficie quemada en los últimos diez años.

Los incendios también tienen un impacto en la economía de la zona[e]MAXI JONAS – XinHua

En la región, tanto meteorólogos como los datos oficiales registran múltiples cambios a escala climática. El aumento de la temperatura es palpable para cualquiera que viva en la Comarca Andina y vino acompañado de lo que se conoce como “sequía prolongada”. “Y el último año fue severo. La gente usualmente lo nota por la poca nieve que cae en invierno y la imposibilidad de esquiar. Pero esas son nuestras reservas de agua y cuando llega el verano, el bosque está particularmente seco”, señaló Dudinszky. Tanto el aumento de la temperatura como la sequía y las tormentas eléctricas han sido vinculados a procesos globales como el cambio climático y el fenómeno de El Niño. Sin embargo, esta es solo una de las dimensiones que desembocan en incendios gigantescos. Otro factor tan crítico como estos son los pinos.

Los bosques de la Patagonia no solían tener incendios tan recurrentes. Las plantas y animales de esta región argentina son organismos que no han desarrollado formas de adaptarse al fuego, al menos no como los de América del Norte, donde incluso algunos casos de flora lo necesitan para reproducirse. Muchas variedades de pino son confabuladores genéticos del fuego.

Sus troncos son menos húmedos y más resinosos. Al ser sometidas a temperaturas pirolíticas, las piñas o conos explotan como granadas que disparan las semillas que resguardan en su interior. Poco a poco, con el fuego, los pinos se expanden sobre terrenos carentes de vida. Hacen simbiosis con él: permiten su expansión y así colonizan nuevos territorios. Y en la Patagonia, esto sucede no por vía natural, sino por la intervención humana.

Los primeros registros de plantaciones de pino en aquella zona del sur argentino comenzaron a mediados del siglo pasado. La intención era instalar industrias de madera y papel que hoy transforman incluso en ropa.

Desde mediados de siglo pasado se introdujo al pino como uno de los árboles preferidos para la producción de madera y papelInstagram

Un estudio de principios del siglo registró que para 2003 había 70.000 hectáreas solo de plantaciones de pino ponderosa, una de las especies preferidas por la industria silvícola. En aquella época se sembraban 5000 hectáreas por año y, aunque hoy no es clara el número total de especies, organizaciones ambientales calculan más de 1,3 millones de hectáreas sembradas, muchas de ellas abandonadas tras infructuosas aventuras comerciales. Eso explica que los pinos se expandan ya sin necesidad de ser plantados: sus semillas han llegado a cientos de sitios remotos en la Patagonia, formando manchones entre la vegetación nativa.

De ser precisa la cifra que señalan las organizaciones ambientalistas, la cantidad de pinos en el norte patagónico equivaldría a 64 veces la Ciudad de Buenos Aires compuesta por árboles de más de diez metros, listos para arder. Allí solo faltan viento, combustible y un fósforo.

Después del fuego, los bosques transformados en páramos se convierten también en territorio en disputa entre las especies exóticas adaptadas y brotantes, los arbustos de crecimiento rápido y los árboles nativos. “Las especies de Nothofagus [o lenga], por ejemplo, son bastante sensibles al fuego”, describió Dudinszky.

Cholila, otra de las localidades afectadasMarcelo Martinez

La experta explicó que este nuevo régimen de incendios promueve bosques jóvenes, ya que el fuego, en algunos casos, es una especie de déjà vu que se repite cada año en los mismos sitios. “Un bosque maduro de coihue puede tener entre 600 años; el mínimo para que un bosque más o menos se recupere son al menos 100 años. Y los alerces milenarios no los veremos nunca más”, alertó, y añadió que esto genera una reacción en cadena. Las aves que ponen sus nidos en las cavidades de los árboles viejos desaparecen, los pichones mueren y los adultos dejan de dispersar semillas.

Artículos científicos sobre la Patagonia chilena hablan también de la acidificación del suelo por la abundancia de pinos y de las afectaciones que esto produce en hongos e insectos que habitan esas tierras. “Hay poblaciones de carnívoros como pumas, zorros y huemules. Hay poblaciones muy importantes de huemules, que es una especie amenazada. Había una población en Epuyén. Era una zona de mucha conectividad y ahora no sabemos cuál fue su destino”, detalló Grosfeld. Es claro para la comunidad científica que el daño ecosistémico es brutal, pero su cautelosa metodología los previene, por ahora, de expresarlo en números.

Los pinos son proclives a quemarse por varios atributos como madera seca y mucha resinaEduardo Sanz – Europa Press� – Eduardo Sanz – Europa Press�

Varios científicos consultados coincidieron en que la discusión política sobre cómo actuar frente a estos factores no ha sido suficiente. En los últimos años, la estrategia se ha centrado en la atención de la emergencia, como la declaración del gobierno nacional semanas después de la devastación, y coincidente con la exigencia de los gobernadores de Chubut, Neuquén y Río Negro. Para ambos expertos, las estrategias de prevención no se descartan, pero tampoco se implementan con la contundencia necesaria.

El reclamo de organizaciones civiles y de sectores activos de la sociedad es promover la prevención, sí, pero también la adaptación a esta nueva normalidad.

Grosfeld y Dudinszky esbozaron algunas posibles líneas de acción, como la remoción de pinos jóvenes en zonas perturbadas. También plantearon medidas como la poda de árboles exóticos adultos, la remoción de ramas y hojas en zonas de interfaz y, por supuesto, un ordenamiento territorial que contemple a los bosques y su conservación.

Redacción

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