¿A qué se debe el repentino interés de los Estados Unidos por Groenlandia? ¿Es un capricho de su presidente, que anhela poseer la isla más grande del mundo? ¿O es un afán de prolijidad, para mantener soberanía norteamericana sobre todo el continente (Groenlandia es dependencia de Dinamarca al menos desde el siglo XVIII)? Después de todo, en 1867 sucedió algo parecido, cuando EE.UU. adquirió Alaska (controlada por Rusia) por algo más de 7 millones de dólares. Un siglo y medio más tarde, la “oferta” de Donald Trump por Groenlandia ha sido 100 mil veces mayor: 700.000 millones de dólares.
La comparación con Alaska no es tan arbitraria como podría parecer. Un siglo después de la compra, se descubrieron gigantescos yacimientos de petróleo en la región, con lo cual la operación comercial pasó de ser una locura a una inversión con altísima rentabilidad.
Hoy, en cambio, no es necesario apostar ciegamente a una riqueza mineral de Groenlandia: se trata de una certeza palpable.
Según los últimos informes del Servicio Geológico de los Estados Unidos (USGS, por sus siglas en inglés) y el Servicio Geológico de Dinamarca y Groenlandia, bajo el suelo de la isla más grande del planeta se encuentran algunas de las mayores reservas de tierras raras del mundo. Su control podría torcer la balanza de la situación geopolítica mundial, en donde China parece tener el control de la pulseada con los Estados Unidos.
Bajo el suelo de Groenlandia se encuentran algunas de las mayores reservas de tierras raras del planeta.
Metales cruciales
Pero vamos por partes: ¿qué son las llamadas tierras raras y por qué juegan un rol tan importante en la economía global (y, en consecuencia, en la disputa de poder político mundial)?
Aunque su nombre puede llevar a confusión, las “tierras raras” son, sencillamente, un conjunto de 17 elementos metálicos, con propiedades como conducción de electricidad y calor, que los convierten en elementos cruciales en la industria tecnológica más avanzada, desde automóviles eléctricos y teléfonos celulares a vehículos espaciales y armamento militar, por mencionar solo algunos de sus usos.
Salvo alguna excepción, no son elementos escasos en la corteza terrestre. El problema es que se encuentran mezclados con otros minerales, en bajas concentraciones, por lo cual su separación y refinamiento se vuelve una tarea compleja y costosa.
Para tomar dimensión de la importancia de estas tierras raras, hay que decir que constituyen el eje de un período de revolución tecnológica que está atravesando la humanidad, y que algunos ya llaman Cuarta Revolución Industrial (la tercera habría sido la era digital o de la computación, en la segunda mitad del siglo XX).
Esta revolución se habría iniciado con el siglo XXI y está centrada en avances cruciales en nanotecnología, inteligencia artificial, edición genética y robótica, entre otros. En todo ello, las tierras raras juegan un papel fundamental, como componentes esenciales de diversas maquinarias y productos.
Queda claro, entonces, que quien tenga un control predominante sobre estas tierras raras tendrá una ventaja apreciable en la distribución global del poder geopolítico. Pero en esta carrera de poder hay un desequilibrio descomunal, porque China tiene el 44 % de las reservas minerales del planeta y controla hasta el 90 % de la producción mundial, en lo que, más que un monopolio, es un virtual control total de los recursos.
Es como si China fuera Usain Bolt y sus competidores apenas estuvieran gateando lentamente hacia la meta. Por esa razón se desató una guerra comercial entre EE.UU. y China, ya desde el primer gobierno de Donald Trump, con aranceles cada vez más altos para los productos que cada uno de estos países importa al otro.
Por el momento, China lleva cómodamente la delantera, y la “propuesta” de comprar Groenlandia por parte de EE.UU. parece más un manotazo de ahogado en las gélidas aguas del Ártico que una estrategia meditada de torcer el rumbo a su favor.

Los imanes de neodimio-hierro-boro son los más fuertes creados por el hombre.
Imanes y catalizadores
Se estima que para 2040 se cuadruplicará la demanda de tierras raras. Pero, al cabo, ¿para qué sirven estos elementos, que algunos llaman el “nuevo petróleo”?
Uno de los usos principales de las tierras raras es el de imanes. Pero no como los imanes naturales de magnetita; se trata de imanes permanentes de alta intensidad, con dos características destacables: fuerza extraordinaria y enorme resistencia al calor (excesivo calor desmagnetiza los minerales).
Estas cualidades permiten miniaturizar dispositivos, manteniendo, a la vez, una potencia magnética extrema. Hay dos tipos principales de imanes de tierras raras: los de neodimio-hierro-boro y los de samario-cobalto. El primer elemento de cada uno de estos tipos es un metal de tierras raras.
Los imanes de neodimio-hierro-boro son los más fuertes creados por el hombre. Generan un campo magnético masivo en espacios reducidos, lo que permite ya convertir energía eléctrica en movimiento (motores) o, a la inversa, el movimiento en energía (generadores). Se utilizan en automóviles eléctricos (sin ellos, el motor sería mucho más grande y pesado), turbinas eólicas marinas, smartphones, discos duros de computadoras y robótica industrial.
Los imanes de samario-cobalto son algo menos potentes, pero tienen una prodigiosa resistencia al calor (hasta 350 °C). Se utilizan en motores de aviones de combate y sistemas de guía de misiles, en sensores de motores o maquinaria pesada y en herramientas petroleras de perforación profunda.

Además, los imanes de neodimio suelen incorporar mínimas cantidades de otros dos elementos de tierras raras: disprosio y terbio. Estos actúan como un “escudo térmico”, que les permite funcionar ante el calor intenso.
Otro uso generalizado de las tierras raras es como elementos clave en catalizadores (sustancias que aceleran las reacciones químicas en procesos industriales, mejorando la eficiencia al reducir costos y energía).
Se utilizan, por ejemplo, en el refinado de petróleo (lantano), en la conversión de gases tóxicos del automóvil en vapor de agua (cerio), en neumáticos y plásticos (neodimio y praseodimio) y en limpieza de humo en chimeneas industriales.
Además de estos usos, hay una infinidad de bienes que mejoran notablemente su productividad gracias a la incorporación de tierras raras: dispositivos electrónicos, luces y pantallas LED, tecnología espacial (baterías nucleares de prometio para satélites y equipos de exploración) y, por último, en medicina.
Las nanopartículas de tierras raras (RENP, por sus siglas en inglés) son partículas diminutas (que incluyen elementos como el cerio y el gadolinio), que se utilizan en aplicaciones biomédicas avanzadas, como diagnóstico por imagen (resonancia magnética, imagenología óptica), terapias contra el cáncer (fototérmica, fotodinámica), administración de fármacos dirigidos y regeneración de tejido óseo, además de actuar como agentes antioxidantes, antiinflamatorios y antimicrobianos.

La extracción de una tonelada de metales raros implica el desecho de una tonelada de residuos radiactivos
La paradoja medioambiental
Más allá de la lucha por el control de su producción, las tierras raras –eje, como dijimos, de la revolución tecnológica– aparecen como la solución ideal a la contaminación provocada por el ser humano en el planeta y el consecuente cambio climático.
Hoy son componentes esenciales de automóviles eléctricos y sistemas de energía renovable, que cumplen con el objetivo de “cero emisiones” que se busca para revertir el cambio climático antropogénico.
Sin embargo, se ha hecho notar que las tierras raras forman parte de la llamada “paradoja medioambiental” (o paradoja de la energía limpia): los minerales que permiten reemplazar combustibles contaminantes como el petróleo o el carbón, requieren un costo ecológico (y económico) inmenso de extracción y refinado.
Bayan Obo, en China, es la mayor mina de tierras raras del mundo. La extracción de una tonelada de metales raros implica el desecho de: una tonelada de residuos radiactivos; 75.000 litros de aguas residuales ácidas cargadas con metales pesados (lo que equivale a 10 millones de toneladas de agua residual al año); y unos 12.000 m3 de gases residuales (que contienen concentrado de polvo, ácido fluorhídrico, dióxido de azufre y ácido sulfúrico).
Este descontrol industrial ha generado embalses con lodo radiactivo, deforestación irreversible y la aparición de “aldeas del cáncer”, comunidades rurales con una alta incidencia de esta enfermedad debido a la contaminación provocada por la minería.

Se ha hecho notar que las tierras raras forman parte de la llamada “paradoja medioambiental” (o paradoja de la energía limpia).
Soluciones en la mira
La paradoja de la energía verde no implica que haya que buscar la solución en la “tierra verde” (el significado literal de Groenlandia).
Tanto para liberarse de la dependencia de China como para generar una economía realmente verde, la industria global está de pies y manos abocada a conseguir alternativas realistas y viables a las tierras raras.
Las principales soluciones que se están buscando incluyen tres variantes: el reemplazo de materiales, el rediseño de ingeniería y el reciclaje de componentes.
Estos son los caminos posibles:
1) Se está buscando reemplazar los imanes de neomidio por imanes de nitruro de hierro, más potentes que los de neomidio y más baratos (utilizan hierro y nitrógeno, dos elementos abundantes).
2) Para los automóviles eléctricos hay diferentes opciones que prescinden de los imanes de neomidio: motores de inducción que utilizan bobinas de cobre; motores síncronos de excitación externa, que utilizan electroimanes; motores de flujo axial con ferrita (imanes comunes).
3) Existen técnicas que utilizan hidrógeno para procesar imanes de productos viejos y los reutilizan en la producción de nuevos imanes, salteando procesos químicos tóxicos.
Tal vez esta búsqueda, basada en la exploración científica, sea un camino más arduo que poner una montaña de dólares sobre la mesa para comprar una isla, pero sin dudas se trata de un camino más eficiente, más duradero y, en última instancia, más inteligente.

