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George MacDonald, el «abuelo de la fantasía» que inspiró al creador de Narnia y provocó a Tolkien

No es tan célebre en comparación con autores de historias que llegaron a la pantalla grande. Sin embargo, George MacDonald (1824-1905) dejó marcas imborrables en exitosos novelistas del género fantástico.

Este poeta fue acusado de herejía en sus tiempos de predicador cristiano, al haber abogado por la “redención universal”. Luego de eso, inició un camino que en el futuro marcaría a dos grandes escritores británicos, contemporáneos uno del otro.

Se trata de C. S Lewis, el inventor de Narnia, y de J.R.R Tolkien, la mente detrás de El Señor de los Anillos y El hobbit. Si bien ninguno de los dos llegó a conocerlo, no escatimaron reacciones hacia su persona, positivas por un lado y negativas del otro.

La herejía y la escritura como segunda opción

MacDonald -nacido en la localidad de Huntly, al noreste de Escocia, en 1824- rechazó la ortodoxia de la doctrina de sus propios familiares, quienes eran misioneros calvinistas.

En sus escritos de juventud, afirmó que una forma posible de acercarse a Dios era a través del arte y la imaginación, pudiendo esta última modificar “pensamientos y sentimientos”. Esto causó desaprobación en su círculo cercano, que dicho sea de paso gozaba de una buena posición económica.

Pero el “llamado” a la labor pastoral era algo ineludible en su sentir. Razón por la cual, después de sus estudios de Filosofía y Ciencias Morales en la universidad de Aberdeen, se dirigió al sur de Inglaterra para formarse como ministro congregacional. Así empezó sus funciones en Arundel, un pueblo de la zona.

Sin embargo, tuvo que dimitir en la congregación a causa de sermones que no eran bien vistos. Para el joven de por entonces casi 30 años, los animales podían ir al cielo y los paganos tendrían “otra oportunidad” en el más allá.

Asimismo, los calvinistas –la rama protestante que cree en la predestinación- lo acusaron de estar «manchado de teología alemana», contó Gisela Kreglinger en su tesis George MacDonald’s Christian Fiction: Parables, Imagination and Dreams.

MacDonald estaba en contra de la idea calvinista de la predestinación. Foto: Archivo

Su intención inicial no era convertirse en un hombre de letras, aunque llegó a aquellas aguas ante la imposibilidad de predicar, algo que consideraba “su misión en el mundo”. Y los resultados fueron memorables, a pesar de no haber contado con la popularidad de algunos escritores basados en su legado.

El éxito literario de MacDonald fue real, aunque no haya marcado tantas infancias como aquel placar que sirve de transporte a un mundo mágico, que es el que se ve en Las crónicas de Narnia.

Los leones que hablan y las brujas del mundo mágico de Lewis se inspiraron en MacDonald. Foto: Archivo

Su primera publicación fue en 1855 con Within and Without, un poema religioso al que tres años después le siguió el hito de su carrera: Phantastes.

Cruzando el Atlántico, encontró mayor recepción. En la década de 1870 dio una gira de conferencias por Estados Unidos, cautivando grandes audiencias, y hasta le ofrecieron un puesto ministerial bien remunerado. Pero decidió volver a vivir con su familia.

El dinero no era un factor menor, habiendo quedado lejos la holgura de su niñez. De hecho, no hubiera podido mantener a los numerosos hijos que tuvo junto a su esposa Luisa Powell sin sus amigos como Lady Byron y John Ruskin, que a la vez eran sus mecenas.

Su amplitud al momento de pensar la “reconciliación con Dios”, sin discriminar según las particularidades de la persona, quedó retratada en su obra Lillith (1895). Esta novela –que fue la última de su producción- se destacó por su oscuridad.

El amor como fuerza del bien

De todas formas, el escocés reivindicó lo luminoso de la existencia. «El amor es un poder que solo puede ser para el bien», dejó escrito, según Paul H. Kocher en su artículo J.R.R. Tolkien and George MacDonald.

Por su parte, en su ensayo La imaginación fantástica, destacó al género en el que dedicó su tiempo, no como algo para evadir la realidad, sino para vivirla de otra manera.

En sus cinco décadas de actividad como novelista escribió más de cincuenta libros, y para la posteridad quedaron sus obras para niños –aunque también las hizo para adultos-. Dijo adiós a los 80 años en la localidad inglesa Ashtead, el 18 de septiembre de 1905. Pero lo más interesante empezó después de su muerte.

La influencia vital en C. S Lewis, el creador de Narnia

No hace falta que alguien esté vivo para dejar sus enseñanzas. Así lo entendió Lewis, quien en su libro George MacDonald detalla el vínculo que tuvo con el escocés a través de la lectura. Allí afirmó que todo lo que escribió estuvo influenciado por esta persona.

“Casi ningún otro escritor parece estar más cerca, o más continuamente, del Espíritu de Cristo mismo”, indicó sin escatimar en halagos Lewis.

El creador de Narnia se basó en el legado de MacDonald. Foto: Archivo

A la vez, hizo públicas sus relecturas de este maestro a la distancia. Incluso lo incluyó como personaje en su novela El gran divorcio (1945).

La “abuela” que quedó en la historia del último cuento de Tolkien

Si Tolkien es considerado el padre de la literatura fantástica moderna, MacDonald resulta ser el abuelo. Es tan curioso como increíble que el último cuento publicado en vida del creador de El Señor de los Anillos, iba a ser una introducción para uno de los de MacDonald.

Se trata de un encargo que le hicieron a Tolkien en 1964. Debía hacer el prefacio de una nueva edición del cuento de hadas La Llave de Oro. En cambio, desistió de esa tarea y utilizó lo que tenía escrito para presentar, tres años después, El herrero de Wootton Mayor.

De esta manera, su borrador se convirtió en un libro. Para sorpresa de pocos, hay allí un protagonista que entra a un reino encantado ante el hechizo de una estrella.

Tolkien escribió su último cuento en base a un prefacio trunco para MacDonald. Foto: Archivo

Al momento de anunciar su renuncia al trabajo que le propuso una editorial estadounidense, quedaron más que claros sus desacuerdos con MacDonald. “No soy un admirador tan ferviente de George MacDonald como lo era C. S. Lewis”, dice en la carta de devolución del ofrecimiento, rescatada por el sitio TolkienGateway.

Sus críticas se dirigían al estilo de MacDonald, que incluía la voz de un narrador, y su “excesiva” cantidad de lecciones morales, aunque no dejó de reconocerle a sus escritos ciertas partes conmovedoras.

Al no escribir para niños, la pretensión de Tolkien no era “cambiar actitudes” a través de valores como la humildad y el coraje, una diferencia radical con quien lo precedió en el tiempo. “Por eso no me gusta mucho George MacDonald; es una abuela horrible”, dijo en una entrevista para la revista Niekas (número 18, 1967).

«Esa es, desde luego, una figura femenina muy lograda; pero la Reina es más bien una madre», terminó de decir en aquella oportunidad. La comparación hacía referencia a la austera abuela, estrictamente calvinista, que queda a cargo de Robert Falconer, el protagonista de una de sus novelas con nombre homónimo.

Y eso no es todo. Tolkien llegó a decir sin estupor: “releer críticamente a G(eorge) M(acDonald) me llenó de desagrado”, según un manuscrito del que dieron cuenta los investigadores Wayne G. Hammond y Christina Scull.

Esta opinión la compartió en parte hasta Mark Twain, con la misma novela Robert Falconer. “¡Vaya! ¡La primera mitad es magnífica! Seguimos con los lápices, marcando cosas brillantes y hermosas, pero después de la mitad no había nada que marcar”, sentenció el estadounidense en una carta registrada en The Mark Twain Journal, volumen 30, número 2 (1994).

Redacción

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