Por Flavia Tomaello, https://flaviatomaello.blog/, Instagram @flavia.tomaello
Llegar a Creta implica aceptar una educación sensorial inmediata. El aire trae sal, hierbas secas y una luz que parece haber aprendido a posarse sobre la piedra desde hace siglos. En ese paisaje mental y físico se inscribe la Taberna Xylouris, en la costa de Heraclión, como una casa abierta más que como un destino gastronómico. Aquí la comida funciona como lenguaje y la hospitalidad como una práctica diaria, heredada y ejercida con naturalidad. La familia Xylouris sostiene este espacio desde hace décadas con una idea clara, la cocina es memoria activa y la mesa un lugar donde esa memoria se comparte.
La historia del lugar no se cuenta en fechas exactas, se reconoce en los gestos. En la forma en que se eligen los ingredientes, siempre locales, en el respeto absoluto por la estacionalidad, en el uso del aceite de oliva virgen extra como columna vertebral de cada plato. Las recetas nacieron mucho antes de ser escritas, transmitidas de generación en generación, afinadas por la repetición y por la escucha atenta de la tierra. Xylouris creció desde ese conocimiento doméstico, convirtiéndose con el tiempo en una taberna que conserva el pulso de una casa familiar.
Sentarse a la mesa supone entregarse a un ritmo distinto. El comienzo suele ser fresco y vegetal. Las horta hervidas, verdes amargos y nobles, llegan apenas aliñadas, recordando que la cocina cretense se apoya en la claridad del producto. El adógalo, suave y lácteo, equilibra con su frescura, mientras el pan invita a participar, a tocar, a compartir. Los dolmades, hojas de parra rellenas con arroz y hierbas, condensan una sabiduría campesina precisa, cada envoltorio guarda paciencia y cuidado.
El tiempo avanza y el calor aparece sin estridencias. Las patatas, doradas y fragantes, hablan del horno y de la tierra, simples y profundamente satisfactorias. Los skioufiktá con anthotyro, pasta rústica hecha para ser abrazada por un queso fresco y delicado, ofrecen una textura que reconforta y una sensación de hogar inmediata. Cada plato parece confirmar que aquí cocinar consiste en respetar lo que se tiene y servirlo cuando está listo.
La parrilla ocupa un lugar central, casi ceremonial. El antikristo define el espíritu de Xylouris con claridad absoluta. El cordero se enfrenta al fuego de manera lenta y directa, girando durante horas, impregnándose de humo y tiempo. El resultado es una carne jugosa, intensa, con bordes crujientes y un interior que se deshace. Comer antikristo exige pausa, conversación, un vaso de raki que circula entre las manos y sella la complicidad. El aroma envuelve el espacio y evoca celebraciones antiguas, mesas largas, fiestas que duraban toda la noche.
Una geografía de la mesa
El entorno acompaña con discreción. Pérgolas cubiertas de vegetación, faroles que suavizan la noche, el sonido constante del mar filtrándose entre las conversaciones. Xylouris se mueve con naturalidad entre la taverna y el kafeneio, tiene menú pero conserva un espíritu relajado, casi bohemio. Esa dualidad se percibe en el trato, atento sin rigidez, en la sensación de estar invitado a participar más que a consumir.
El menú se construye como un reflejo del territorio. Verduras de estación, caracoles, staka espesa y fragante, productos que hablan de una relación directa con la naturaleza. Aquí la tierra dicta y la cocina interpreta. Cada preparación mantiene un equilibrio entre sencillez y profundidad, entre lo cotidiano y lo celebratorio. El vino acompaña ese relato, etiquetas locales que expresan el carácter del suelo cretense, blancos frescos que dialogan con la brisa marina, tintos honestos que sostienen la intensidad de la carne y alargan la sobremesa.
Xylouris no propone una experiencia diseñada para impresionar, propone continuidad. La tradición se mantiene viva en cada decisión, desde el origen de los ingredientes hasta la manera en que los platos llegan a la mesa. La taberna se convierte así en un espacio donde el viajero comprende Creta desde adentro, a través del gusto, del tiempo compartido, de la conversación que se estira sin apuro. Al final queda el paseo lento junto al mar, el cuerpo satisfecho, la sensación de haber participado de algo verdadero. El fuego sigue encendido, la mesa espera, la historia continúa sirviéndose plato a plato.
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