La convocatoria del 7 de marzo en Miami no es integración regional sino clasificación geopolítica. Bajo la retórica de seguridad y cooperación, Washington reactiva la lógica de esfera de influencia para contener a China y disciplinar a una América Latina fragmentada y desigual en márgenes de autonomía.
Estados Unidos vuelve a trazar la línea. No con tanques ni marines, sino con una cumbre “obligatoria” para los países “amigos” y “leales”. El lenguaje no es diplomático: es disciplinario. Divide y reinarás. Dentro o fuera. Alineados o sospechosos. La invitación de Donald Trump no busca integrar a América Latina; busca clasificarla.
Lo que está en juego no es una reunión hemisférica más, sino la reinstalación explícita de una lógica de esfera de influencia. Bajo la apariencia de coordinación estratégica, la convocatoria consolida una jerarquía: Estados soberanos convertidos en satélites funcionales según su grado de obediencia geopolítica.
Contexto y correlación de fuerzas
América Latina atraviesa un momento de gravitación ambigua. No es el centro del sistema internacional, pero tampoco es periferia pasiva. Posee minerales críticos, reservas energéticas, biodiversidad estratégica y corredores logísticos fundamentales. El litio del Cono Sur, el cobre chileno, el petróleo brasileño y venezolano, la Amazonía, los corredores bioceánicos y los puertos atlántico-pacíficos la convierten en pieza de la transición energética global.
En paralelo, China consolidó en las últimas dos décadas una presencia estructural: financiamiento de infraestructura, comercio, telecomunicaciones, energía. No es una penetración militar, sino económica y logística. Estados Unidos, acostumbrado a hegemonía hemisférica sin competencia, percibe esa expansión como desplazamiento.
La cumbre de “leales” debe leerse en ese marco. No es un gesto de integración regional. Es una respuesta a la diversificación latinoamericana.
Divide y reinarás como doctrina renovada
El mecanismo es clásico: premiar alineados, aislar díscolos, negociar bilateralmente. Fragmentar para dominar.
La fragmentación latinoamericana ya existía. La convocatoria la institucionaliza. Se crea un núcleo de “países confiables” frente a un perímetro de sospecha. La lealtad reemplaza a la soberanía como criterio de pertenencia.
No es casual que la invitación se dirija a gobiernos considerados cercanos a Washington. Tampoco es casual el lenguaje implícito: cooperación reforzada para los fieles, presión indirecta para los que mantienen vínculos estratégicos con China o posiciones autónomas en foros multilaterales.
Coerción estructural y asimetría
Estados Unidos no necesita amenazas explícitas. La coerción en América Latina es estructural.
Primero, dependencia financiera.
Muchos países dependen de acceso a mercados, financiamiento multilateral y calificaciones crediticias vinculadas a arquitectura dominada por Occidente.
Segundo, migración.
La externalización del control migratorio convierte a varios gobiernos en gestores de frontera estadounidense. La cooperación en seguridad se transforma en instrumento de presión.
Tercero, sanciones selectivas.
La experiencia venezolana demuestra que el margen de castigo económico es real. La señal es pedagógica: el costo de la disidencia es tangible.
Cuarto, cadenas de suministro.
Países altamente integrados a la economía estadounidense, como México o Centroamérica, tienen libertad política limitada por interdependencia productiva.
Limitaciones y libertades diferenciadas
No todos los países latinoamericanos poseen el mismo margen de maniobra.
Brasil tiene escala demográfica, mercado interno robusto y diversificación comercial significativa con China, Europa y Estados Unidos. Puede negociar desde mayor autonomía relativa. Su política exterior históricamente busca equilibrio multipolar.
México, en cambio, está estructuralmente anclado a Estados Unidos por el T-MEC. Su margen de autonomía estratégica es estrecho. Puede diversificar retóricamente, pero la dependencia productiva es profunda.
Chile y Perú dependen de exportaciones de minerales a Asia, especialmente China, pero también requieren acceso financiero occidental. Su margen es intermedio: no pueden romper con Washington, pero tampoco pueden prescindir de Beijing.
Centroamérica posee menor capacidad estructural. La dependencia migratoria y financiera reduce autonomía real. La invitación estadounidense opera como recordatorio de subordinación funcional.
El Triángulo del Litio enfrenta una paradoja: posee recurso estratégico, pero carece de coordinación regional para negociar en bloque. La fragmentación impide convertir el mineral en palanca geopolítica colectiva.
Mirada desde el Sur Global y China
Desde una perspectiva del Sur Global, la convocatoria estadounidense no es cooperación horizontal sino reafirmación vertical de poder. China ofrece una narrativa alternativa: no injerencia política explícita y financiamiento sin condicionalidades ideológicas formales. Eso resulta atractivo para gobiernos que buscan margen soberano.
Sin embargo, tampoco se trata de romanticismo. China actúa con racionalidad estratégica: asegurar suministro, expandir infraestructura, consolidar redes logísticas. No es altruismo, es interés estructural. La diferencia radica en el método: coerción política explícita versus condicionamiento económico implícito.
Para muchos países latinoamericanos, la relación con China amplía espacio de maniobra frente a Washington. La competencia entre potencias puede traducirse en mejores términos de negociación si se gestiona con inteligencia estratégica.
Prospectiva estratégica
Escenario uno: alineamiento disciplinado.
Países que aceptan la lógica de lealtad refuerzan dependencia estructural. La región se fragmenta aún más. China consolida presencia en los no alineados. Se profundiza polarización hemisférica.
Escenario dos: equilibrio pragmático.
Gobiernos asisten a la cumbre, extraen concesiones concretas y mantienen vínculos con China. Se evita ruptura frontal. América Latina opera como bisagra, no como satélite.
Escenario tres: articulación autónoma regional.
Requiere voluntad política hoy ausente. Coordinación en minerales críticos, transición energética y comercio permitiría negociar en bloque tanto con Washington como con Beijing. Sin cohesión, este escenario es improbable.
Conclusión
La cumbre de Trump no es un gesto inocente. Es delimitación de campo. Es recordatorio de jerarquía. Es mensaje disciplinario.
América Latina enfrenta una decisión histórica: aceptar la clasificación binaria de lealtad o construir capacidad estratégica propia.
Los países pequeños tienen menos margen, pero no están condenados a obediencia automática. La competencia entre potencias abre espacio si se usa con cálculo y no con alineamiento automático.
La región no necesita elegir entre Washington y Beijing. Necesita elegir entre subordinación fragmentada o autonomía coordinada.
Divide y reinarás solo funciona cuando los divididos aceptan la fragmentación como destino.
Sumatoria informativa sobre la convocatoria
La Casa Blanca anunció formalmente la convocatoria el 2 de febrero de 2026. La reunión fue fijada para el 7 de marzo de 2026 en Miami, Florida. El comunicado oficial enmarcó el encuentro como un espacio para abordar seguridad regional, migración, crimen organizado e inversiones, pero subrayó explícitamente la necesidad de enfrentar lo que Washington definió como creciente influencia estratégica de China en el hemisferio occidental.
La invitación fue dirigida a gobiernos considerados “amigos” o alineados con Estados Unidos. Entre los países mencionados en reportes periodísticos figuran Argentina, Paraguay, Bolivia, El Salvador, Ecuador y Honduras. Llamó la atención la exclusión de algunos gobiernos no considerados cercanos a Washington, lo que reforzó la lectura política de segmentación regional.
La reunión no tiene carácter jurídicamente obligatorio. Su fuerza es política: acceso preferencial, cooperación estratégica y eventual respaldo financiero o diplomático para quienes formen parte del núcleo convocado. Esa arquitectura confirma que la cumbre no es un mecanismo de integración latinoamericana, sino un instrumento de ordenamiento hemisférico bajo criterios de alineamiento.
Con estos datos, la lectura estratégica se vuelve más nítida: la convocatoria no es neutra. Es un movimiento calculado dentro de la competencia estructural por América Latina.

