Todos los días, cientos de misioneros cruzan el río Uruguay rumbo al sur de Brasil para trabajar en las cosechas, principalmente de uvas y manzanas. La idea de un “éxodo masivo” simplifica una trama mucho más compleja. No es una postal nueva, pero sí más profunda y extendida. La crisis de la yerba mate, la recesión y el derrumbe del empleo empujan un flujo que ya no distingue ni edades, ni oficios, ni género, ni geografía. Mientras tanto, del otro lado de la frontera, una economía en expansión demanda mano de obra y ofrece condiciones difíciles de igualar. Para muchos, lo personal no es político: es urgente.
—Llegué demasiado temprano. Viajé a la madrugada desde Oberá. No dormí nada. Estoy bastante nerviosa. Es mi primera vez. Voy con fe.
Son casi las seis de la mañana. Ya clareó. El sol naciente se espeja en el río Uruguay anticipando otra jornada de un brutal calorón. Enero es así. Misiones es así. Recostada contra la baranda, Dana fuma un Bill y observa vagamente cómo el vapor matinal se va disipando sobre la superficie del río. Es la única persona visible a esta hora en la breve costanera de Alba Posse, un pequeño municipio fronterizo desde cuyo puerto zarpa, cada día, la balsa hacia Porto Mauá, el poblado brasileño que queda “del otro lado”, como dicen los lugareños para referirse al Brasil.
Dana aplasta la colilla del pucho contra el piso. Junto a sus pies descansa un carry-on rosado junto a una mochila pequeña. Ese es todo su equipaje. Le esperan tres meses de trabajo en un viñedo de Caxias do Sul, ciudad del nordeste de Rio Grande do Sul. La primera lancha del día sale a las ocho de la mañana.
—Tengo 26 años y me costó bastante encontrar una fazenda que acepte mujeres solas en la cosecha. La mayoría de las ofertas de trabajo en la recolección de uva es solo para varones o, a lo sumo, parejas. Lo que más me duele es mi hija; tiene 4 años y se va a quedar con su abuela y su tía. Pero es por ella que hago esto. Para mí es como entrar a un Gran Hermano pero donde se trabaja.
Cuando la lancha encalla en el puerto de Alba Posse, Dana junta sus cosas y se dirige hacia la casilla de Migraciones, donde ya hay más de un centenar de personas, entre pasajeros y acompañantes. La gran mayoría son varones jóvenes que, al igual que ella, cruzarán a Brasil para trabajar en las cosechas, principalmente de uva y de manzana.
En fila, los pasajeros van subiendo a la lancha. Llega la hora de partir. La embarcación se aleja lentamente de la orilla misionera. Es un viaje breve, de unos pocos minutos. Llantos, manos que se agitan, murmullos. Los que permanecen en la costa capturan con la mirada la silueta de esos otros y otras que migran, a quienes no volverán a ver por un buen tiempo. La foto de esta partida se repetirá luego en diarios y portales de noticias que, a coro, reportarán el “éxodo masivo” de trabajadores rurales en Misiones. Un fenómeno que suele aparecer bastante simplificado en los medios, pero que acumula tras de sí, una atendible maraña de causales y elementos a considerar.



