Más de un año buscó Marta desesperadamente a su hija mayor, Johana, hasta que el río le devolvió algunas partes en la costa de Palo Blanco, Berisso. Marta reconoció los tatuajes: una letra, un escorpión a medio hacer. Era todo lo que había quedado de su Johana, desaparecida el 26 de julio de 2017. Aquel día se había despedido como cualquier otro, pero no volvió. Entonces tenía 23 años y una hijita de 6. «La secuestraron, la descuartizaron, la freezaron y la descartaron», dice ahora Marta. Está ansiosa. El 20 va a hablar en los Tribunales Federales de La Plata, escenario del juicio por el crimen de Johana.
«Fue un narcofemicidio -asegura-. Al analizar la causa se ve que estuvo todo organizado, y que hubo una gran impunidad».
Marta sabía que Johana no estaba bien. Se había separado del padre de su hijita y había vuelto a vivir con ella y sus seis hermanos en la pequeña casa de Villa Elvira. «La verdad es que también volvió a consumir…», reconoce Marta.
Cuenta que algunos años atrás, Johana había tenido una relación con un hombre bastante mayor que «la metió en el consumo. Con ayuda, después, dejó las drogas y volvió con el padre de su hija. Pero esta nueva separación la puso mal y volvió a consumir. Buscamos ayuda en el hospital San Martín, pero nos dieron turno para varias semanas después, y para ese momento Johana ya estaba desaparecida».
La búsqueda interminable
Fue el 26 de julio que no volvió, ni respondió más su celular. Era un miércoles. Marta fue a una comisaría, pero no le quisieron tomar la denuncia. Insistió en otra. Gritó para que la buscaran, y nadie le prestó demasiada atención. Ni siquiera la Justicia. En la Fiscalía le dijeron que seguro Johana se había ido porque quería. Marta sabía que eso no era posible. Estaba segura: la habían secuestrado, algo le habían hecho.
«Somos pobres. Mi hija consumía y estaba en situación de prostitución. Entonces te ignoran, y te hacen sentir mal, como que la culpa es tuya, y ya estás condenada. En cambio, a los prostituyentes no les hacen nada, los protegen. Yo tuve que salir a buscar a una hija, y mis hijos tuvieron que salir a buscar a una hermana«, se lamenta.

Así se enteró que la habían visto en la esquina de la 1 y 63, a tres cuadras de la Plaza Matheu, en lo que se llama «la zona roja» de La Plata. Por allí andaba seguido Johana ofreciendo drogas y su cuerpo, como muchas otras chicas. «Yo sabía que consumía cocaína y pastillas, pero no sabía que estaba en situación de prostitución -cuenta Marta-. Había un hombre que regenteaba a Johana y a otras chicas. El les facilitaba la droga para que la vendieran y les daba gratis para que consumieran, y así las tenía agarradas».

«La policía sabía todo, por eso tardaron en buscarla y les molestó que yo hiciera la denuncia. La Comisaría 9 manejaba la zona. La DDI (Dirección Departamental de Investigaciones) está a dos cuadras. A mí me hostigaban todo el tiempo, y no detenían a nadie porque avisaban antes de los allanamientos -asegura Marta-. Por algo los restos de Johana aparecieron tanto tiempo después. Las pericias dicen que estuvo varios meses viva, la tuvieron secuestrada en algún lugar, después la cortaron y la escondieron en un frigorífico hasta que la tiraron. ¿Por qué nadie investigó los frigoríficos? Son pocos. Al principio no se quiso investigar nada«.

La causa
La investigación pasó por varias instancias hasta que recayó en el juzgado Federal de La Plata, a cargo el juez Alejo Ramos Padilla, que en 2022 procesó al primer detenido de la causa: Carlos «El Cabezón» Rodríguez, quien había sido pareja de Johana y también su proxeneta.
Pero para el juicio hubo que seguir esperando. Recién comenzó en mayo de 2025. Son ocho las personas procesadas por los delitos de encubrimiento, comercialización de estupefacientes y facilitación de la prostitución. Se trata de Hernán D’ Uva Razzari, Hernán Rubén García, Carlos Alberto Espinosa Linares, Mirko Alejandro Galarza Senio, Celia Benítez; Paola Erika Barraza y Celia Giménez. Lo que se juzga es si integraban una red de trata que captó y explotó a Johana antes de su desaparición y muerte. En este juicio no se debate el femicidio.
“Este juicio es importante, pero seguimos esperando que se sepa la verdad. Solo aparecieron una pierna y un brazo de Johana», lamenta la madre. Y repite: «Fue un narcofemicidio. Queremos saber quiénes son los responsables y vamos a seguir luchando por la verdad, la memoria y la justicia”.

La hija de Johana ya cumplió 15 años. Vive con su papá. «Nos visita y viene a casa, pero nunca más entró a la pieza que era de su mamá -cuenta Marta-. De a poco ella se fue enterando de todo, aunque quisimos taparle algunas cosas, hoy no se puede, la información está en todos lados. Nosotros tratamos de hablarle de manera que no le duela tanto. Es difícil, llevaremos el duelo a cuestas por el resto de nuestros días«.

