La presidenta de John Deere, Deanna Kovar, anunció que la semana próxima presentarán un tractor a E98 (etanol casi puro) en el Commodity Classic de San Antonio, Texas. Un tema muy caro a Clarín Rural y este columnista, en una saga que arrancó hace 35 años con aquélla nota “Ponga un choclo en su tanque”. Hoy estamos frente a un hito decisivo.
En realidad, en el Agrichow de Riberao Preto (Brasil) del 2025, John Deere había presentado un tractor a etanol. Parecía un simple “gadget” de feria. Pero ahora el anuncio de Kovar implica uno de esos momentos bisagra que definen épocas. Porque lo que hay detrás no es solo un combustible distinto: es una narración energética y productiva que podría cambiar cómo pensamos la potencia agrícola y, sobre todo, cómo la política energética se alinea con los intereses del campo.
Durante décadas el diésel moderno ha venido arrastrando consigo un compañero que fue, según muchos agricultores del Medio Oeste de Estados Unidos, más una molestia que una mejora: el DEF – Diesel Exhaust Fluid, también conocido como AdBlue en Europa (y en Argentina para camiones modernos de tecnología europea). Esta solución de urea ultrapura al ~32,5% se inyecta en el sistema de escape para que, junto con el catalizador SCR (Selective Catalytic Reduction), convierta los óxidos de nitrógeno (NOx) en nitrógeno y vapor de agua, permitiendo cumplir con normas ambientales estrictas como Tier 4 Final (EEUU) y Stage V (UE).
Un sistema eficaz desde el punto de vista medioambiental, sí; pero incómodo, costoso y delicado desde el punto de vista operativo para el usuario promedio. Y, lo más importante, es que si bien resuelve el grave problema del NOx, no tiene mayor incidencia en el tema mayor, que son las emisiones de dióxido de carbono inherente a su condición de fósil.
El DEF Implica un tanque adicional, sensores, bombas, electrónica compleja y, sobre todo, una dependencia constante de la compra y manejo de un fluido que se degrada con el calor, se congela por debajo de -11 °C y puede dejarte sin potencia si se agota o se contamina. Para muchos agricultores de los EEUU, esos litros de DEF por hora de trabajo–que pueden representar 3 % a 7 % del consumo de gasoil en volumen– se tradujeron en miles de dólares por temporada y en discusiones ante políticos y reguladores.
Esa resistencia no fue solo técnica: fue política. Grupos agrícolas apelaron al famoso “Right to Repair”, a críticas contra la complejidad de los sistemas “post-tratamiento” y, en algunos estados, se llegó a remover por ley la obligación de mantener sistemas SCR/DEF en máquinas agrícolas. Hoy ese conflicto es parte del paisaje rural estadounidense, donde cada avance tecnológico también es chequeado por su “practicidad en el campo”.
En ese contexto, la idea de un motor que funcione con etanol de alto octanaje –un combustible que se produce directamente del maíz y otros cultivos agrícolas– y que prescinda de SCR/DEF es revolucionaria. El etanol tiene una combustión más limpia, contiene oxígeno en su molécula y, con un motor diseñado específicamente para él, podría reducir la necesidad de sistemas complejos de post-tratamiento, simplificar la máquina y bajar costos de operación y mantenimiento. La propia Deanne Kovar deslizó que han resuelto los desafíos tecnológicos y el motor está prácticamente listo para entrar en producción, augurando una expansión de la demanda de maíz, algo que hace falta de manera urgente para mejorar la economía del sector.
Y eso nos lleva al trasfondo estratégico y político: si John Deere presenta de manera firme en San Antonio una máquina de trabajo pesado a E98, se convierte automáticamente en un argumento de peso para los productores de maíz de EE.UU. que desde hace años impulsan mercados domésticos mayores para el etanol. Para ellos, no se trata solo de un combustible renovable en el surtidor: sería energía agrícola usada en el campo para mover la propia agricultura. Esta es la veta marketinera que vio la nueva presidente de John Deere, según un reciente reportaje en Farm Journal.
Desde la Casa Blanca hasta el Capitolio, este tema también ha generado debate. Hace 15 días, Donald Trump prometió a los farmers que se implementaría el E15 (etanol 15%) durante todo el año, eliminando la restricción a 12% durante el verano en varios estados. Los agricultores empujaron los cortes más altos y soluciones que fortalezcan al etanol frente a los intereses de los hidrocarburos importados. Ese tira y afloja sigue en la agenda agrícola, y una máquina que funcione con E98 sería una bandera fuerte en ese debate.
Para la Argentina, donde Clarín Rural ha seguido de cerca las discusiones sobre cortes de etanol (E15/E20) y bioeconomía, este avance no es menor. Sugiere un escenario futuro donde la cadena del valor del maíz no solo produce combustible para los autos, sino energía para las propias máquinas que cultivan la tierra. La economía del campo deja de ser solo producción de commodities: pasa a ser energía transformada en potencia tractora.
Si el anuncio de Deere sublima al estado “fierros”, se aceleraría un cambio de paradigma: una maquinaria agrícola que se alimente de un combustible fabricado por el propio sistema productivo. Y eso, más que una innovación técnica, sería una victoria para quienes durante décadas vienen promoviendo una bioeconomía integrada, soberana y competitiva. Y además, acoplada a la demanda global de reducir las emisiones.

