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Murió José van Dam, uno de los cantantes líricos más importantes de los últimos tiempos

Hace cuatro décadas, un destacado director de cine llamado Gerárd Corbiau (belga, que alcanzaría la fama con Farinelli) estrenó El maestro de música. Se trata de una de aquellas películas que, sin ser masivas, son igualmente impactantes porque llegan al alma del espectador. El rol central lo asignó a uno de los mejores cantantes líricos de las últimas décadas, un excepcional bajo-barítono llamado José van Dam.

Hombres de la misma generación (van Dam había nacido apenas un año antes que Corbiau), pero unidos en los sentimientos por el arte, la belleza y la excelencia, ofrecieron allí una obra inolvidable: van Dam representaba a un cantante lírico que se retiraba de los escenarios a principios del siglo pasado y se iba a dedicar solamente a preparar a dos novatos para un concurso de canto lírico, armado por un príncipe.

Nacido como Joseph van Damme el 25 de agosto de 1940 en Ixelle, con 17 años ingresó en el Conservatorio Real de Bruselas. Su debut en la ópera fue en el personaje de Don Basilio en El Barbero de Sevilla en París a sus veinte años. Desde entonces fue convocado por las principales salas del mundo: tras aquel debut parisino cantó en el Gran Teatro de Ginebra y la Deutsche Oper de Berlin -a pedido de Lorin Maazel- y de allí retornó a Bruselas.

En 1968 hizo su debut en el Festival de Salzburgo donde lo dirigió nada menos que Herbert von Karajan en Las bodas de Fígaro, Parsifal y Pelléas et Melisande.

“Yo empecé muy joven y ya cantaba profesionalmente en la Ópera de París, aunque sólo pequeños papeles. Allí estuve cuatro años, luego dos años en Ginebra y seis en Berlín. Y la voz fue evolucionando paulatinamente. Siempre les digo a los jóvenes que tienen que seguir a su propia voz, y no a la inversa. La voz nunca te puede seguir a ti. Yo empecé con Mozart, y no he cantado Scarpia hasta los 50 años. Con el repertorio pesado, como Hans Sachs o el Holandés, he empezado bastante tarde. Es decir, cuando la voz estaba madura para ello, y no antes. Hay que tener mucho cuidado, cuando eres joven, con los papeles dramáticos”, reflexionaba.

Hombre de amplio repertorio

Van Dam interpretó un repertorio muy amplio, aunque uno de sus papeles más famosos fue el de Don Quijote en la ópera de Massenet. Acerca del mismo compositor, van Dam contribuyó a resaltar uno de los títulos más emblemáticos del teatro musical: San Francisco de Asís.

Fue también un notable intérprete del lied y distintas melodías. Y cuenta con más de un centenar de grabaciones entre las que se destacan La flauta mágica y Don Carlo, con la dirección del propio von Karajan, la Mujer sin sombra con Solti y Las bodas de Fígaro con Neville Marriner.

José van Dam, en el Teatro Colón, en setiembre de 2001.

Y sobre aquella relación con Von Karajan -considerado por muchos como uno de los más grandes directores de todos los tiempos-, Van Dam evocó: ”Trabajé muy a gusto con él. Era un hombre extraordinario. Hay quien dice que era un hombre difícil, pero con la gente a la que quería, y pienso por ejemplo en Mirella Freni, Nicolai Ghiaurov, Piero Cappuccilli, José Carreras, Agnes Baltsa o Jon Vickers, era muy respetuoso. Se trabajaba mucho y muy bien con él, y siempre era toda una experiencia. Además, te daba muy buenos consejos sobre técnica vocal. Por ejemplo, te decía que cuando abordaras un pasaje grave no apoyases mucho las notas porque de otro modo no tendrías problemas al atacar los agudos”

En cambio, no incursionó tanto en la ópera de Wagner. “Siempre he dicho que mi Wagner se reducía a unos pocos papeles. Me han pedido muchas veces que cante Wotan, pero siempre me he negado. Es un personaje que no siento. Así como Hans Sachs me parece un personaje fantástico, y también Amfortas, que creo que es muy humano, a Wotan no lo comprendo del todo, y cuando no entiendo un papel prefiero dejarlo”.

Premios varios y su concierto en el Colón

José van Dam recibió todo tipo de distinciones a lo largo de su carrera. Foto: EFE/J.L.Pino

También desde joven Van Dam acumuló múltiples distinciones: en 1974, recibió el título de «Kammersänger» en Berlín, un honor que a menudo se otorga a artistas con una trayectoria más avanzada. A los 40 años, obtuvo la Medalla de Oro de la Prensa Belga (1976), el Gran Premio de la Academia Francesa del Disco (1979) y el Orfeo de Oro de la Academia Lírica Francesa (1980). Y en 1998 fue nombrado Barón del Bélgica por el rey Alberto II.

En setiembre del 2001, el Teatro Colón tuvo el privilegio de recibir a Van Dam. A esa altura su carrera iba declinando -estaba cerca del retiro-, pero aún así fue un auténtico lujo y van Dam, acompañado por el director suizo Michel Tabachnik, ofreció una selección de su repertorio, principalmente con obras de Mozart, Verdi y Gounod, y luego se entregó a un público agradecido con varios bises.

El maestro de música no fue su única intervención en el cine. También se lo recuerda por la gran versión fílmica de Don Giovanni, que dirigió Joseph Losey, que está considerada una joya de la música ya que reunió a superestrellas de la lírica de su tiempo como Kiri Te Kanawa, Ruggero Raimondi y Teresa Barganza, y donde van Dam compuso a Leporello.

El maestro… era pura música al servicio de la belleza con su refinada ambientación y el cuidado de los personajes

Una escena de

Como sintetizó uno de los críticos de la película, “esencialmente Gérard Corbiau plantea su filme como un campo de confrontación de dos formas contrapuestas de asumir el arte: por una parte, aquella encarnada por el profesor Dallayrac y finalmente transmitida a sus discípulos Sophie y Jean. El arte como una vocación de vida, exigente en extremo, como un trabajo que requiere no sólo esfuerzo y disciplina, sino algo más difícil: una particular forma de objetividad en la entrega a la materia que supone la abdicación del ego y la superación de sentimientos y anhelos humanos y naturales. Esta concepción se tiñe de rasgos ascéticos, de renunciamiento, que de algún modo la aproximan a la vivencia religiosa”.

Allí Dalleyrac, el personaje de Van Dam, era despedido con la música de Schubert -y luego Mahler- y aquellos versos:

«¡Oh, arte benévolo, en cuántas horas sombrías, cuando me atenaza el círculo feroz de la vida, has inflamado mi corazón con un cálido amor, me has conducido hacia un mundo mejor!».

Y acaso también ahora José van Dam merezca una despedida similar, con la música que tanto amaba y las aguas cristalinas de un lago.

Redacción

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