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Fobias: convivir con lo que no se elige

Oriana va de camino a la universidad, como todas las mañanas. Mientras espera el cambio del semáforo, ve una inmensa plaza llena de árboles y flores. En el centro, observa niños fascinados con los juegos, personas charlando, tomando mates y gente haciendo actividad física. Es una escena digna de una película. Sin embargo, su cuerpo no reacciona frente a lo que ve siguiendo el guion esperado.

Eugenia Porto, licenciada en Psicología, explica que “se puede definir una fobia como un miedo intenso, un miedo irracional que genera conductas evitativas en la persona”. Algunos de los síntomas más comunes son miedo extremo, ansiedad, palpitaciones, temblores y, en ocasiones, parálisis corporal. Esto ocurre porque la persona siente una amenaza tan fuerte que activa un estado de alerta permanente.

A Oriana le tiembla el cuerpo, le transpiran las manos y se le corta la respiración. El motivo: las palomas de la plaza. Cada vez que ve una, el miedo la paraliza por completo, impidiéndole continuar su rutina con normalidad. Algo tan simple como ir a la universidad deja de serlo, al punto de preferir realizar un trayecto más largo con tal de evitar la experiencia paralizante.

“¿Cómo le vas a tener miedo a eso?”. El simple hecho de hacer esa pregunta, explica Génesis Espinosa, también psicóloga, “contribuye a que la persona lo oculte, le dé vergüenza y prolongue los síntomas”. Para muchos, las fobias son simples exageraciones, pero para quienes las padecen, son un miedo real que se instala en el cuerpo y en la mente, limitando su estilo de vida.

Pandemia, hiperconectividad y tratamiento

Porto destaca que “la pandemia generó a nivel mundial un índice de prevalencia de trastornos psicológicos mucho más grande que en otros momentos”. El confinamiento afectó la salud mental de la población y, en muchos casos, exacerbó los síntomas de las fobias o dio paso al surgimiento de nuevas.

Los miedos se adaptan a cada época y reflejan los cambios culturales y tecnológicos de la sociedad. Desde las más conocidas, como la claustrofobia, la fobia a las arañas o a las alturas, hasta las más recientes, como la tecnofobia (miedo a la tecnología) y la nomofobia (temor a no tener el celular), los temores están estrechamente ligados a sus contextos.

En Argentina, las especialistas coinciden en que las fobias más consultadas en los últimos años están relacionadas a la ansiedad social, los espacios cerrados y, en los más jóvenes, con el uso excesivo de dispositivos tecnológicos y la exposición en redes.

Belén siente terror ante la idea de perder su celular, quedarse sin conexión o sin batería. Luego de varios episodios de ansiedad provocados por ese temor extremo, decidió recurrir a terapia. En estos casos, indicó Espinosa, “la terapia que se recomienda es la de exposición progresiva al objeto temido, con respiración diafragmática para tolerar esa exposición”.

Según datos de la Facultad de Psicología de la UBA, un 28,2% de la población argentina recibe tratamiento psicológico y más de la mitad de quienes no lo hacen creen que lo necesitan. Los especialistas consultados coinciden en que es primordial acudir a un profesional, ya que superar una fobia de manera aislada es muy difícil. Si bien nada garantiza que el temor no vuelva, la terapia proporciona herramientas para enfrentarlo y controlarlo.

Miedos y realidad

El miedo cumple una función adaptativa, nos alerta ante el peligro, hace que el cuerpo se active y que el cerebro libere sustancias que aceleran el corazón y preparan al organismo para reaccionar. “El problema aparece cuando el cerebro interpreta como amenaza algo que en realidad no lo es, y reacciona como si estuviera frente a un riesgo extremo”, describió Porto.

Las causas pueden estar relacionadas con experiencias tempranas en la infancia, ya sea por vivencias personales o por aprendizaje vicario, es decir, al observar o escuchar a alguien reaccionar con miedo ante un objeto o una situación. “Siempre va a tener un factor fundamental: la predisposición”, explicó Porto. “Hay personas –agregó– más propensas que otras a desarrollar fobias, y eso depende de cómo el cuerpo y la mente procesan las experiencias en la niñez”.

Aunque muchas veces las fobias se minimizan o se esconden por vergüenza, hablar de ellas es un paso clave para desarmar el estigma. Reconocerlas no es una muestra de debilidad, sino el primer paso para hacerles frente. En una sociedad que vive acelerada y ansiosa, entender lo que da miedo puede ser una forma de sanar.

Texto: Fabiola Zárate

Esta nota fue escrita en el marco del Taller de Gráfica VI de la Licenciatura en Comunicación Social de la UnLaM.

Redacción

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