Sáb, 28 febrero, 2026
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Mundos íntimos. Parece impenetrable, hostil. Pero el día que conocí el monte santiagueño sentí una revelación: desborda vida.

Estamos de regreso de la ciudad de Monte Quemado, a más de 350 km de la capital de Santiago del Estero. Voy cómodamente sentada en el asiento trasero de una combi bastante moderna. Mientras mis colegas del Poder Judicial conversan entre sí, yo saco mi Kindle, leo, me sumerjo. Observo en silencio el paisaje. Siempre había soñado conocer el interior de Santiago.

En el camino, alguien propone que pasemos por Sacha Manta, el almacén que vende los mejores salames del lugar. Ninguno se niega. Nos dirigimos hacia el sitio. Está cerrado, pero insistimos un rato hasta que nos abre la puerta una señora, y luego su marido. ¿De dónde vienen?, pregunta. Somos gitanos, dice Federico. Nos reímos. Nos dijeron que vende los mejores salames, agrego. Queremos probarlos. Están en el lugar indicado replica el hombre, y comienza a colocar sobre la tabla de madera una tiras de diferentes tamaños. Yo me siento atraída por las hormas gigantes de quesos de diferentes colores. Quiero lo que sea de cabra, le digo. Le preparo. Es una costumbre que tengo, a cada lugar que voy pregunto qué productos de cabra tienen, y me los llevo.

Ya en ruta, mientras leo, contemplo. A la vera del camino aparecen todavía el monte, y por momentos una casita cerca de la otra. Leo los carteles de cada paraje Campo Gallo, Tintina, Huachana, y armo en mi cabeza el mapa para el cual trabajo, la Justicia de Paz. Logro reconocer nombres de pueblos, e inmediatamente recuerdo caras, casos para los cuales alguna vez tuve que intervenir. El caso del señor C. Ingresa a la oficina, se sienta al frente mío. Tiene una gorra un poco transpirada, una camisa a cuadritos verdes y azules, un par de dientes menos, y un temblor en una de sus manos.

-¿De dónde es usted?

– Nací en Amamá, doctora. Trabajaba en la ciudad para una fábrica de ladrillos, pero ya no tengo fuerza.

Tierra adentro. Arriba (der.), el padre de Gabriela Álvarez, ingeniero zootecnista que trabajaba con cabras en Santiago, junto a su asistente Alicio.

Amamá, subraya mi mente.

-Señor C. usted ha sido denunciado por su mujer.

Le explico la denuncia. Le pregunto si la entiende. Me dice que sí.

-Yo cumplo con la medida judicial doctora, me fui de la casa que teníamos con mi mujer y he vuelto a Amamá, me voy a quedar ahí nomá’.

Amamá, una palabra que mi boca nunca había pronunciado se queda grabada con dulzura y para sorpresa de la débil memoria con la que nací. Ahora tengo suerte de leer el cartel de Amamá que se extiende sobre la ruta. Observo el estilo santiagueño, las casas grises con patios de tierra que alguien barre casi todos los días. ¿Barren la tierra?, me preguntó una vez una amiga de La Plata que estaba de visita. Sí. Se barren las hojas que caen de los árboles, las palitos con espinas que tiran las catas cuando arman sus nidos, o los nidos incluso que a veces caen por el viento. Queda la tierra lisa, pareja, limpia, lista para regarse. Se adorna el patio con macetas bajo los grandes algarrobos, los dioses de la sombra. Se cuida los alrededores del hogar de cualquier insecto, y de las víboras. Se despeja y se construye un posible sitio para almorzar, o para los mates, para cocinar y conversar. Un perro abandona sus ganas de correr, y persigue a unas gallinas con lentitud. Parecen contentas. Los chanchos hociquean en la banquina. Esos son peligrosos, señala el chofer, se te largan de repente.

Un pavo real en la casa del monte santiagueño de la familia de Gabriela Álvarez.

¿Los sueños se heredan, los sueños se aprenden, se replican, o se abandonan? Quizás, hasta se olvidan. En palabras de l escritor Canal Feijóo: en materia espiritual todo viene de alguna parte; viene por lo menos, del corazón humano que es muy antiguo y está lleno siempre de recuerdos e inercias.

Cuando era niña, Papá se iba muy temprano y regresaba cerca del atardecer. Volvía con sus borceguíes llenos de barro, una mezcla de tierra y estiércol de cabra. El olor de su ropa ya era común para nosotros, ese que hoy por hoy nos inunda apenas ingresamos a un corral. Porque hay cosas que son irreemplazables, como las personas, los aromas, los sabores, una voz, los silencios, o una buena conversación. Yo esperaba a ver si él traía la cena a la que estaba acostumbrada: una cabeza de cabrito que mamá comenzaba a hervir, por lo menos más de dos horas. Me gustaba el ritual en la cocina. Servir la cabeza en una tabla, y mi padre con habilidad paciente comenzaba a diseccionar: las partes que sí, de las partes que no. Veía los huesos de la mandíbula, los dientecitos, la lengua, los ojos que comenzaban a separar partes blancas de filamentos oscuros. Y el premio de la ceremonia: los sesos con pan y sal.

Se me vienen las voces de mis amigas que me reprochaban estar loca por saborear esas cosas. Pero nunca las probaron, no han tenido un padre que les traiga una cabeza de cabrito a la mesa. El mío es Ingeniero Zootecnista. Desde que recuerdo, trabajó en el campo asistiendo a pequeños productores de cabra. Mi infancia es experimentar de cerca su sensibilidad, cuando viajábamos al campo, cuando conversaba con los productores campesinos, las reuniones bajo la sombra de un árbol, las exposiciones de animales, el folklore que rodeaba los encuentros, largos tablones de madera, con vasos, comida, y sillas dispuestas en un galpón lleno de alfalfa.

Mi padre nos solía cargar a mamá, a mí y a mis hermanos en el Renault 12 azul, para llevarnos hacia Manogasta, precisamente a Upianita, las tierras familiares en las que no había otra cosa más que recuerdos y monte. Y en cada viaje, y como en un sueño, él proyectaba una casa.

La imagen es similar a la del comienzo. Yo en el asiento trasero, mi padre hablando y narrando un pasado familiar al que creo no haberle prestado atención a esa edad. El extravío de mi mente que contaba árboles desde la ventanilla. Me gustaban las historias que parecían raras y reales. La mujer de blanco que se aparecía en la curva de los quebrachos, la de San Martín y su ejército, la del algarrobo dónde alguna vez descansó el General. Hoy por hoy, por el Camino Real, todavía vive el algarrobo seco. Cada vez que paso por ahí, hay que esquivar eso que resplandece como el lomo de un gato grisáceo que se estira de la tierra hacia el cielo.

Cuando un familiar parte, junto a las tristezas llegan algunas posibilidades. La pérdida de la abuela paterna y con ella la casa que papá había soñado. Se levantó desde su primer ladrillo, rodeada absolutamente por el monte que heredamos. Mamá cuenta, que cuando nació mi hermano menor, a sus 43 años, lo cargaba de bebé en su sillita trasera y hacían más de 25 kms. para ver el avance de la obra. Para aquella época, no había caminos de asfalto. El chico quedaba gateando y masticando tierra, mientras mamá conversaba con los albañiles.

A simple vista, el monte es algo impenetrable, e incluso hostil, más los días de verano por el calor. Visto desde el camino parece desértico por las sequías. Pero el día que lo conocí, sentí una revelación.

La casa estaba aún construyéndose. Mi padre me llama. Me orienta hacia una picada, aquel sendero en la espesura del monte que había hecho Monito, un lugareño experimentado. Porque una picada no sé hace así nomás, se construye sobre pasos ya dados por seres vivos que transitan dejando huellitas, respetando los árboles, cuidando que no sea invasivo para el paisaje, ni más ni menos, algo como quien dice en el campo: justito.

Al iniciar, sentí que cruzábamos un portal, esa masa densa de vegetación, que para mi sorpresa era demasiado alta y abundante. Podríamos habernos perdido un tiempo largo experimentando la vitalidad de un Aleph, el centro de la gravedad. Una atmósfera climática única. Cada vez que ingreso, según las estaciones, aprendo otra forma de nombrar lo que observo: los ancoches, el huiñaj, el chañar, la guasuncha, las liebres tornasoladas en el atardecer, los ututus que pasan a tanta velocidad como quemándose las patas, el tan preciado quebracho y algarrobo, los mistoles y los sombraiˋ toro, los nidos de ampalaguas, las reinas de la tierra. Y cuando entramos al jumial, esa intemperie de tierra blanca, nos perdemos entre las cactáceas que se esparcen sobre los pies como víboras: la ulua, el chaguar, los quishcaloro, la ullvincha, el ukle y una infinita diversidad que modifica sus colores según sus flores.

Alicio trabaja en la casa del campo. Vive desde que nació aquí cerca, en Campo Nuevo. Llega cada día en bicicleta. Cuando me despierto, lo veo en el galpón del fondo. Muele el maíz que al caer suena como una llovizna débil. Papá le pregunta cómo empezó el año. A lo que él contesta, con miedo no sé qué. Porque voy al monte y los perros huyen, pero no ladran ni nada. Él cree que hay un puma que se está comiendo a las cabrillitas que faltan. Yo, mientras me cebo unos mates, recuerdo que hace mucho que no llueve tanto como este verano. Algo atípico. O algo cíclico, agrega papá. Las tormentas eléctricas, la rama corpulenta y pesada que se cayó y quedó en el medio del patio, los cabritos que no vuelven. Los senderos que abrimos mientras caminamos en busca de algún rastro de sus huesos que no aparecen. Papá me comenta que Alicio se perdió el otro día en el monte. El día estaba nublado y gris, no se podía ver en dónde estaba el sol. Él cuenta que se puso de cuclillas sin llorar, porque dice que la desesperación no sirve. Se detuvo un rato. Giró en círculos observando una vez más, árbol por árbol, trataba de encontrar esa pequeña marca que él mismo había dejado como una guía, un sello del machete en color rojizo, porque el árbol por dentro va rojizo, y por fuera ya es madera vieja, dice.

El sol ha salido después de muchos días de agua, el aire está denso, y la humedad es un melcoche en la piel. Los pavos reales pasean en fila india por el patio, mientras el caballo y la yegua pastan en un movimiento simbiótico.

Hacia la hora del almuerzo, nos sentamos en familia alrededor de un tablón viejo. Servimos la carne, las verduras, el vino, la soda y sin alzar los ojos del suelo Alicio dice: nos unamos, ¿que no? A lo que todos en un movimiento rápido imitamos moviendo nuestros vasos hacia el centro. Brindo por sus palabras, por resumir mi deseo, mientras veo en el horizonte cómo se levanta la tierra donde nada se queda así de quieto como dicen.

Gabriela Álvarez

Gabriela Álvarez es poeta, abogada y editora. Se recibió en la Universidad Nacional de La Plata. Publicó sus poemarios “Migraciones”, “La Mujer Suelta”, obra que resultó ganadora del Concurso de Poesía Clementina Rosa Quenel, y “Poemas a Lucía”, entre otros. Ama la naturaleza y el arte. Participa en Festivales del NOA donde comparte con sus amigos poetas y editores. Trabaja en el Poder Judicial de su provincia como Inspectora y Coordinadora de la Justicia de Paz. Agradece los aprendizajes y recorridos por los centros rurales. Edita en Piedra Madre. Nació y vive en Santiago del Estero. Instagram: @__gabriell.a

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