Luciano Matías Pelle (1)
Ineludible resultado de las políticas de desindustrialización encabezadas por el gobierno nacional, hace unos días, entre tantos otros cierres y quiebras, se dio a conocer el cese de la actividad de la planta de Fate en San Fernando. El cimbronazo que implicó la pérdida de casi mil puestos de trabajo ha reavivado el debate sobre la importancia de, al menos, intentar sostener lo que aún queda del aparato industrial argentino. Vale la pena señalar que el sector fabril nacional, incluso luego de los procesos de desindustrialización de 1976-83, 1989-01, 2015-19 y el actual, todavía conserva un papel importante en la economía.
En su génesis, la industria, motor histórico del progreso, comenzó a ser impulsada en el país, de modo incipiente, a partir de los años treinta del siglo pasado. En aquel entonces, este flamante proceso de Industrialización por Sustitución de Importaciones (ISI) fue la salida que se encontró ante la parálisis del comercio internacional y la imposibilidad de continuar con el modelo agroexportador. Más tarde, desde mediados de los 40, no sólo no se retomó al modelo anterior, sino que se profundizó la industrialización, especialmente en lo relacionado a la industria “liviana” (alimentos, electrodomésticos, textiles, entre otros), con el apoyo e impulso decidido del Estado. Luego, cuando la escasez de divisas recrudeció y la necesidad de incorporar más tecnología para avanzar con la ISI se volvió una realidad, se reperfiló la estrategia manufacturera hacia la industria “pesada” (petroquímica, automóviles, metalmecánica, etc.) de la mano del capital internacional.
Este proyecto de la ISI, acabado con el golpe de 1976, si bien no logró ubicar a la Argentina como una potencia industrial, sin dudas, logró resultados para nada desdeñables. Mucho se ha hecho, ahora bien, por desestimar los avances de este “antinatural” proceso de industrialización y por buscar que el país retome el sendero hacia su falso destino inexorable: ser el granero del mundo. En orden de revalorizar el suficientemente castigado sector industrial argentino, veamos algunos de los resultados exitosos del proceso de diversificación productiva nacional.
En primer lugar, vale la pena remarcar que, entre 1964 y 1974, es decir, en la fase más avanzada de la ISI, la tasa de crecimiento promedio de la Argentina giró en torno al 5% (Rapoport, 2007). Este logro cobra especial relevancia mirando el panorama de estancamiento actual: desde 2011, el PBI per cápita de nuestro país se mantiene prácticamente estancado. Por otro lado, es importante decir que, junto con Brasil y México, Argentina logró consolidarse como una de las economías con mayor desarrollo industrial de la región durante la ISI. Este fenómeno, tuvo efectos transformadores en la economía y en la estructura social. La consolidación de una vigorosa clase media; la disminución del desempleo y la pobreza a mínimos históricos (ver Cuadro 1); la incorporación de mano de obra calificada en la producción o la mejora de los niveles de productividad generales de la economía son algunos de los logros de este modelo.

Los procesos de desindustrialización recurrentes, en cambio, naturalmente han tenido los efectos contrarios a los de la diversificación productiva. Entre ellos, podemos nombrar al incremento de la dependencia de insumos extranjeros; la profundización de la escasez crónica de divisas; el deterioro del nivel y la calidad del empleo; el afinamiento de los estratos medios y la consolidación de una desigualdad creciente. En suma, las condiciones de vida del conjunto de la población empeoran.
La dictadura militar de 1976-83, a partir de la desregulación financiera y la liberalización comercial, fue la que dio los pasos más contundentes hacia desindustrialización y reprimarización de la economía luego de la ISI. La profundización del modelo rentístico-financiero, sin embargo, se da durante el auge de la globalización en la década del noventa. Con la Convertibilidad (1991-2002), a raíz de la implementación de las “recomendaciones” del Consenso de Washington, la Argentina reorientó su política económica hacia la especialización en “sectores competitivos” y sufrió un fuerte deterioro del apartado industrial que, claro, tuvo fuertes repercusiones sobre el nivel de empleo (ver Cuadro 2). El mercado de trabajo, en su conjunto, se vio transformado, también, a partir los cambios en los procesos productivos y en la legislación laboral. Como resultado de la flexibilización de las condiciones de trabajo, la tercerización y subcontratación fueron las herramientas que se utilizaron para externalizar actividades que antes eran parte del proceso productivo, como los servicios de limpieza y seguridad, dando lugar, así, a un crecimiento del sector servicios.

Luego de la implosión de la Convertibilidad, en un contexto de auge del precio de los commodities, hubo decididos intentos por parte del Estado para recuperar el crecimiento, el empleo y la producción. Estos objetivos, en buena medida, fueron alcanzados: la tasa de desempleo se redujo fuertemente (ver Gráfico 1), se revitalizó el consumo con la mejora en las remuneraciones y aumentó producción industrial. Sin embargo, a pesar de estos avances, la cuenta pendiente siguió siendo la misma de siempre: alcanzar cambios estructurales en la matriz productiva y en la estructura económica. Como consecuencia, la escasez de divisas, síntoma de la insuficiente diversificación productiva y, para entonces, un alto grado de extranjerización del aparato industrial, no tardó en aparecer: la imposibilidad de mantener un sendero de crecimiento sostenido se volvió evidente durante el último gobierno del kirchnerismo. Con una economía en desaceleración e inmersa en una aceleración inflacionaria producto de las devaluaciones cambiarias, las limitaciones para generar empleo de calidad y la puja distributiva se intensificaron. Estas, entre otras razones, dieron lugar a la asunción del gobierno de Cambiemos (2015-19) que volvió a iniciar un nuevo ciclo de desindustrialización, aumento del desempleo y de endeudamiento externo.

Acercándonos al presente, luego de la reactivación económica post-pandemia, el especialmente intenso proceso de desindustrialización actual presenta algunas aristas nuevas a considerar. Uno de las más llamativas tiene que ver con las modificaciones de la estructura del mercado de trabajo. Históricamente, un severo deterioro del aparato industrial como el de hoy tenía un fuerte correlato en la tasa de desempleo. Sin embargo, este fenómeno, en la actualidad, no parece estar tan claro: la tasa de desocupación no alcanza a perforar el 8%, como se puede ver en el Gráfico 1.
Esta cuestión no se explica si no es en relación al auge del muy heterogéneo sector servicios. El hecho es que muchos trabajadores que se quedan sin empleo, como los fabriles, se están incorporando al tercer sector, si es que no se habían incorporado antes para tener un complemento de ingresos. Esta área de la economía incluye actividades que van desde la venta en el transporte público como actividad de subsistencia; pasando por los servicios de reparto o traslado (Rappi, Uber), en fuerte expansión dentro del cuentapropismo; hasta de los alta complejidad y cualificación, como los informáticos o financieros. Los desempleados se trasladan, en su inmensa mayoría, a los dos primeros segmentos, que son los de condiciones más precarias. Sin dudas, detrás de la apología del emprededurismo, muchas veces, se buscan ocultar estas realidades. En esta línea, un empleado de Fate declaró el día del cierre para el diario La Nación: “Tengo dos hijos. Hay que salir a buscar laburo de vuelta. No hay laburo en ningún lado, todas las fábricas están igual. Hay que salir a hacer Uber [como conductores de aplicación], como otros compañeros, no queda otra”1.
En suma, si bien el nivel de empleo no ha variado significativamente en el último tiempo, lo que sí está claro es que el deterioro del sector industrial ha llevado a una pérdida en los puestos de trabajo de calidad de la economía. La descomposición del aparato fabril, indudablemente, repercute fuertemente en vastos sectores de la economía. Muchos servicios, y en especial los de alta calificación, están íntimamente relacionados con el desarrollo del sector manufacturero. De manera indirecta, los nexos virtuosos que genera la diversificación productiva son una fuente muy importante de generación de servicios de alta calidad, como lo de la investigación y el desarrollo (I+D) o logística.
A fin de cuentas, es imposible pensar a la generación de puestos de trabajo de calidad si no es con una estrecha vinculación con el desarrollo del sector manufacturero. Los encadenamientos que se forman a partir de la diversificación productiva dan lugar a no sólo el aumento del empleo formal, ya sea industrial o de servicios, sino también al desarrollo de las capacidades productivas del país. De esta conclusión, se desprende que es necesario recuperar la política industrial para poder alcanzar una Argentina próspera y con empleo de calidad. Para ello, se vuelve menester que exista una mayor integración de las políticas públicas y el establecimiento de un conceso acerca de cuál es la estrategia de desarrollo. Sin dudas, un país con casi cincuenta millones de habitantes no puede prescindir de una estructura productiva diversificada, siempre y cuando, claro, lo que se busque sea un país para los cincuenta millones de habitantes, y no sólo para una porción minoritaria.
1 La Nación – “Los testimonios de los trabajadores de Fate tras el anuncio de cierre y el cartel que pusieron en la puerta” https://www.lanacion.com.ar/sociedad/los-testimonios-de-los-trabajadores-de-fate-tras-el-anuncio-de-cierre-y-el-cartel-que-pusieron-en-la-nid18022026/
Referencias
Neffa, J. C., & Battistuzzi, A. (2008). Desempleo, pobreza y políticas sociales. Fortalezas y debilidades del Plan Jefas y Jefes de Hogar Desocupados. Buenos Aires: Miño y Dávila-CEIL-PIETTE-Trabajo y Sociedad.
Rapoport, M. (2007). Mitos, etapas y crisis en la economía argentina. Nación-Región-Provincia en Argentina, Pensamiento político, económico y social, 1, 9-28.
1 – Personal de Apoyo del Programa de Estudios Fiscales (UNM) y Auxiliar Estudiante participante del Proyecto de Investigación: “Evolución reciente del mercado de trabajo argentino: un estudio desde la perspectiva de la calidad del empleo», dirigido por el Dr. Julio C. Neffa.



