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Bernardo Grinspun: el ministro de Economía que no tenía idea de economía

Todo el mundo lo recuerda como un gran hombre, sin solemnidad y bien de barrio; militante radical como los de antes y ajeno a toda pompa. Bernardo Grinspun fue todo eso y también fue el primer ministro de economía de la democracia: olvidable ministro.

Nadie jamás puso en dudas sus principios y convicciones. Su bajada de pantalones, real y efectiva, frente a los funcionarios del FMI, lo inmortalizó como un patriota. Pero Bernardo tenía un problema: era una gran persona, honesto y solidario, amante de la Argentina y de la democracia, pero no tenía idea de economía. Y fue ministro de Economía.

Todo lo bueno ya ha sido dicho. Falta la otra parte de Bernardo: improvisado, desprolijo, algo irresponsable, desbocado, impulsivo y pasional como hincha en un lugar, la economía, donde se precisa la cabeza fría como director técnico.

Bernardo Grinspun: el ministro de Economía que no tenía idea de economía

*

Lo primero que tuvo que determinar el ministro a poco de asumir fue el presupuesto para 1984. Pero se topó con un inconveniente: había echado a todos los técnicos que manejaban esas cuentas (técnicos que habían trabajado con la dictadura) y los recién llegados estaban aprendiendo. Rodolfo Rabanal, funcionario y amigo de Alfonsin, lo llamó para preguntarle cuándo estaría el presupuesto, la hoja de ruta para 1984. La respuesta del ministro fue clara:

_ ¿Y por qué me preguntas, pelotudo, cuándo va a estar listo el presupuesto? No sé cuándo va a estar listo. Cuando lo sepa yo te lo voy a decir.

De inmediato Grinspun cortó el teléfono y llamó a la gente de gente de Hacienda:

_ ¿Y el presupuesto?

_ Ya está listo Bernardo.

_ ¿Y de cuánto es el déficit?

_ Alrededor del 9% y pico.

_ Bueno, listo, está bien, está terminado.

*

Alfonsín iba sabiendo cada paso de su ministro amigo. Y los desaciertos de Grinspun lo afectaban política y anímicamente. En una reunión en Olivos con el equipo económico, el presidente llegó a decir, en abril del ‘84, a tan solo cinco meses de asumir:

_ Díganme algo que me levante el ánimo, estoy caído, estoy deprimido, ¿para qué estamos trabajando? Esto no va más, la política antiinflacionaria del gobierno ha fracasado, hay que hacer algo. Confieso que no sé.

Lo peor era que Grinspun, su ministro, tampoco sabía. Los viajes a Washington eran permanentes; había que negociar con el Fondo. Y a Grinspun esa parte mucho no le gustaba. En las reuniones se levantaba y se iba, hacía llamados telefónicos, se cansaba. Un día le puso punto final a un cónclave a las 2 de la tarde:

_ Acabemos con esto, invito a todos a almorzar.

Después del almuerzo en un restaurant de Estados Unidos, le dijo al equipo:

_ Bueno muchachos, suerte, yo me vuelvo.

Y se volvió a Argentina. El equipo de Economía se quedó en EE.UU. a continuar con las negociaciones. Pero el responsable del FMI para el Hemisferio Occidental estaba de vacaciones, el segundo encargado de la relación con Argentina estaba de viaje y el tercero, de apellido Aguirre, estaba internado en un hospital. Grinspun no había ni preguntado al FMI si alguien los recibiría.

*

En otro de los viajes y en pleno encuentro con Michel Camdesus, el N°1 del Fondo, de la nada Grinspun les dijo a los jerarcas del organismo:

_ Ahora Machinea va a explicar el programa económico argentino. Yo tengo otro compromiso, me tengo que ir.

No sólo se fue en plena reunión, sino que Machinea no sabía que tenía que hablar y mucho menos cuál era el programa argentino: simplemente porque no había tal programa económico. El futuro ministro de la Alianza improvisó durante unos 20 minutos sobre la deuda externa y sobre el supuesto programa.

*

Alfonsín estaba al tanto de todo, pero le costaba ponerle fin al trabajo de su amigo. Lo que sí hacía era ponerle límites. Un día en que Grinspun debía dar un discurso, el presidente leyó previamente el texto, pidió suspender todo y exigió que el ministro pasara parte de enfermo:

_ El discurso es imposible, largo, inconexo y no tiene ideas valiosas. Es un verdadero disparate.

Todo el mundo sabía que Bernardo debía irse cuanto antes: poco serio y fantasioso, ambiguo y confuso. Lo único que lo salvaba eran sus cualidades morales. Que se pusieron en dudas cuando se agarró a las trompadas en la calle con su correligionario Juan Manuel Casella, futuro candidato a gobernador de Buenos Aires (y a vice de Angeloz).

Acto seguido, el domingo 26 de agosto de 1984, Alfonsín convocó una reunión en Olivos a todo el gabinete económico. No anduvo con vueltas:

_ Así como vamos nos estamos yendo a la mierda. Estoy desconcertado. Me miro el espejo y veo el rostro del doctor Illía. Somos un gobierno paralizado.

Fuera de la reunión, en la intimidad, Alfonsín llegó a decir de su amigo de toda la vida:

_ Me gustaría retorcerle el pescuezo a Bernardo.

Unos meses después, en febrero del ‘85, Grinspun iba a ser reemplazado por Juan Vital Sourrouille. Pero a los amigos no se los deja en la calle, así que en 1987 Alfonsín lo nombró Secretario de Planificación de la Nación Argentina. Planificación argentina: un oxímoron, un lugar ideal para Bernardo Grinspun.

Redacción

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