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La Orquesta Filarmónica de Buenos Aires celebró sus 80 años, con un concierto que hizo pensar sobre el totalitarismo

La Orquesta Filarmónica de Buenos Aires tuvo un inicio de temporada brillante en el Teatro Colón, acorde con la celebración de su 80° aniversario: la imponente Sinfonía N.º 7 Leningrado de Dmitri Shostakovich, dirigida por James Conlon.

Antes de alzar la batuta, Conlon dirigió unas palabras al público para subrayar el doble acontecimiento: el 80° aniversario de la orquesta y la magnitud excepcional de la sinfonía que se escucharía -sin intervalos- en una sola y exigente travesía.

Hacía tres décadas que la Sinfonía no se interpretaba en esta sala; una obra estrenada en 1942, en plena Segunda Guerra Mundial, cuyo peso histórico y simbólico volvió a resonar con fuerza renovada. La sinfonía quedó asociada al asedio de la ciudad soviética y a la narrativa de la resistencia. Pero su potencia no se agota en la circunstancia histórica: Shostakovich escribió una partitura capaz de sostener lecturas opuestas, de funcionar como afirmación pública y como reflexión privada.

Una interpretación entiende la sinfonía como el retrato de la irrupción de la violencia y la resistencia ante el invasor nazi. Del avance maquinal del primer movimiento al duelo del Adagio, la obra traza un arco de devastación y memoria, para desembocar en un final que afirma una victoria ardua.

Otra lectura, en cambio, sugiere que la música no apunta sólo al enemigo externo, sino también a la maquinaria opresiva del propio sistema soviético. La célebre marcha inicial no sería únicamente la imagen del ejército avanzando, sino la representación sonora de cualquier forma de totalitarismo: repetitiva, vacía, mecánica. En esa ambigüedad -entre epopeya oficial y crítica cifrada- reside su inquietud perdurable.

Bajo la batuta de Conlon, la obra encontró desde el inicio un pulso firme y concentrado. Las cuerdas vibraron con tensión controlada y las transiciones fueron administradas con inteligencia estructural. El primer movimiento, con su famoso “tema de la invasión”, se desplegó como una construcción de acumulación progresiva -a menudo comparada con el Bolero de Maurice Ravel-, pero aquí despojada de toda seducción tímbrica.

Conlon evitó el efectismo: el redoblante avanzó con regularidad casi impasible y la densificación orquestal convirtió una melodía banal en una maquinaria opresiva. Los unísonos, lanzados con gesto áspero, sonaron como consignas repetidas sin reflexión. La tensión creció sin caer en caricatura, hasta un clímax de intensidad asfixiante.

Imponente. La Orquesta Filarmónica de Buenos Aires y un concierto a la altura de la celebración de sus 80 años. Foto: Juanjo Bruzza

El segundo movimiento

El segundo movimiento, scherzo de ironía agria y lirismo distorsionado, confirmó esa lectura inquietante. La danza dejó de ser celebración para volverse gesto precario. Cada intento de canto fue interrumpido por acentos desplazados y giros armónicos inesperados: una subjetividad constantemente amenazada. Las maderas aportaron un tono íntimo y vulnerable, subrayando esa fragilidad.

El Adagio, núcleo emocional de la sinfonía, desplegó una atmósfera grave y meditativa. La cuerda ofreció una expresividad contenida, mientras los metales corales aportaron solemnidad sin estridencia. Conlon sostuvo el arco con amplitud y sin sentimentalismo, entendiendo que la profundidad lírica de esta música exige contención antes que retórica.

El final, quizá el punto más polémico de la obra, avanzó como proceso más que como estallido. La grandiosidad del cierre no sonó como victoria jubilosa, sino como proclamación insistente, casi implacable.

Así entendida, la “Leningrado” no obliga a elegir entre propaganda y resistencia: propone habitar esa tensión. Y en esa coexistencia incómoda, poderosa e históricamente cargada, la Filarmónica ofreció una versión sólida y reflexiva, capaz de devolverle a esta obra su complejidad moral.

James Conlon. Antes de comenzar el concierto, el director explicó el doble acontecimiento: los 80 años de la Orquesta Filarmónica de Buenos Aires y la escucha, sin intervalos, de la obra de Shostakovich. Foto: Juanjo Bruzza

En este comienzo auspicioso cabe destacar el desempeño de todos los solistas y de Tatiana Glava como concertino.

Nuevos programas

La celebración del 80° aniversario marcó también el lanzamiento de una nueva identidad visual para la orquesta, creada por el talentoso diseñador Alejandro Ros. Con una estética pop y espíritu festivo, la propuesta se despliega en el programa de mano y en una serie de tarjetas coleccionables -una por cada título de la temporada- concebidas como piezas artísticas únicas.

En sintonía con la política de sustentabilidad “Colón Verde”, los contenidos estarán disponibles en formato digital mediante un código QR impreso en esas tarjetas, que se entregarán gratuitamente al público. Quienes prefieran la versión impresa podrán adquirirla por compra anticipada en la web o antes de cada función en distintos puntos del teatro y en su tienda, a un valor de 15 mil pesos.

El final. James Conlon y la Orquesta Filarmónica de Buenos Aires, en una noche memorable. Foto: Juanjo Bruzza

Así, el Teatro Colón se suma a otras grandes salas del mundo en la regulación responsable del uso de papel, promoviendo prácticas más sustentables y una relación consciente con el patrimonio y el futuro.

Ficha

Filarmónica de Buenos Aires, 80 años

Calificación: Muy bueno

Director: James Conlon Programa: Sinfonía n.°7, “Leningrado”, de Dmitri Shostakovich Función: Sábado 28 febrero, hoy 1 de marzo repite concierto a las 17 Sala: Teatro Colón.

Redacción

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