Sánchez juega fuerte. Lo hace casi siempre y es difícil evaluar las consecuencias de manera inmediata. En todo caso, esta vez el presidente del Gobierno español ha apostado de forma arriesgada en un tema especialmente sensible y frente a un personaje poderoso y, sobre todo, muy impredecible. Si el presidente español ya provocó las iras de Donald Trump en junio del año pasado al negarse a aumentar al 5% del PIB el presupuesto de Defensa, ahora su negativa a ceder el uso de las bases norteamericanas en España para los ataques de EE.UU. a Irán ha supuesto un revés a una administración que no suele aceptar de buen grado los desafíos.
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