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Flashes de la posdictadura argentina: el regreso de Roberto Jacoby en ARCOMadrid

Una bocanada de vitalidad traspasa el papel fotográfico vintage y los casi 40 años que tiene la serie Virus, con 131 fotografías que Roberto Jacoby tomó por su cuenta mientras creaba como compositor y diseñador junto a la emblemática banda por el Estadio Obras y reductos del estilo. La serie de 1989, casi nunca exhibida, empapeló el stand dedicado a un segmento de su profusa trayectoria en ARCOMadrid, la feria de arte contemporáneo que está celebrando 45 años entre el 4 y el 8 de marzo, con más 200 galerías del mundo.

Roberto Jacoby (1944), el artista plástico de la vanguardia de los años ’60, impulsor del grupo Arte de los Medios y uno de los protagonistas porteños de la conocida acción artístico-política colectiva Tucumán Arde, abraza en esta vuelta a Madrid un recorte que abarca proyectos del retorno a la democracia en la Argentina, atravesados por la alegría y el festejo. Mientras que una de sus obras más políticas, Un guerrillero no muere para que se lo cuelgue en una pared (1968), la iconica imagen del Che Guevara en una serigrafía, acaba de ingresar a la colección del Museo de Arte Moderno de Nueva York (MoMA).

El artista de vanguardia Roberto Jacoby.

“Era como un presentimiento de qué iba a pasar con la foto del Che, que iba a terminar colgada de las paredes, básicamente, por eso que hoy esté en el MoMA es gracioso… las vueltas de la vida”, comenta en diálogo con Clarín, desde el jardín de su casa de Bella Vista.

Las cosas se convertían en fiestas

Su solo show en la sección Perfiles | Arte latinoamericano, curada por José Esparza Chong Cuy en ARCO, marca el regreso de Jacoby a la capital española luego de la exhibición antológica El deseo nace del derrumbe (2011), que la también argentina Ana Longoni curó en el Museo Reina Sofía.

Su presencia hoy en ARCO marca otro hito. Es la primera vez que Jacoby es representado por una galería. El autor de conceptos como Estrategias de la alegría, Tecnologías de la amistad, Sociedades experimentales y Desutopías, que se tradujeron en proyectos disímiles y conectados a la vez –muchos extintos como el Proyecto Venus–, llega de la mano de Isla Flotante, que trabaja en sistematizar su archivo y darle proyección internacional a una obra «inatrapable», como describe Mario Cámara en un libro reciente dedicado a su figura.

Reflexivo, Jacoby repasa algunos detalles de estas series, que resurgen y se resignifican cada vez, ostentando su estatus de grandes obras. “Mi único proyecto era registrar al público, es decir, hacer lo contrario de los registros que enfocan a la banda, el cantante, por momentos desde el escenario”, define Jacoby sobre Virus, la colección de 131 fotografías analógicas de época, en formato de 10 x 15, concebidas como un conjunto.

“Hice casi 40 canciones de Virus y para mí estas fotos era todo un paquete con lo hacía como letrista y diseñador de algunos shows, pero no soy de hacer planes, voy haciendo lo que se me ocurre y después se convierte en algo artístico”, aclara. “Eran los 80, y los shows eran fiestas. Sobre todo me llamaba la atención la alegría, la felicidad del público, su entusiasmo y alegría. Era algo muy nuevo esto de que las cosas se convirtieran en fiestas”. El tiempo le dio la razón una vez, cuando el público como espectáculo se convirtió en el eje del rock de los 90, y por segunda vez, ahora que el siglo XXI puso de moda “la cosa esta de que el público se saca las fotos así mismo”.

Still del video de

Cuando los jóvenes amontonados sobre el borde del escenario ya deben estar cerca de los 60 años, la serie que se mostró parcialmente en la galería cordobesa El Gran Vidrio, ya cerrada, y en una galería de Bilbao, provoca identificaciones más que identidades. “Me interesa mucho ver qué impresión va a causar en Madrid, donde ocurrió la famosa movida, como un retrato de época”.

Líneas de lectura

Por esos mismos años, las fiestas se volvían eventos artísticos. En Palladium, Jacoby ideó de Body Art (1988), un video registro que captura la transformación de una discoteca en un espacio expositivo efímero donde se diluyen las fronteras entre artista y público, arte y fiesta, y donde el cuerpo funciona como soporte, imagen e identidad a la vez. “Vi tantas veces el material que me acuerdo de todo: mi rol fue el de un curador de fiesta. Con el público que a su vez era el espectáculo, porque estaban caracterizados y cada uno hacía un pequeño show ante los demás. Todo era un homenaje a Warhol, porque podían ser estrellas por 15 segundos. Y también a (Alberto) Greco. Tenía varias varias líneas de lectura”.

Remera de la campaña

También ligada tangencialmente con Madrid, la serie Yo tengo sida completa el envío de Jacoby a ARCO. Pensada para una campaña de concientización, la obra Yo tengo SIDA (1994–1995) de Roberto Jacoby, desarrollada junto con Mariana “Kiwi” Sainz bajo la firma del colectivo creativo ficticio Fabulous Nobodies, es una remera pero a la vez una pieza de arte conceptual y activista que hizo un movimiento audaz. “Era difícil ponerse la remera. Difícil. Por eso tenían un cartelito que decía: ‘Si usted quiere saber todo acerca del sida, pruebe ponérsela y salir a la calle’”.

Más allá de la circulación artística, muy valorada, que la trajo hasta Madrid, en la calle pasaba otra cosa. Jacoby recuerda: “La circulación callejera fue bastante difícil. Fue casi secreta. Y la más importante fue cuando se la puso (Andrés) Calamaro, que estaba haciendo un show en La Plata, un show gigante, y se lo pedimos y se la puso ahí mismo. Fue muy impactante”.

Más allá del prejuicio, la obra condensa el espíritu de la época –previa al descubrimiento de los cócteles que cambiaron los diagnósticos de la enfermedad–, y eleva a las tecnologías de la información y la comunicación como materia del arte, algo que siempre caracterizó el trabajo de Jacoby y hoy ocupan de manera omnipresente la conversación.

-¿Cómo ves que la época actual permite leer estas obras?

-Creo que mantienen una frescura. Por más que tengan cierto grado de reconocimiento así como de entrar a un museo importante, no se lavaron, no se destiñeron.

-¿Y cómo te sienta este nueva etapa de salir a mostrar tu obra? No es algo que siempre estuvo presente en tu carrera.

-No, justamente muy poco. Yo siempre estoy haciendo otra cosa. Ahora básicamente me dedico a escribir canciones, a escribir poesía, me corro de los lugares. Entonces, no es que ahora estoy viendo, bueno, cómo hago otra obra parecida o dentro de una línea determinada. Hago lo que me surge.

-¿Las canciones se parecen a las más recientes?

-Tienen que ver con todas las últimas cosas, sí. Porque normalmente tienden a mencionar Virus, pero después de Virus hay montones de canciones. Hace poco grabé un disco, cantado por mí, con Fito Páez en los coros.

-¿Qué encontraste últimamente en tu archivo?

-Hace muchos años que vengo trabajando en mi archivo. Incluso muchas de las cosas que hice en los últimos 20 años tienen que ver con el archivo. Es una manera de volver sobre sí mismo y tratar de disolverlo. El lograr que repercuta de una manera inesperada, como un remix.

-¿Cómo podés leer hoy, por ejemplo, experiencias como el proyecto Venus? Que utilizaba las tecnologías digitales para conectar personas, algo que inmediatamente después tomó el control del mundo.

-Fue una experiencia muy genial para mí, con un final amargo. Porque las tecnologías tienen una obsolescencia muy rápida. Todos los proyectos que tenían que ver con esta tendencia, esta línea de trabajo quedaron obsoletos también. Porque las compañías dieron de baja todos los sistemas que eran previos a cierta época. Tengo archivos de papel, de fotos, de un montón de cosas, pero los archivos digitales prácticamente han desaparecido. Cosas que eran tan fabulosas se perdieron, porque no hay manera de recuperar los archivos digitales.

Roberto Jacoby con su último disco.

-¿Qué recordás que sucedió durante esa experiencia, con esa comunidad de personas que intercambiaban bienes materiales y simbólicos?

-Es difícil, porque pasó de todo. Las personas, los oficios, las relaciones que se establecieron. Yo me atrevería a decir que tiene muchísimo que ver con la vida cultural de los 2000. Muchísimo. Por eso es tan lamentable que se hayan destruido.

-¿Y cómo ves las escenas de vida cultural del Buenos Aires de hoy?

-Contra lo que mucha gente sostiene, creo que la situación política es tan contracultural que están sucediendo muchísimas cosas en el campo cultural. Hay infinitos grupos, proyectos, artistas individuales, parejas de artistas que muy lejos de estar extinguido, el campo cultural está ardiendo. Que está enormemente vivo.

-Hay quienes dicen que el mercado hace todo más homogéneo.

-Lo del mercado es cierto. Pero una cosa es que exista y otra cosa es que todo esté absorbido o dependiente del mercado. Si tiene una gran presencia es por una razón obvia: la situación económica de los artistas es catastrófica. Pero eso no quiere decir que los trabajos de los artistas hayan caído bajo la guadaña del mercado.

-¿Qué te sugiere el reconocimiento a la trayectoria de Fernanda Laguna? Ahora tiene una súper muestra en el Malba y en 2027 en el Reina Sofía.

-Ella tiene un motor propio. Ella era parte del movimiento a fines de los 90 y ella misma es una especie de milagro artístico. Lo que me hace muy feliz es ver que ese milagro esté siendo aceptado o estudiado tanto por instituciones argentinas como internacionales. Que es casi otro milagro. Eso muestra también que no envejece. Que lo que ella hace sigue siendo siempre sorprendente. Y en tantos campos, desde la poesía, la novela, las organizaciones, los locales. Permanentemente salen nuevos nuevos brotes de su trabajo.

-Su trabajo junto a la comunidad de Villa Fiorito tiene un vínculo con tu idea de las sociedades experimentales. Una especie de utopía pero que a la vez impacta en las personas.

-Exactamente. Eso es lo más maravilloso, que son utopías realizadas.

-¿Y si tuvieras que idear una de estas sociedades experimentales para hoy?

-Abrir los loqueros, y que mejore la calidad institucional.

Redacción

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