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Las valijas invisibles de las mujeres migrantes: resistencia, desarraigo y desigualdad

En mi familia, las mujeres migran.

Mi abuela cruzó la cordillera desde Chile durante la dictadura de Augusto Pinochet con un título profesional que en Argentina se volvió un papel sin valor. Mi madre pasó años mudándose de provincia en provincia hasta que el mapa le dio tregua. Décadas después, mi hermana armó su equipaje y se fue a Perú.

Tres generaciones, tres migraciones y una misma escena que se repite: una mujer frente a una valija abierta, calculando cuánto pesa el pasado y cuánto espacio queda para el futuro.

Cada 8 de marzo, el espacio público se llena de consignas sobre los avances de las mujeres en ámbitos históricamente masculinos. Sin embargo, detrás de esa visibilidad persiste lo que la Federación de Entidades Profesionales Universitarias de Córdoba (Fepuc) llama “el espejismo de la igualdad”: una superficie de equidad que, al rasparla, deja ver estructuras de desigualdad profundamente arraigadas.

La paradoja aparece con claridad en los números. En Córdoba, las mujeres representan el 59% del sector profesional, pero sus ingresos siguen siendo en promedio un 32% menores que los de los varones. Ocho de cada diez profesionales mujeres ganan menos de dos millones de pesos mensuales y casi el 29% de las más jóvenes trabaja bajo modalidades de monotributo, una forma de precarización laboral cada vez más extendida.

El título universitario, en otras palabras, no alcanza para romper el techo de cristal.

Parte de esta desigualdad se explica por una estructura más profunda: la distribución del trabajo de cuidados. Incluso cuando las mujeres son el principal sostén económico del hogar —algo que ocurre en más de la mitad de los casos— sus ingresos siguen siendo significativamente menores.

La socióloga Saskia Sassen advierte que las transformaciones de la economía global han generado una creciente demanda de trabajo de cuidados en las grandes ciudades. Ese trabajo —cuidar niños, asistir a personas mayores, sostener la vida cotidiana— recae cada vez más en mujeres migrantes.

Detrás de este fenómeno aparecen las llamadas cadenas globales de cuidado, un concepto desarrollado por la socióloga Arlie Russell Hochschild. En estas cadenas, una mujer migra para cuidar a los hijos o a los padres de otra familia mientras sus propios hijos quedan al cuidado de abuelas, hermanas o tías en su país de origen.

El resultado es una transferencia transnacional de afectos y trabajo que sostiene el funcionamiento de las economías globales.

La filósofa argentina María Lugones describió estas jerarquías como parte de la colonialidad del género: un sistema histórico que organiza el trabajo, el poder y el reconocimiento social según jerarquías heredadas de la colonia. En América Latina, estas desigualdades suelen concentrar a mujeres migrantes en sectores laborales poco valorados, especialmente en el trabajo doméstico y de cuidados.

La migración femenina, sin embargo, no puede entenderse solo desde la vulnerabilidad.

En países como España, por ejemplo, las mujeres representan casi la mitad de la población extranjera, y las latinoamericanas ocupan un lugar central en sectores que sostienen la vida cotidiana de las ciudades. Su trabajo permite que otras familias funcionen, que otros profesionales puedan salir a trabajar, que economías enteras sigan en movimiento.

Pero detrás de esos números también hay historias de desarraigo.

Migrar no siempre duele en el momento de partir. A veces duele después: en los cumpleaños familiares que se celebran por videollamada, en las recetas que se cocinan para no olvidar los sabores del lugar de origen, en las conversaciones nocturnas con hijos que crecen a miles de kilómetros.

Frente a esa vulnerabilidad, muchas mujeres migrantes construyen redes de apoyo que funcionan como verdaderas comunidades transnacionales. Asociaciones de trabajadoras domésticas, cooperativas y organizaciones comunitarias permiten compartir información, defender derechos y reconstruir vínculos.

Pensadoras latinoamericanas como Ochy Curiel y la socióloga Silvia Rivera Cusicanqui sostienen que estas experiencias también están transformando las formas de pensar el feminismo en la región. Las voces de mujeres migrantes, indígenas y afrodescendientes amplían la agenda del movimiento y obligan a mirar las desigualdades desde sus márgenes.

Porque en América Latina muchas mujeres migran empujadas por crisis económicas, conflictos políticos o simplemente por la búsqueda de una vida mejor. Algunas cruzan océanos. Otras, cruzan una cordillera o una frontera regional.

Pero en todos los casos repiten un gesto que atraviesa generaciones: hacer una valija y apostar a que la vida puede reconstruirse en otro lugar.

Quizás por eso la pregunta que deja este 8 de marzo no es solo cuánto han avanzado las mujeres, sino qué estructuras siguen sosteniendo ese espejismo de igualdad.

Y también otra más incómoda: cuántas historias invisibles de cuidado, migración y trabajo están sosteniendo hoy las sociedades en las que vivimos.

Al final, muchas historias empiezan igual: una mujer frente a una valija abierta, preparando el viaje más difícil de todos, el de volver a empezar.

Redacción

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