Separados por 6.200 kilómetros de distancia y con unos caracteres diametralmente opuestos, Liberty, la estatua de la Libertad, y la de Colón iniciaron hace cuarenta años un gigantesco noviazgo que comenzó en 1986, con petición de mano en casa de la novia, como marca la tradición y culminó el día de San Valentín de 1992 con una boda en el cañón de Roca Roja, a 40 kilómetros de Las Vegas. Fue una boda simbólica, pero legal a todos los efectos según el Estado de Nevada y, pese a la ausencia de los padrinos, los alcaldes de Nueva York y Barcelona, la unión se celebró por todo lo alto, recuerda Antoni Miralda (Terrassa, 84 años), celestino y maestro de ceremonias, que dispuso una comitiva formada por veinte limusinas blancas con sus maleteros cargados de alimentos, símbolo del intercambio gastronómico entre Europa y América. Los novios, ubicados en el mismo paralelo y con la misma edad, estuvieron representados por sendas pelvis a tamaño real construidas con papel escayolado y recubiertas de arroz, encarnación de la fertilidad.
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