En esta columna la autora nos propone un viaje, un recorrido geográfico pero literario, pero que también tiene música en sus entrañas.
Por Verónica Diez
Instrucción para una lectura que viaje: esta nota debería ser leída con un poco de tango en el parlante.
Dedicada a quienes con su música construyen memoria
y se quedan en algún rincón, eternamente.
Hace unos días me escapé por un ratito a ver y respirar la ciudad de Buenos Aires, acaso como excusa para desconectarme o tal vez para reconectarme. Viajar tiene esos matices.
Amo San Carlos, pero cada tanto siento ganas de volver a Mendoza y a sus nochecitas, y también a Buenos Aires y a su andar. Caminarla con pies livianos, siguiendo la suave curva de sus calles, entre ferias y gritos de vendedores; entre placas que rezan “aquí vivió…” o “aquí fue detenido y desaparecido el compañero…”.
Y quedarme ahí, mirando nada y todo al mismo tiempo, preguntándome cómo voy a hacer para llevarme ese mundo en mi memoria.
Caminando la ciudad me di cuenta de algo que siempre estuvo ahí: Buenos Aires nombra. Es una ciudad que respira historia, literatura, música, fútbol y artes. En cada esquina hay una historia que insiste en quedarse.
Buenos Aires es, en ese sentido, una ciudad con la memoria viva. Más allá de quién gobierne, más allá de las épocas, hay una fuerza que atraviesa todo: la fuerza de quien no olvida.
No es casual que tantos escritores hayan intentado descifrarla. Jorge Luis Borges pensaba la ciudad como un territorio de destino y memoria. En su poema Fundación mítica de Buenos Aires escribe:
“A mí se me hace cuento que empezó Buenos Aires:
la juzgo tan eterna como el agua y el aire.”
Para Roberto Arlt, en cambio, Buenos Aires era una ciudad más áspera: la de las pensiones, los cafés de barrio, las noches en el bajo, las calles agitadas donde la vida urbana se muestra sin maquillaje. En sus Aguafuertes porteñas retrata esa intensidad cotidiana cuando escribe:
“Buenos Aires es una ciudad que se mueve,
que trabaja, que lucha.”
Y en la mirada de Leopoldo Marechal, la ciudad puede convertirse incluso en un territorio mítico. En Adán Buenosayres aparece como un espacio donde lo real y lo simbólico conviven:
“¡Oh Buenos Aires! Ciudad en que nací y me crié, ciudad donde aprendí a mirar el cielo entre las cornisas y a descubrir el infinito en la esquina de una calle.”
Pero hay algo más: Buenos Aires no sólo fue narrada. También fue cantada. Y ese canto, con el tiempo, se volvió también materia literaria: el tango empezó a filtrarse en escenas, títulos y climas de muchas obras.
En los bordes de esa ciudad que crecía —los patios, los conventillos, las esquinas de barrio— empezó a surgir una música que hablaba el mismo idioma de la memoria. Borges lo intuía cuando escribía sobre esos territorios donde la ciudad empezaba a desdibujarse:
“El arrabal es el reflejo de la ciudad, pero también su secreto.”
Cuando Buenos Aires empezó a cantarse
A fines del siglo XIX y comienzos del XX, Buenos Aires crecía con una velocidad que transformaba todo. El puerto recibía oleadas de inmigrantes, los barrios se expandían hacia los márgenes y la ciudad empezaba a inventar nuevas formas de vida urbana.
En ese paisaje de conventillos, patios compartidos y esquinas donde casi siempre había una guitarra, el tango empezó a tomar forma. Antes del bandoneón, muchas veces fue la guitarra la que sostuvo esas primeras músicas del arrabal. Bastaban unas cuerdas y una voz para que una esquina cualquiera se volviera escenario y la ciudad empezara a contarse a sí misma.
Lo que al principio fue apenas una expresión de los suburbios pronto encontró voces capaces de describir esa ciudad que cambiaba. Cantores como Carlos Gardel, Ignacio Corsini y Agustín Magaldi comenzaron a convertir el tango en algo más que un baile: lo volvieron relato. En sus interpretaciones aparecieron los barrios, las esquinas, los amores perdidos y esa nostalgia tan particular que Buenos Aires parece guardar en cada calle:
“¿Dónde estás con tus ojos celestes,
oh pulpera que no fuiste mía?
Cómo lloran por ti las guitarras,
las guitarras de Santa Lucía.”
En muchos de esos tangos la ciudad dejó de ser simplemente un escenario y se volvió emoción. Gardel lo canta con una claridad que todavía conmueve en Mi Buenos Aires querido:
“Mi Buenos Aires querido,
cuando yo te vuelva a ver,
no habrá más pena ni olvido.”
En esa promesa de regreso late algo muy propio del tango: la idea de que la ciudad y la memoria siempre terminan encontrándose.
El tango empezó entonces a hacer algo extraordinario: darle voz a la ciudad.
El tango también guarda lo que no sabemos decir
Escuchar tango nos remite no solo a la música, al amor o a la ciudad, sino también a otra forma de la literatura.
Sé que cualquier rasgueo de guitarra puede traerme de vuelta una palabra (esa palabra), una imagen, algún instante que parecía olvidado. Como si el tango guardara una memoria secreta de las cosas que nos pasan.
A veces incluso vuelve un verso, sin que uno lo busque.
“Primero hay que saber sufrir…” escribe Homero Expósito en Naranjo en flor. Ese pequeño verso me resuena porque es como si el tango supiera nombrar experiencias que todavía no terminamos de entender.
Creo que es ahí donde el tango se vuelve imprescindible. Porque en él las palabras no se quedan quietas: respiran, se quiebran, se mezclan con la música y terminan diciendo algo que no sabíamos que estábamos buscando.
Amor, tango y esa forma extraña de quedarse
Si el tango supo hablar de Buenos Aires, también supo decir el amor de un modo que pocas músicas lograron. No un amor sereno ni resuelto, sino ese otro: el que se mezcla con la ausencia, con la espera y con el temblor de lo que no termina de decirse nunca del todo.
Tal vez por eso sus letras siguen tocando algo tan hondo. Porque en el tango amar no es únicamente encontrar al otro: también es extrañarlo, imaginarlo, volver a él incluso cuando ya no está o cuando nunca estuvo del todo cerca.
Ahí aparece Horacio Ferrer. En sus letras, Buenos Aires ya no es sólo escenario: es una respiración compartida, una forma de desborde, casi un estado del alma. En Balada para un loco escribe:
“Las tardecitas de Buenos Aires
tienen ese qué sé yo, ¿viste?”
Y en ese “qué sé yo” cabe mucho más que una ciudad: cabe también la extrañeza del amor, eso que uno no siempre sabe explicar, pero igual reconoce.
Hay amores que se parecen un poco a esa música. No porque sean tristes, sino porque dejan una resonancia. Como ciertas guitarras, como ciertas voces, como ciertas ciudades: uno se aleja, pero algo sigue sonando.
Quizás por eso sigo caminando ciudades de esa manera. Mirando sin buscar demasiado, como si en cualquier esquina pudiera aparecer un verso, una música o un recuerdo.
Tal vez el tango sea justamente eso: una forma de guardar lo que se escapa.
En tiempos en los que la memoria parece romperse, volver.
Volver siempre a esos lugares donde la historia sigue presente y donde nuestra identidad vuelve a tomar forma.
Porque la literatura, como la música, tiene esa obstinación hermosa de seguir diciendo lo que importa incluso cuando todo lo demás intenta callarlo.
“Pero el viajero que huye
Tarde o temprano detiene su andar
Y aunque el olvido que todo destruye
Haya matado mi vieja ilusión
Guardo escondida una esperanza humilde
Que es toda la fortuna de mi corazón”






