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Baja natalidad, cuidados y nueva longevidad

La caída de la natalidad junto al aumento de la expectativa de vida viene siendo titular desde hace varios meses en los medios más importantes de nuestro país y la región. Tanto en Chile, como Colombia o España el debate es público, señal de que estamos frente a un cambio de época.

A medida que el bienestar y la calidad de vida mejoran en todo el mundo, están ocurriendo dos grandes cambios: las personas tienen menos hijos y viven más años. Menos nacimientos, migraciones internas y territorios que se vacían conviven con poblaciones que viven más años y, por lo tanto, con más personas que necesitarán apoyos para sostener su autonomía.

Cuando estas tendencias se cruzan, el impacto es directo: menos gente en edad de trabajar y cuidar, más presión sobre los sistemas de salud y cuidados, y más riesgo de que la dependencia se viva en soledad o con una carga excesiva para las familias. Es un fenómeno global, y cuanto antes lo leamos así, antes podremos discutir respuestas serias y sostenidas.

En las últimas décadas, el tamaño de las familias ha disminuido casi en todos los lugares. Hoy en día, en gran parte del mundo, la cantidad promedio de hijos por familia es menor a 2,1, que es el número necesario para que una generación reemplace a la anterior.

En muchos países, el número de nacimientos ya no alcanza para “reponer” a la población (es decir, para que una generación sustituya a la anterior). Y aunque vivimos más años, eso no evita que, en algunos lugares, la población total ya haya empezado a disminuir, como el caso de Japón donde desde 2016 se estima que el país pierde cerca de 200.000 habitantes por año.

Un artículo publicado en 2024 en The Lancet ya documentaba que, en más de la mitad de los 204 países y territorios relevados en 2021, las tasas de fertilidad estaban por debajo del nivel de reemplazo. Las tendencias desde el año 2000 muestran una considerable heterogeneidad en la intensidad de las disminuciones, y solo un pequeño número de países experimentó un leve repunte de la fecundidad tras su tasa más baja observada, sin que ninguno alcanzara el nivel de reemplazo.

Argentina, según el Instituto de Métrica de la Salud en EE. UU., alcanzara en 2060 su pico máximo de población si el escenario continua como hoy y en 2100 apenas llegaremos a 48 millones de habitantes. Actualmente en nuestro país la tasa de fertilidad es de 1.3 y se espera que la expectativa de vida para las mujeres sea de mas de 82 años en 2050 y de 77 años para los hombres, según esta misma institución de referencia global.

En el terreno, esto tiene una traducción directa: cuando un territorio pierde jóvenes y nacimientos también pierde servicios, redes y futuro; se agrandan las distancias, se debilita la comunidad y aumenta la fragilidad de quienes ya viven con enfermedad o limitaciones. Y hay una tercera variable que lo cambia todo: la dependencia en la vejez.

Menos nacimientos hoy significan menos cuidadores y menos profesionales mañana; la despoblación, menos apoyo cercano y menos recursos de proximidad. El resultado es una dependencia más dura y desigual: más soledad, más carga de cuidados para las familias —sobre todo para las mujeres— y más riesgo de llegar tarde.

Natalidad, despoblación y dependencia no son tres debates: son una misma agenda de país.

Con las reglas actuales, las cuentas no van a cuadrar: muchas economías no podrán sostener al mismo tiempo los niveles de ingresos, el ritmo de vida y el modelo de jubilación que damos por sentado. En las economías avanzadas “más envejecidas” y en China, el crecimiento de la riqueza por persona podría frenarse de aquí a 2050 si no ocurre alguna de estas dos cosas: o la productividad pega un salto enorme (multiplicándose) o trabajamos más horas cada semana. Y si no se ajusta el sistema, el esfuerzo para pagar pensiones y sostener el consumo en la vejez podría dispararse: haría falta destinar una parte muy alta del salario a financiar una brecha creciente entre lo que las personas mayores necesitan para vivir y los ingresos que reciben, según informa la consultora McKinsey.

Nuestros sistemas económicos y contratos sociales actuales se han desarrollado a lo largo de décadas de crecimiento poblacional, en particular de las poblaciones en edad laboral, que impulsan el crecimiento económico y sustentan la longevidad de las personas. Esta proyeccion ya no se sostiene.

Al enfrentar las consecuencias del cambio demográfico, las sociedades entran en un escenario nuevo. Si no actuamos, los jóvenes heredarán una economía que crece menos y, además, tendrán que sostener a un número cada vez mayor de personas jubiladas. Al mismo tiempo, se debilita el “pacto de solidaridad” entre generaciones: un equilibrio de apoyos que ha funcionado durante décadas.

La caída de las tasas de natalidad, el cuidado y la longevidad no son solo salud, es desarrollo.

Frente a esta ecuación, y cuando la longevidad parecería haberse convertido en una moda, hablar de nueva longevidad es abrir espacios de conversación sobre temas como empleabilidad, retiro, consumo, reentrenamiento de la fuerza laboral y el talento senior.

Esto es todo un reto cuando en el mundo esta cambiando el “centro de gravedad” donde la población en la segunda mitad de la vida será cada vez mas relevante. Un desafío mayúsculo si tenemos en cuenta que ningún país en los últimos 30 años ha podido revertir de manera sostenida la caída de sus nacimientos.

Redacción

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