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Lizy Tagliani: Entre la alegría de Annie y la indignación por las falsas denuncias: «Jugaron con el honor de mi familia»

Pronto, tras atravesar la puerta dorada del Teatro Broadway, el bullicio de la Avenida Corrientes queda atrás. Basta caminar unos pasos e ingresar a la sala en penumbras para ver, iluminada y de cara a las butacas, a Lizy Tagliani caminando por el escenario rebosante de expectativas. Es que en tan sólo unas horas, la gente comenzará a agolparse en la puerta, las butacas se irán llenando, y ella, gloriosa, hará su debut como la temible Miss Hannigan en Annie, la superproducción teatral que toca una fibra muy íntima de su realidad.

Con el perfil de Nueva York de fondo, Lizy Tagliani brilla sobre las tablas del Teatro Broadway.

Es que Annie narra la historia de una niña huérfana en búsqueda de una familia, y Lizy, en diciembre de 2025, logró concretar la adopción plena y definitiva de su amado hijo, Tati. A tres meses de aquel momento y en la víspera de otro recuerdo inolvidable, ella, envuelta en un torbellino de emociones, se sienta a solas frente al micrófono de GENTE.

–¿Cómo estás?

–Muy bien, muy contenta. Feliz con este estreno. Me parece fantástico, emocionante. Real más allá de lo caricaturesco de mi personaje… Me resulta extraordinario poder vivir esta experiencia como profesional y como protagonista de una historia de adopción.

–¡Debe ser fuertísimo lo que sentís!

–Ay sí, ¡es tremendo! Todo el tiempo imagino a mi hijo y a sus amiguitos mirando esto, y es espectacular, porque yo no quiero que él nunca pierda su identidad ni deje de saber quién es, quién fue, de dónde viene y adónde va. Nunca. De hecho, en el juzgado la jueza le leyó la sentencia de adopción definitiva en lenguaje claro delante de sus compañeritos.

«Es lo mas tierno que me pasó en la vida», exclamó Lizy durante el verano al fotografiar las palabras que escribió Tati, su hijo adoptivo, en un cuaderno.

–¿Y qué te parece esto de que él ahora vaya a revivir su historia desde el lado de la comedia musical?

–Me parece fabuloso. Aparte me gusta que no me haya tocado un papel relacionado con la tristeza: él me va a ver como la mala, «la bruja», ¡y eso me encanta!

–¿Cómo se lleva con verte en el rol de actriz?

–Súper bien. Él conoce las canciones de esta obra, sabe textos del unipersonal que yo estuve haciendo el ante año pasado, cuando llegó a nuestras vidas, y lo disfruta porque es muy histriónico. Igual también le gusta el deporte. Nosotros no lo encasillamos en nada. Dejamos que sea libre y pueda disfrutar de todo.

La sanación de una dura infancia sin juegos

–¿En tu casa juegan a hacer obras con él?

–Sí. Jugamos a la actuación, a la pelota, a muchas cosas. La verdad que es muy lindo vivir eso.

Entrevistada por GENTE, la actriz confiesa que a los 55 años está aprendiendo a jugar como niño. ¿Su juego favorito? «El suelo es lava».

–¿Te reconectó con algo de tu propia infancia?

(Alza la mirada sopesando el pasado) Bueno, yo en mi infancia, de tantas carencias, nunca supe jugar. O sea, quizás sí sabía jugar, pero no jugaba porque, por ejemplo, acompañaba a mi mamá a su trabajo y me quedaba en una cocina sentada todo el tiempo que ella trabajara sin moverme del lugar hasta que terminaba de limpiar la casa y trabajar o lo que sea, y después nos íbamos.

–¿Te pedía que no te movieras?

–No era muy de pedir por favor (suelta una carcajada estrepitosa que contrasta diametralmente con lo que cuenta). Pero me acuerdo de nosotros caminando por el empedrado, desde el trabajo de la patrona hasta la parada de colectivo de la estación de Burzaco, viendo juguetes -nunca comprando, pero viendo-, escuchando música en una disquería, cruzando la estación… O sea, yo jugaba a ser adulta. A los seis años, cuando empecé la primaria, sabía tomar el colectivo sola.

–Siendo una miniatura de primer grado, ¿ibas sola desde tu casa hasta el colegio?

–Me llevaban hasta la parada en el Camino de Cintura, me subían al 306, y en la siguiente parada, que se encontraba en un campo larguísimo que había que cruzar, yo bajaba y de ahí me iba al colegio, porque mi mamá trabajó siempre. Entonces no me podía llevar.

–Tu educación indudablemente tiene mucho de esfuerzo tuyo.

–Sí. Y los juegos eran eso: jugar a ser adulta, porque yo me pongo a pensar y no sé si como niña me iría a tomar un colectivo sola. Así que ahora con mi hijo estoy redescubriendo el juego de niño.

Con uñas y vestido colorado. Así se muestra una de las flamantes protagonistas de Annie, la obra que celebra la familia elegida y la esperanza.

–¿Y qué juego te sorprendió?

–Ahora hay uno que juega él mucho que es «el piso es lava», en el que tenés que buscar lugares para salvarte. Buscar y ver quién llega primero, y todo eso de competencia me encanta, ¡me gusta mucho!, así que lo jugamos bastante. Es una experiencia única, porque estoy redescubriendo una forma diferente de ser niño, que está buenísima.

«En realidad a la que estaba protegiendo era a mí»

–¿Te gusta brindarle la oportunidad de tener una infancia tan distinta?

–Me encanta. Trato de no pasarle absolutamente nada ni ver nada mío en él. Porque al principio me pasaban muchas cosas con respecto a eso.

–¿En qué sentido?

–En el sentido de que algo que él vivía me llevaba a algo mío. Entonces aprendí que él es una personita y tiene su vida, y nada de lo mío a él le pasa por mí, ni yo pasé algo de lo que le pasa a él… Es diferente, es una vida diferente, incluso ante una misma situación. Yo al principio estaba muy pendiente de cómo sobreprotegerlo, para que no le sucediera nada, pero en realidad a la que estaba protegiendo era a mí, para que no me hubiese pasado nada, ¿entendés?

En la víspera de la primera función, Lizy Tagliani abre su corazón en exclusiva con GENTE.

El dolor de las denuncias y la defensa del honor

–¿Hiciste terapia?

–Hice terapia después de unas denuncias falsas que tuve que me han pegado muy mal, de mentiras, de cosas ilógicas. Necesité encontrar un lugar donde poder hablar de lo que me sucedía porque necesitaba sentirme fuerte por mi hijo, ya que que transitaba una etapa en la que corría riesgo la adopción. Y tenía a mi familia, que era mi marido y mi hijo, mi casa y mis cosas que también debía apuntalarlos.

–No te podías dejar caer.

–¡Claro! No lo podía hacer porque la única que tiene la verdad soy yo. La inocencia absoluta la sé yo y por eso seguiré hasta dónde sea para defender mi dignidad. Pasa que para el resto hay un punto ciego de qué está pasando. En medio de eso yo debía seguir con mi trabajo, ir a hacer radio como si nada pasara.

–Encima trabajás con la alegría.

–Con la alegría y expuesta. Estaba en Uriarte y Nicaragua, que es la radio, y en OLGA, que es Humboldt y Cabrera, con todas las cámaras apuntándome. Se tocaba el caso Loan por un lado, y mi cara en el otro lado relacionada a «abuso» y a «menores» en la televisión mientras trataba de hacer reír.

–Qué difícil hacer reír cuando vos misma no querés justamente reír.

–Sí, pero de alguna manera me sirvió porque lo que yo quería mostrar es que nada de eso era verdad. ¿Y cuál era mi forma?, ¿la forma que yo encontré?: gritarlo, escribirle a los periodistas que estaban filmando carteles en los que les ponía contra el vidrio «Yo nunca abusé de nadie», «Jamás». No es que yo un día me acosté en mi casa y pensé «No sé si cuando yo tenía 20 y conocí a alguien que tenía 17…». ¡No!

–¿No pasó nunca?

–Jamás. De hecho siempre me gustaron de 35 para arriba, incluso cuando la menor era yo. ¿Entendés? Por decisión mía, porque era mi gusto. O sea, no pasó, ni de casualidad, ni cerca, ni nada. Seguro. Pero tenía los lapsos de viaje desde la radio hasta mi casa, que sentía una soledad angustiante conmigo misma y con todas las cosas que me sucedían… tristeza, llanto. No paraba de llorar en todo el viaje de hora y media, porque debía llegar a mi casa y volver a sonreír o al menos estar en calma.

–También debe haber sido muy fuerte para tus familiares.

–Para mi marido, para mi familia, para mis amigos, para todos.

El 14 de febrero -Día de San Valentín-, su pareja, Sebastián Nebot subió esta imagen y escribió: «Para algunos quizás no somos una pareja ‘tipo’, ni del todo convencional. Pero el amor nunca se trató de cumplir expectativas ajenas, sino de elegirnos todos los días. Gracias por enseñarme que amar es valentía, respeto y verdad».

–¿Redescubriste tu núcleo en ese momento?

(Resopla, como no pudiendo dimensionar en palabras lo que sintió) Descubrí la razón por la cual debía ser racional. Tenés tanto por defender que es lo que te impide hacer una locura. ¿Me entendés?

–Sí.

–Yo digo «todo llega en el momento adecuado», porque ahora cuento con una familia, un hijo… Imaginate sola en el mundo, como fui siempre, sin tener que dar explicaciones, y que la gente se atreva a decir las barbaridades que dice. No sé cuál sería mi reacción sola. Pero había motivos para comportarme como corresponde, defenderme, llevarlo a la Justicia y realizar los pasos correctos en protección de un niño que todavía ni siquiera era parte de mi familia.

–¿Cómo lidiabas con eso?

–Mirá, una vez hablando con mi marido le dije: «¿Te das cuenta de que él es nuestro hijo y no es nuestro hijo? O sea, nosotros hoy salimos en el auto, nos pegamos un palo y nos morimos, y él ni siquiera hereda. Y alguien a quien se le ocurrió decir cualquier cosa en televisión dejó trunco eso». Porque por suerte no prosperó, y la jueza y asesoría de minoridad se tomaron todo el trabajo de ir adonde se encontraba esta supuesta causa y esta supuesta denuncia, ver dónde está ese niño, ¿entendés?, y sabían que no había nada, que no existía nada, que el niño estaba perfecto… Pero me dolió mucho.

–¿Qué pensabas de tu denunciante?

–Una y otra vez pensaba: «A ver, si vos sabés tantas cosas mías, tan duras y tan crueles… ¿vas a esperar que una criatura de cuatro años esté conmigo, en mi casa durante un año, para recién decirlo? ¿O lo vas a decir la primera vez que escuchaste en un programa de televisión que yo dije ‘quiero adoptar’?». Tenía que pararse a gritarlo, ir a la Justicia, denunciar, decir «por favor no cometan esta locura», ir a un juzgado. Mínimamente decir que investiguen primero, que no me den nada, ¡no después!

«Es triste que les duela más la plata que reconocer que se equivocaron»

–Me da la sensación de que todo esto todavía te duele mucho.

–Mucho. Y no me sana ni el perdón ni nada.

–¿Pero alguien te pidió perdón?

–No, nadie. Pero yo ya no necesito los perdones. O sea, lo que hago en la Justicia es para que sea lo que decida la Justicia: no es para mí, pero voy a ir hasta el final. Y lo que más me duele como ser humano es que… (Se toma un respiro para agrupar sus pensamientos) Yo siempre digo que el perdón es a la semana, a los diez días. Si te dio mucha vergüenza, a los quince días decís «recapacité y me llevó quince días». Ahí es el perdón. No casi un año después.

–Igual ya no creo que llegue.

–No. Llegará si lo pide la Justicia.

La sonrisa más luminosa de Lizy es aquella que despliega al ver a su hijo.

–¿Puede ser que lo pida la Justicia?

–Por supuesto. El artículo 64 del Código Penal dice que cuando hay injurias tenés que resarcir el daño, y el daño en mi caso es a través del pedido de disculpa.

–Dirá eso el artículo, pero no sé si es resarcible el daño.

–No. La multa es irrisoria y es para la Justicia, no para mí. En lo penal no es nada. Lo que siempre hablo con mi marido es que si me hubiesen llamado por teléfono, o si se hubieran presentado a la Justicia y hubiesen dicho «me equivoqué, perdón», a mí no me importa la plata, porque la plata gracias a Dios me la gano trabajando desde chica. Me chupa un huevo la guita, pero es triste que les duela más la plata que reconocer que se equivocaron. Entonces tenés que ir por lo civil, a reclamar plata, para que les duela. Imaginate que en ninguna mediación penal se han presentado. Ahora, en la civil, en la primera, están todos, y es porque hay plata. Y me parece horrible, como ser humano que soy y como parte de la sociedad.

–Ante, siempre está como cada uno elige afrontar la vida.

–Sí… Bueno, para cerrar esto, te quiero contar que cuando nosotros decidimos comprar una casa cerca del colegio, para que el nene tenga una espectacular y con todo, un chalet como eran las casas de las patronas donde trabajaba mi mamá, se decidió que no hubiera un papel. La estoy pagando en cuotas por quién soy yo: no porque soy Lizy Tagliani «la famosa», sino porque soy el hijo de Tina. Eso demuestra lo que somos, de toda la vida, nosotros en Adrogué. Ésa es mi carta de presentación. ¿Qué más querés?

–¿Llegará el momento en que tu hijo te tenga a vos como su carta de presentación?

(La luz se expande en su mirada) ¡Claro! Eso es lo más emocionante. Y Annie tiene eso. Annie me conecta con algo muy lindo, muy divertido. Amo ser la villana, me parece extraordinario, me fascina. Aparte es un estereotipo, es una malvada, está re loca de la cabeza… Dios quiera que en el 2026 no exista ni una Miss Hannigan ni un orfanato como el de Miss Hannigan en los hogares de tránsito de nuestra Argentina o del mundo.

–¿En qué te apoyas para componer tu personaje?

–Yo lo compongo desde el lado de lo que significa adoptar. Interiorizo todo el proceso en el monstruo de maldad que es Miss Hannigan: la burocracia, las instancias psicológicas -que son necesarias, porque imagínate que el niño ya viene con un fracaso de otra familia y viene a ser feliz-, y así… Después, estoy sorprendida de lo que es la comedia musical. Nunca pensé que se trabaje tanto y tan a consciencia. Esto de estar pasando una escena y que los bailarines sigan ensayando su coreografía al costado sin parar es movilizante.

–Es una pasión.

–Una pasión que no se les va nunca. Es hermoso, ¡y contagioso! Yo estoy re obsesionada y disciplinada. Cuando salgo a escena aparece un porcentaje de Lizy en mi personaje que no puedo evitar. Actúo con un 70/30. Pero hay una escena con Juli, con Julieta Nair Calvo, que me saca todo lo Lizy.

Lizy junto a Miguel Ángel Rodríguez y Julieta Nair Calvo, los pilares de una superproducción que promete emocionar a grandes y chicos desde este 19 de marzo.

–¡Mirá!

–No soy más Lizy a partir de ella, porque hay algo que yo quisiera decirle si no fuéramos los personajes. Es como si yo quisiera decirle algo a la Justicia, a los niños que no tienen hogar, a las madres o padres que por alguna razón terminan distanciados de sus hijos… Hay algo en ese encuentro con ella y su mirada, cuando viene a buscar a una niña para adoptar, que me cambia y hace que no quede nada de Lizy. Es mágico.

–Pensar que vas a revivir esa misma magia sobre el escenario del Teatro Broadway cada día.

–¡Sí!, y no puedo esperar a que suceda. ¿Falta una hora menos, no?

Fotos: Ramiro Palais
Retoque digital: Roshi Solano
Agradecemos a Juan Gutiérrez

Redacción

Fuente: Leer artículo original

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