
En una oficina de techos altos en Kiev, Liubov Tsybulska observa una guerra que se libra mucho más allá del alcance de la artillería de 155mm. Como fundadora de la organización Join Ukraine y ex directora del Centro de Comunicaciones Estratégicas del gobierno ucraniano, Tsybulska ha pasado la última década diseccionando la anatomía de la agresión híbrida del Kremlin. Para ella, los ataques cibernéticos y las campañas de desinformación que hoy inundan América Latina y África no son fenómenos aislados, sino el despliegue global de tácticas perfeccionadas en Ucrania, país que define como un “laboratorio” de guerra cognitiva desde 2014.
Tsybulska sostiene que la desinformación rusa ha mutado de la simple propagación de noticias falsas a operaciones psicológicas profundas que explotan las grietas sociales preexistentes para erosionar la confianza institucional. “Esto no es una batalla: es un proceso”, explica a Infobae al enfatizar la necesidad de una vigilancia constante. “No puedes lavarte los dientes una sola vez y esperar que estén limpios para siempre; es una higiene informativa que hay que mantener todo el tiempo”. Según la experta, esta “guerra por la atención” no busca solamente alterar convicciones políticas, sino que produce efectos biológicos y sociales de agotamiento que debilitan la capacidad de respuesta de las democracias occidentales frente al autoritarismo.

Tsybulska advierte de que el Kremlin ve en el Cono Sur un terreno de expansión donde sus narrativas antimperialistas encuentran un eco inesperado. “Lo hacen con ustedes porque son muy susceptibles a esa narrativa”, afirma Tsybulska. Según la experta, Moscú explota con maestría corrientes anti-occidentales de la región para inyectar desinformación que, aunque se presente como diplomacia cultural, es en realidad un arma de precisión diseñada para quebrar consensos democráticos.
Sin embargo, tras cuatro años de invasión a gran escala, la analista detecta un cambio sísmico dentro de la propia maquinaria rusa. El histórico pacto entre Vladimir Putin y su población, basado en la prosperidad económica a cambio de pasividad política, parece estar llegando a su límite. “El contrato social de estos años ha sido: ‘Les pagamos bien, ustedes van a pelear, y el resto se mantiene pasivo y leal’. Ese contrato ahora se está quebrando porque ya no hay dinero”, afirma Tsybulska, citando los crecientes déficits presupuestarios en las regiones rusas y el recorte de bonos militares. Para la experta, el sistema ruso ya no se sostiene por convicción, sino por una inercia de miedo y hábito que empieza a mostrar fracturas visibles tanto en el frente como en los círculos de poder del Kremlin.
A continuación, la entrevista con Infobae:
—Ucrania lleva cuatro años resistiendo la invasión a gran escala. ¿Cómo ha evolucionado en este tiempo la guerra de la desinformación?
—La estrategia de fondo no ha cambiado de manera significativa. La táctica principal del Kremlin consiste en invertir muchos recursos en los sentimientos existentes, en las grietas que ya están presentes dentro de cualquier sociedad, para polarizarla y hacer que la gente se enfrente entre sí. Aprovechan cualquier oportunidad: intentan dividir a quienes combaten de quienes eluden la movilización, a quienes abandonaron el país de quienes se quedaron, al liderazgo político de las fuerzas armadas, a los mandos militares de los soldados rasos. Identifican todas estas tensiones, las amplifican y las usan en nuestra contra.
Lo que sí ha cambiado son las posibilidades tecnológicas. La inteligencia artificial lo ha transformado todo: hoy puedes producir deepfakes con muy poco dinero. Y algunas plataformas han empeorado el problema —X se convirtió durante un tiempo en un terreno fértil para la propaganda rusa— mientras que TikTok sigue siendo el espacio más difícil de controlar.
—¿Cómo responde Ucrania? ¿Puede una sociedad hacerse resistente a esa presión?
—Lo que nos mantiene alerta es la amenaza física. Cuando los drones caen sobre tu ciudad -como ocurrió hace dos días en Kiev-, prestas más atención. Antes de 2022, gran parte de la población no reparaba en estas campañas porque no percibía el peligro. Ahora sí. Eso nos hace más vigilantes.
Pero también tenemos instituciones. Centros de análisis bajo las fuerzas armadas, el servicio de seguridad, el gabinete de ministros, la sociedad civil. Una infraestructura que construimos desde 2014, cuando Rusia ocupó Crimea y partes del Donbás. Eso fue crucial en 2022: cuando llegó la invasión a gran escala, ya conocíamos a los actores, los canales, las narrativas. Estábamos equipados con las herramientas informativas para identificar esas campañas. Creo que esa es parte de la razón por la que los ucranianos pudieron resistir en 2022 bajo tanta presión y con tantas carencias en equipamiento y armamento.

—Mencionó el impacto de la inteligencia artificial en esta guerra híbrida. Vemos deepfakes hiperrealistas, propaganda a escala masiva. ¿Siente que Ucrania está siendo usada como laboratorio para estas armas de IA?
—Ha sido un laboratorio durante los últimos doce años. Lo que Rusia prueba aquí, luego lo exporta. El ejemplo más claro fue 2016 en Estados Unidos: la táctica de alimentar simultáneamente dos narrativas contradictorias para que los grupos sociales se enfrenten entre sí —eso lo ensayaron primero en Ucrania. Y ahora vemos lo mismo en otros países: usan TikTok y la IA para polarizar distintos grupos sociales.
—¿Cuál es hoy la operación híbrida que más le preocupa?
—El reclutamiento de jóvenes a través de Telegram. Contratan a adolescentes de 14 o 15 años para cometer actos violentos, incluso para matar. Los usan para incendiar vehículos militares o centros de reclutamiento, para transportar explosivos. Hemos tenido chicos que perdieron extremidades cuando los explosivos detonaron. Algunos murieron. Y todo pagado con cantidades míseras de dinero, sin que los reclutadores revelen nunca que son agentes rusos. Pero cuando analizamos las conversaciones después, queda claro que son rusos.
Hubo el caso de una chica contactada por Telegram y amenazada: si no prendía fuego a un edificio, mostrarían fotos comprometedoras suyas a sus padres y maestros. Se suicidó. Y hace poco, en Lviv, una mujer de 33 años construyó una bomba siguiendo instrucciones recibidas por esa misma aplicación y la colocó en el centro de la ciudad. Murieron policías y hubo heridos. Esto ya no es solo desinformación: es una operación híbrida donde combinan acciones cinéticas con no cinéticas.
—En América Latina, Rusia enmarca la invasión como una guerra antiimperialista. ¿Cómo se combate esa narrativa?
—¿Sabe por qué hacen eso con ustedes? Porque son muy susceptibles a esa narrativa. Trabajan con habilidad con cada audiencia. En África dicen que es una guerra anti-occidental, contra el colonialismo blanco. En Indonesia, Rusia se presenta como el gran protector global del Islam —lo cual es un absurdo si se recuerdan las guerras de Chechenia o el trato que dan a sus propias minorías étnicas, que son precisamente los primeros que envían al frente a morir. Saben exactamente qué decir en cada país, porque conocen las narrativas dominantes.
—En América Latina, Rusia ha invertido masivamente en medios en español; recientes investigaciones sobre agentes operando en la región sugieren un despliegue incluso mayor. ¿Cómo puede Ucrania contrarrestar esa presencia en una región tan alejada y con tan pocos recursos?
—Solo hay una manera: estar presentes y hablar. Ucrania necesita más voces en esa región, más periodistas latinoamericanos que vengan aquí y vean con sus propios ojos lo que ocurre. Cuando regresan, entienden lo que ocurre de otra manera y pueden transmitirlo con autoridad. El problema es que no tenemos los recursos que tiene Rusia. Nuestro Ministerio de Relaciones Exteriores es incomparablemente más pequeño que el suyo, que funciona básicamente como una extensión de los servicios de inteligencia exterior.
Las operaciones reveladas exponen el impacto de campañas dirigidas a modelar la percepción pública, evidenciando los riesgos emergentes en democracias y la creciente sofisticación de herramientas para incidir en los equilibrios globales
—Si tuviera que darle tres señales de alerta a un gobierno latinoamericano para detectar una operación híbrida rusa —especialmente ante modelos de desinformación industrial que ya segmentan el consumo en el continente—, ¿cuáles serían?
—La primera: no importa cuán buenas sean sus relaciones con Moscú, pueden ser un objetivo. Los documentos estratégicos rusos establecen explícitamente el derecho a realizar operaciones psicológicas con cualquier país, aliado o no.
La segunda: no se dejen engañar por los eventos culturales rusos. La cultura es parte del aparato bélico del Kremlin, y tenemos abundante evidencia de ello. Estas organizaciones y eventos se utilizan para justificar las acciones de guerra en Ucrania.
La tercera: dejen de analizar y comiencen a actuar. Llevamos doce años documentando cómo opera la desinformación rusa. Conocemos a los actores, los canales, las narrativas, los métodos. El conocimiento ya existe. Lo que necesitamos ahora son acciones concretas. Porque esto no va a mejorar solo: va a empeorar.
—¿Es posible volverse inmune a la desinformación?
—No es una batalla: es un proceso. No puedes lavarte los dientes una sola vez y esperar que estén limpios para siempre. Es una higiene informativa que hay que mantener todo el tiempo. Esta guerra cognitiva evoluciona tan rápido que no tenemos otra opción que adaptarnos. Porque esta guerra cognitiva afecta incluso a nivel biológico, no solo psicológico y social: cuando uno no puede enfocar la atención y se siente agotado por el flujo de información, eso tiene consecuencias reales. Las campañas rusas rompen la cohesión social de los países.
—En los últimos meses usted ha publicado análisis sobre el desgaste interno en Rusia. ¿Qué está viendo realmente dentro de Rusia? ¿Hay grietas genuinas o es demasiado pronto para hablar de eso?
—Lo más claro es lo que vemos en el campo de batalla: están perdiendo más soldados de los que pueden reclutar. El contrato social que sostuvo la guerra durante estos años había sido: “Les pagamos bien, ustedes van a pelear, el resto se mantiene en silencio y leal.” Ese contrato se está rompiendo. 67 regiones tienen déficit presupuestario. Los bonos se recortaron. Quienes querían combatir por convicción ya están muertos o mutilados. Los que quedan lo hacen por dinero, y ese dinero escasea.
En las redes sociales rusas estamos viendo críticas muy duras contra Putin. Esta semana, uno de los abogados más conocidos del país —alguien que trabajó con el FSB y fue siempre ferozmente anti-Navalny— publicó un artículo largo argumentando por qué Putin ya no puede considerarse un presidente legítimo. Hay rumores de tensiones entre el actual ministro de Defensa, Belousov, y su predecesor, Shoigu. Putin ha reforzado su seguridad personal y prácticamente ha dejado de viajar, incluso a su propia residencia en Valdái.
Y un dato más: acaban de intentar prohibir Telegram —la plataforma principal de los rusos— y quieren migrar a la gente hacia un mensajero estatal llamado Max. Pero en todas partes —en los círculos militares, en las regiones— la gente se niega. No quieren estar bajo la vigilancia permanente del FSB. Eso también es una señal. Algo está pasando en Rusia, lo vemos claramente. No sé si la máquina se está rompiendo, pero ya no está estable.
Es una de las voces más autorizadas de Ucrania en el análisis de la desinformación y las operaciones de influencia del Kremlin. Con una trayectoria que combina el servicio público y la investigación estratégica, Tsybulska ha sido una pieza clave en el diseño de la resiliencia informativa de su país frente a la agresión rusa.
- Fundadora del CSCIS: Fue la primera directora del Centro de Comunicaciones Estratégicas y Seguridad de la Información del Ministerio de Cultura de Ucrania, organismo pionero en la defensa institucional contra noticias falsas.
- Analista de guerra híbrida: Dirigió el Grupo de Análisis de Guerra Híbrida en el Ukraine Crisis Media Center (UCMC), donde diseccionó las tácticas rusas de polarización social mucho antes de la invasión a gran escala de 2022.
- Asesora de defensa: Ha servido como asesora del Estado Mayor de las Fuerzas Armadas de Ucrania y del Ministerio de Defensa, especializándose en comunicación estratégica frente a amenazas asimétricas.
- Liderazgo civil: En la actualidad encabeza la organización Join Ukraine, desde donde gestionó la exitosa estrategia digital del Ministerio de Defensa ucraniano (2022-2023) —llevando su cuenta de Twitter de 600.000 a dos millones de seguidores. Actualmente, la organización se centra en el análisis del aparato bélico ruso, el monitoreo de sentimientos en las redes sociales de Rusia y la elaboración de informes estratégicos sobre la capacidad de movilización y el armamento del Kremlin.

