Roberto Suarez

San Óscar Romero fue asesinado un 24 de marzo de 1980, por órdenes de sectores militares y políticos que buscaban silenciar su denuncia. Su muerte no sólo marcó un punto de inflexión en la historia de El Salvador: convirtió su figura en un símbolo universal de la lucha por la justicia social y los derechos humanos, una voz que aún resuena en toda América Latina.

En este mismo día, los argentinos recordamos los cincuenta años de la dictadura que asoló al país con muerte y desaparición. Y al hacerlo, también evocamos la vida comprometida con la dignidad humana del padre Romero, apóstol de una Iglesia pobre para los pobres. Con él, hacemos memoria de los crucificados de la historia latinoamericana.

“En nombre de aquellos que sufren, cuyos llantos se elevan al cielo cada día más tumultuosos, os suplico, os ruego, os ordeno, en el nombre de Dios, parar esta represión”.

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Ese fue su último llamado. El 23 de marzo de 1980, Óscar Arnulfo Romero, arzobispo de San Salvador, pronunció ese sermón a través de la radio nacional. Al día siguiente, fue asesinado mientras celebraba misa en la capilla del Hospital de la Divina Providencia.

Romero era la voz de los pobres y de las víctimas de la represión. Sus homilías, escuchadas en todo el país, denunciaban la violencia estatal y reclamaban el fin de la represión militar.

Por eso se volvió incómodo para el poder. Su asesinato fue planificado por grupos paramilitares de extrema derecha. La Comisión de la Verdad identificó al ex mayor Roberto D’Aubuisson como autor intelectual. Un francotirador ejecutó el crimen.

El motivo era claro: Romero denunciaba sistemáticamente la injusticia social, la represión y la violencia contra los campesinos. Su palabra interpelaba a la oligarquía y al ejército en los albores de la guerra civil salvadoreña.

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A las 18:25 del 24 de marzo de 1980, un disparo certero al corazón terminó con su vida. Una sola bala, calibre 22, fue suficiente para silenciar a quien había decidido no callar nunca más.

En los días previos, la campaña de odio era abierta. Desde diarios, radios y televisión se lo acusaba de “demagogo” y “violento”. Se pedía, sin eufemismos, que la Fuerza Armada actuara. Las amenazas eran constantes. Romero las conocía. Y las perdonaba.

Su “pecado” final fue haber pedido al presidente estadounidense Jimmy Carter que suspendiera la ayuda militar al gobierno salvadoreño. Y, sobre todo, haber llamado a los soldados a desobedecer órdenes injustas:

“Ante una orden de matar, debe prevalecer la ley de Dios: no matar”.

También dentro de la Iglesia encontró resistencias. Si bien Pablo VI lo había alentado, su encuentro con Juan Pablo II fue distante. Sectores del Vaticano lo veían como peligroso por su cercanía con la teología de la liberación. Romero volvió de Roma dolido, se sintió humillado por el Papa polaco, pero no claudicó.

Décadas después, la historia hizo justicia. Fue beatificado y luego canonizado por el papa Francisco, quien lo definió como un pastor que dejó su propia seguridad para entregarse al Evangelio junto a los pobres.

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El Vaticano reconoció que fue asesinado por odio a la fe. Pero en América Latina sabemos que también lo mataron por decir la verdad.

A cincuenta años del golpe en Argentina, su figura adquiere un nuevo sentido. Romero no es sólo un mártir salvadoreño: es parte de nuestra memoria colectiva.

Porque hay fechas que ya no pertenecen a un solo país.

El 24 de marzo es una de ellas.

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