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Taxonomía y política: El arte científico y polémico de nombrar especies

Por estos días, y a pesar de las imágenes que se suceden en bucle en reels y stories, ni el calentamiento global, ni sus consecuencias espantosas, parecen inquietar o perturbar demasiado a algunos espectadores. A lo sumo, hacen que mientras las personas scrollean y el contenido se despliega en las pantallas de sus teléfonos inteligentes, ellas muevan sus cabezas de un lado a otro en un claro gesto de desaprobación que dura segundos. No es que se desentiendan, es que las grietas en el equilibrio ecológico dan la impresión de importar a unos pocos. Lo que sí parece repercutir es el clima de opinión reinante, coincidente y convenientemente desplegado en las mismas redes sociales. El sociólogo y docente Christian Ferrer escribe que “todos pretenden cancelar a todos y todos al unísono y unánimemente”. Y lo peor, es menester tomar posición.

No en mi nombre. Taxonomía y política. Christian Ferrer. (Pletórica Sinfonía, 2025)

El ensayista escribió el libro No en mi nombre. Taxonomía y política (Pletórica Sinfonía, 2025) decidido a salir al cruce de tanta mala onda. El texto trata sobre las denominadas “batallas culturales”, o “batallas de ideas”, pero vistas a través de los nombres que los científicos eligen para nombrar los ejemplares tanto del reino animal como del vegetal. Resulta ser que en las designaciones de las flores, los animales, las bacterias hay homenajes a gente elogiable, inofensiva y también a dictadores y tiranos de todo tipo y de todo tiempo. La hipótesis del libro es que las así llamadas batallas de ideas son un negocio en el que las contrapartes “se disparan con pistolas de agua como los niños en verano”.

¿Cuál es la potestad del ser humano sobre la naturaleza para nombrar lo que nombra como lo nombra? ¿Cómo se eligen las designaciones en biología? Y un nombre, ¿es solamente un hombre? ¿Acaso determina personalidades, predispone fama, decreta reputación o dispone prestigio? Lo cierto es que el especialista que descubre una especie nueva, puede elegir el nombre que desee para denominarla. Por eso existe un escarabajo cuyo apellido es Nietzschei, un arácnido que se llama Cheguevarai, un variedad rara de conejos bautizados Hefneri. William Shakespeare tiene una bacteria, Franz Kafka, una mosca, las avispas se repartieron entre los presidentes de Estados Unidos y los filósofos.

Como señala Ferrer, hay épocas con gusto y en cuestiones de saber hoy “estamos en mercurio retrógrado”. Mientras que antes había ciertos parámetros y seriedad, además de gente indiscutida a la hora de designar, “el arte de apodar ha empeorado mucho” y son las modas de ocasión y las manías por figuras circunstanciales las que predominan. Por caso, la Neopalpa donaldtrumpi es una polilla cuyo nombre eligió un entomólogo canadiense días antes de la primera investidura de Trump como presidente de Estados Unidos, es originaria del sur de California y la región mexicana de Baja California y tiene escamas doradas en la cabeza.

Ferrer nos cuenta que el maravilloso mundo de los animales rebalsa de nombres de criminales, como Anophthalmus hitleri (Hitler desorbitado), un escarabajo ciego de las cuevas descubierto en 1933, año en que Adolf llegó al poder. Es que en la geopolítica del absurdo todo puede suceder, y en la flora también. La suculenta Kalanchoe salazari, por ejemplo, que homenajea al dictador portugués António de Oliveira Salazar, es venenosa para niños y mascotas. “No se puede galardonar a gente malísima en épocas libertarias”, sostiene Ferrer, porque “hay quien pone el grito en el cielo en tantos otros soliviantan almas en las urbes, las sierras o los esteros, y hasta en los círculos del infierno prospera la envidia, dado que hay condenados que no recibieron su merecido”, y se pregunta: “Dios mío, ¿qué se hace en esos casos?”.

“Una vez puesto, nunca más depuesto” reza el lema del Código Internacional de Nomenclatura Botánica y Zoológica, y se refiere a los nombres seleccionados como “alias” de géneros, órdenes, familias y subfamilias. Ferrer sostiene que, una vez publicado el paper con el anuncio correspondiente, “la taxonomía certifica la segura errata que la ciencia rendirá a la eternidad”. Y por supuesto, no se equivoca.

Las especies que trató Christian Ferrer en su libro.

Un dato más, los arrepentimientos tardíos y los alegatos no son admitidos. O el mundo está lleno de caprichosos o los taxonomistas hablan en lenguas que nadie entiende. Por si fuera poco, cuando la política se entromete, las cosas se enturbian: es sabido que sus representantes viven rodeados de un halo de sospecha. “Con cada bicharraco y alimaña patriótica, cada nación se transforma en una isla, […] con ese criterio el planeta dejaría de ser redondo sino, apenas, un cuadriforme mostrador geopolítico”.

Sin dudas, nominar y clasificar no es una tarea sencilla, y a lo largo de la historia, la celebridad se compensó de distintas formas. Pero No en mi nombre invita a cuestionar las narrativas dominantes y Ferrer es un ensayista siempre incisivo a la hora de pensar (y hacer pensar a otros) lo contemporáneo. Su escritura muestra la actitud de quien arrasa lo establecido y siembra cuestionamientos e interrogantes; sus textos siempre lo revelan dispuesto a diseccionar y llegar hasta los confines, de la política, del ser humano, de la naturaleza, del mundo de un modo particularmente revelador.

Su libro nos recuerda que no es posible asomarse al mundo que nos rodea sin una cuota de sarcasmo y que la ironía es necesaria para sobrevivir. Con un tono alegre y burlón, Ferrer se ocupa de las luchas que entomólogos, botánicos y cultivadores de rosas libran en congresos y simposios académicos. El texto, que se lee con una sonrisa, incluye un índice onomástico de los seres mencionados y revela un lugar donde estar a salvo de controversias y contrapuntos, un Only fans de rosas para todos los gustos.

Redacción

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