En la época de la dictadura de Videla, yo estudiaba Periodismo en la universidad. Teníamos una materia, Teoría de la Comunicación, en la que, por lo bajo, se murmuraba que no daríamos a McLuhan: era subversivo. Como no había internet ni nada que se le pareciese y no nos atrevíamos a buscar un libro prohibido en la biblioteca, nos graduamos con esa y otras grandes opacidades. Luego supe la verdad: Marshall McLuhan había sido subversivo, pero no en el sentido que -ignorancia supina- intuían los militares sino en la forma de reflexionar sobre la comunicación.
Hasta ese momento se creía que la importancia de la TV estaba en el contenido que inculcaba. Él subvirtió la lógica y dijo “el medio es el mensaje”. Así, la esencia de la TV podría ser, por ejemplo que los niños no salen a jugar a la plaza; se quedan -sedentarios- puertas adentro. O que la TV nos impide hacer otras tareas mientras la miramos, pide exclusividad -a diferencia de la radio- y requiere de todos nuestros sentidos (si no la tenemos sólo como compañía).
En mi relación con la TV recuerdo dos cambios fundamentales. Uno fue el control remoto. Antes había que levantarse, ir a cambiar de canal y, si había publicidad, quedarse parado al lado hasta ver qué daban. El control nos dio la sensación -a veces falsa- de decidir qué deseamos ver. Hacemos zapping, elegimos. Cierto. Pero si casi todo se parece, a veces la libertad se vuelve un poco estrecha.
La otra revolución fue la aparición de las videocaseteras. Hasta ese momento, la televisión era etérea: se veía y se extinguía, no había forma de volver a mirar algo. La TV podía marcar nuestra agenda: recuerdo, cuando era chico, los lunes como el día de “Los Campanelli” (a Rosario llegaba en diferido). Nadie osaba hacer otra cosa. La videograbadora nos dijo: manejá tu tiempo, grabá y luego lo mirás. Curioso, con esa posibilidad se fue cierto encanto: si estaba siempre disponible ya no era lo mismo. La magia de lo que aparece y se extingue se había esfumado.
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