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Dos revistas, una misma lucha en las aulas y en las calles

Hay un momento, breve, casi imperceptible, en el que la palabra deja de ser comentario y se vuelve acción. No es inmediato. Primero aparece como murmullo en los pasillos, como discusión en una clase, como incomodidad frente a lo que se dice —o no se dice— en la universidad. Después, se organiza. Toma forma. Sale a la luz. Así nacen Tesis 11 y Metamorfosis: no como productos culturales aislados, sino como intervenciones en debates en caliente.

En tiempos donde todo parece empujar al silencio o a la adaptación, escribir ya no es un gesto neutral. Es tomar posición. Eso intentamos. Las dos revistas surgen en un mismo clima: el de una universidad atravesada por el ajuste, donde enseñar y estudiar se vuelve cada vez más difícil. Bajo el gobierno de Javier Milei, la ofensiva contra la educación pública no es un telón de fondo: es el escenario principal. Salarios que caen, docentes que se van o tienen que combinar con otros trabajos, estudiantes que trabajan cada vez más horas para sostener cursadas que ya no prometen estabilidad ni futuro. En ese contexto, la idea misma de universidad entra en crisis. Y ahí queremos meter una voz, la que está con los que frente a esta situación no se resignan y la enfrentan.

Tesis 11, en su primer numero, aparece como una revista que discute. No solo opina: polemiza. Intenta ir al hueso de lo que se enseña, revisa la historia reciente, vuelve sobre los años setenta no como algo cerrado sino como un terreno en disputa. Hay una pregunta que aparece una y otra vez: ¿qué lugar ocupa la clase trabajadora en la historia que nos cuentan? Y más importante todavía: ¿qué lugar ocupa hoy?

No es casual que vuelva sobre eso. Hay algo de cada generación teniendo que rearmar su propio archivo, pelear por sus propias continuidades.

Metamorfosis, en su quinto número, está más pegada al presente. Registra el conflicto en tiempo real: aulas vacías, paros, asambleas autoconvocadas en la Universidad Nacional de San Martín, bronca que se acumula. Pero también marca algo incómodo: la distancia entre esa energía que aparece desde abajo y el rol de las conducciones. Centros de estudiantes que no están, sindicatos que administran los tiempos, direcciones que enfrían.

Y sin embargo, ahí donde muchos ven desorden, hay otra cosa. Cuando estudiantes y trabajadores se empiezan a organizar por fuera de los canales de siempre, no es sólo reacción. Empieza a aparecer otra forma de hacer política, de pensar en común, de resolver cosas que nadie podría resolver solo. No es la suma de individuos sueltos: es otra fuerza.

Entre las dos revistas se arma un diálogo. Una mira hacia atrás para entender. La otra mira alrededor para intervenir. Pero las dos coinciden en algo clave: la universidad no es una isla.
Lo que pasa en las aulas está conectado con algo más grande. Con un modelo que precariza, con reformas que apuntan a bajar costos a cualquier precio, con una memoria histórica que algunos quisieran cerrar. Por eso aparece, de distintas formas, la misma insistencia: la necesidad de una perspectiva independiente, de poner el cuerpo y la palabra, de construir una unidad real entre estudiantes y trabajadores.

Porque incluso lo que parece más individual —estudiar, escribir, investigar— nunca lo es del todo. Las ideas se construyen en diálogo, en conflicto, en experiencias compartidas. Hay algo que se potencia cuando eso se vuelve consciente, cuando deja de ser disperso y empieza a organizarse.
También hay otro gesto en común. Ambas revistas abren espacio: tribunas, reseñas, intervenciones culturales. Como si entendieran que la política no se juega solo en lo que se dice, sino en cómo se dice, en qué historias circulan y cuáles quedan afuera. Escribir también es disputar sensibilidad.
Porque una revista, cuando funciona, no cierra nada. Al contrario: abre. Invita a discutir, a responder, a seguir.

En un contexto donde se repite que “cada uno se salva solo”, estas publicaciones dicen otra cosa. Que incluso en las peores condiciones seguimos dependiendo unos de otros. Que todo lo que producimos —ideas, organización, cultura— tiene algo de colectivo, aunque muchas veces no se lo nombre.

Sin grandes consignas, pero con bastante insistencia, apuestan a eso. A que la salida no es individual. A que lo que empieza como palabra puede volverse acción. Y que esa acción, cuando se hace en común, tiene otra potencia.

La historia —todavía— no está escrita.

Y en todo caso, habrá que escribirla así: en común.

1)Metamorfosis UNSAM 5to número:

Por Martín Kales, secretario de asuntos gremiales del CECYT

Tesis 11 UNGS, número de lanzamiento:

Redacción

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