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Ultraliberalismo en América Latina: de los ‘Chicago boys’ a los ‘Chicago oldies’

Apenas 100 días antes del golpe de Estado en Argentina, del que ahora se ha cumplido medio siglo, se firmaba el Plan Cóndor, una operación secreta en la que se unían, en pleno auge de la Guerra Fría, seis países latinoamericanos (Argentina, Bolivia, Brasil, Chile, Uruguay y Paraguay) en los que imperaban regímenes militares de extrema derecha. El objetivo de los gobiernos de esos países era aniquilar a las oposiciones políticas, a las que se les denominaba “la amenaza comunista” o “los subversivos”, a través del intercambio de información, de recursos técnicos de tortura y presos políticos. Fue una reunión de sus respectivos servicios de inteligencia, auspiciada por la CIA, y dirigida por el verdugo número uno de Pinochet, el coronel Manuel Contreras, de la Dina (Dirección de Inteligencia Nacional). Durante años, la existencia de ese Plan Cóndor fue negada, pero EE UU tenía conocimiento de él desde el primer momento, a través de Henry Kissinger, secretario de Estado.

En un país tras otro, la inteligencia militar y las unidades especiales de la policía crearon discretamente escuadrones de la muerte para barrer a la izquierda y a sus simpatizantes. Los sospechosos eran detenidos, torturados y a menudo asesinados, sus cuerpos abandonados en lugares públicos para que sirvieran de advertencia, y a otros, a fin de crear otro tipo de terror existencial, se les hacía “desaparecer”.

Lo cuenta todo el periodista Jon Lee Anderson en el prólogo del extraordinario libro titulado Cóndor (editorial Blume), del fotoperiodista João Pina, en el que añade un paso más a la historia del Plan: quienes financiaron el plan recibían apoyo de criminales de guerra nazis. “Antiguos oficiales de la Gestapo y las SS”, escribe Andersen, “les han enseñado técnicas de tortura e incluso participaron en su aplicación”. La realidad superando a la ficción.

El Plan Cóndor coincide en el tiempo y en el espacio con lo que la ensayista canadiense Naomi Klein denominó “la doctrina del shock”, una descripción y un análisis de lo que sucede en países dañados por acontecimientos como golpes de Estado o cambios de régimen. Ejemplos de ella son el Chile de Pinochet y los Chicago Boys, la Argentina de Videla que tuvo como gurú económico al empresario Martínez de Hoz —ambos murieron en distintas modalidades de prisión— o la transición hasta entonces inédita de los países socialistas al capitalismo.

En última instancia, el Plan Cóndor fue una mezcla de represión política y de ultraliberalismo económico, ya que éste no puede aplicarse en sus grados extremos si no es aplastando a la oposición política, a los movimientos sociales y a los sindicatos: solo a través de la conmoción se pueden instrumentar las reformas que castigan más a las capas medias y bajas de la población que a la clase alta. El objeto de “la doctrina del shock” era borrar los restos de intervención estatal y desmantelar lo poco que había de Estado de bienestar.

¿Por qué es preciso recordar hoy esos acontecimientos? No solo porque se han cumplido 50 años del golpe de Estado en Argentina (el más cruel de todos ellos) y las efemérides han traído a la memoria a los jefes de las juntas militares, pero no a los colaboradores necesarios de Videla y cía, como Martínez de Hoz. O porque la motosierra de Milei se parece a aquella política económica. O porque en Chile gobierna desde hace unas semanas un seguidor de Pinochet y de los Chicago boys. En los años setenta, a pesar de que no sabían nada de economía, los primeros intentos de formar gobierno tenían como protagonistas a los militares. El equipo económico inicial de Pinochet estaba formado por media docena de generales de las distintas armas y un contralmirante. Luego, los seguidores de la Escuela de Chicago se ofrecieron para gobernar el país. Ahora, aquellos economistas se han puesto viejitos, pero tienen sus sucesores en todos los países del Cono Sur latinoamericano. Los Chicago boys ahora son más bien los Chicago oldies. La principal diferencia es que la zona está en democracia, con todos sus defectos, y no en sangrientas dictaduras.

Redacción

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