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Los peligros que encierra pensar y decir: “A mí no me va a pasar”

La expresión “a mí no me va a pasar” es una frase frecuente en la vida cotidiana y suele aparece en múltiples contextos, como en las personas que descuidan su salud, que mantienen hábitos perjudiciales o que realizan excesos confiando en que las consecuencias negativas afectarán a otros, pero no a ellas mismas.

En psicología se denomina “optimismo irreal” o “sesgo de invulnerabilidad”, fenómeno describe la tendencia de muchos individuos a considerar que los acontecimientos negativos tienen mayor probabilidad de ocurrirles a otros que a uno mismo.

Es decir, se subestima el riesgo personal, aunque se reconoce que el peligro existe.

Este mecanismo tiene una función adaptativa inicial, ya que una percepción constante de vulnerabilidad podría generar niveles elevados de ansiedad e inhibir la acción cotidiana. Para poder vivir, tomar decisiones y proyectar el futuro, las personas necesitan cierta sensación de control y de seguridad.

El problema aparece cuando este mecanismo psicológico se vuelve rígido y lleva a ignorar datos objetivos sobre los riesgos reales.

La frase “a mí no me va a pasar” expresa una forma de negación. Foto Shutterstock.

La acumulación silenciosa de riesgos en hábitos cotidianos

La idea “a mí no me va a pasar” se apoya en una lógica basada en la experiencia previa ya que quien mantuvo durante años determinados hábitos –consumo excesivo de alcohol, tabaquismo, sobrecarga laboral, descuido del descanso o de la alimentación- sin haber experimentado consecuencias inmediatas, puede interpretar esa ausencia de efectos visibles como una confirmación de su invulnerabilidad.

Sin embargo, en los procesos biológicos o sociales las consecuencias se acumulan lentamente y se manifiestan mucho tiempo después.

Otro factor relevante es la distancia psicológica respecto del riesgo porque las personas tienden a percibir como más probables los eventos que observan en su entorno cercano.

Cuando una enfermedad, un accidente o un colapso personal afectan a alguien lejano o desconocido, el episodio suele interpretarse como algo excepcional. Pero cuando ocurre dentro del propio círculo la percepción del riesgo cambia.

También interviene un fenómeno conocido como normalización del exceso, cuando determinadas conductas son frecuentes en un grupo social o profesional, y se terminan percibiendo como normales, incluso si implican riesgos significativos.

En los procesos biológicos las consecuencias se manifiestan mucho tiempo después. Foto Shutterstock.

Aceptar la vulnerabilidad como parte de la madurez psicológica

El reconocer la propia vulnerabilidad no implica adoptar una actitud pesimista ni alarmista sino una percepción realista del riesgo.

A veces, muchas experiencias vitales -enfermedades propias o ajenas, pérdidas inesperadas, accidentes o crisis personales- funcionan como momentos de toma de conciencia si situaciones que antes parecían improbables pasan a percibirse como parte posible de la vida.

La frase “a mí no me va a pasar” expresa, en el fondo, una forma de negación del carácter incierto de la existencia.

Sin embargo, aceptar que nadie está completamente exento de riesgo no significa vivir bajo una amenaza permanente sino incorporar una actitud de cuidado hacia uno mismo.

La madurez psicológica suele incluir ese cambio de perspectiva, como es comprender que la vulnerabilidad forma parte de la condición humana y que el cuidado personal es una forma de responsabilidad hacia la propia vida y un modelo hacia quienes nos rodean.

E.M.

Redacción

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