“¡Acá estaba!”, extendía orgulloso la chaquetilla azulada, clavando sus ojos en los del fotógrafo y los del periodista, como esperando una aprobación que no nos correspondía dar y, sin embargo, dábamos. “¿Se la habían entregado en la Guerra de Malvinas?”, inquirimos. “Claro… Más vale”, explicaba (recurriendo a dos palabras que repetiría bastante) aquello que nos había adelantado cuando le pedimos algún elemento, alguna prueba, si se quiere, de 1982… Y sí, decíamos «azul marino» pese a que la capa gris de tierra que cubría su tela y la falta de luz artificial de la cocina hacía que lo dudáramos. También generaba un fuerte interrogante cierta fragilidad de dicha prenda. Parecía que si uno la doblaba, terminaría quebrándola como un papel húmedo. El olor a leña, que impregnaba el ambiente y todo cuanto moraba en él, alimentaba la idea. “¿Vieron que la tenía?”, desafiaba un tanto infantil el dueño del lugar, tomándola en sus manos, consciente de que la chaquetilla, anónima, una de las varias colgadas en la oscuridad de su placard durante las últimas tres décadas, era una parábola de sí mismo, a la sombra del mundo durante tal lapso. “A la sombra como yo, lógico”, revalidaba Francisco Fehrenbacher (57 años, por entonces), el soldado desconocido que -casi treinta años luego del conflicto armado que enfrentó a Argentina y Gran Bretaña en el Atlántico Sur- había dejado de serlo.
“QUERÍA ENFRENTARME CARA A CARA CON LOS GURKAS”

Erica Schmidt y Andrés Fehrenbacher, sus padres, le habían descubierto la cara el 22 de mayo de 1954 en la casa del campo Windeck, distrito de Colonia San Bonifacio, La Criolla (capital del arándano), departamento de Concordia, exactamente donde su abuelo se afincó en 1925 recién llegado desde Alemania, exactamente donde Francisco había vivido, vivía y “viviría siempre”, y exactamente donde nos recibía con unos mates dulces. “Me sorprende su visita. ¿Saben que guardo una revista GENTE de cuando murió Perón?”, contaba a su estilo, de breves frases, por lo general construidas como preguntas.

“Yo no había pisado Malvinas, pero había estado en la lucha. Formé parte del destructor Comodoro Py, que custodiaba el andar del crucero General Belgrano, la joya de la Armada nacional, a cargo del notable capitán Héctor Bonzo. Mi cargo, cabo primero maquinista. En un momento iba a subir al Belgrano y me cambiaron por un compañero que terminó muriendo cuando los ingleses lo hundieron. La guerra me había dejado un dolor grande en el corazón y una enorme bronca en el alma. Apenas hablaba del tema con mis cercanos, y punto. Nunca me interesó revolver el sufrimiento. Yo quería pisar las islas, enfrentarme cara a cara con los gurkas y pisarlos…”, explicaba su ostracismo y su bronca, mientras observaba imágenes de archivo que le acercábamos. “¿No me regalarían esa foto del crucero Belgrano?”, consultaba bajando su voz, celebrando el “sí” y adelantando: “¡La voy a poner en un marquito y colgarla en la pared!”.

-Parece que le gusta guardar recuerdos, Francisco…
-Mucho. Bueno, ahora que se movió el avispero, además saqué a la luz la medalla que me habían dado en lo de las Malvinas.
-Relátenos cómo había llegado “a lo de las Malvinas”.
-Sabía que me iba a tocar el servicio militar y decidí adelantarme, anotarme y adiestrarme para seguir una carrera. Desde el conflicto, permanecí dos años en el Py, dos en la Base Aeronaval Comandante Espora, Bahía Blanca, y dos en la de Puerto Belgrano, Punta Alta. Después me degradaron porque me rajé.

-¿Desertó?
-Je, me había ido con una chica, en 1986.
-¿A partir de ahí se le había perdido el rastro?
-Sí… Más vale.
“EN EL HOSPITAL LO LLAMABAN ‘EL LOCO BUENO’”

Cerca del Gringo o Francis, Andrés (34, uno de los tres hijos de Fehrenbacher) confirmaba que existían capítulos que su padre, por omisión o elección, prefería obviar. “Había leído y escuchado montones de versiones hirientes sobre su situación -explicaba el hermano mayor de Leandro, 32, y José, 30-. A él no lo habían encontrado en el monte, desequilibrado, desprotegido, abandonado, como circuló. Yo me la banco, pero me dolía por mi tío Luis, que era dueño junto a mi viejo de las cincuenta hectáreas que habitaba, por sus primos-hermanos Berta y Carlitos Garlin y el hijo, Lalo, y por sus vecinos, Rosana y Andrés Laner», nos contaba uno de sus herederos de sangre. Y continuaba:

«Las seis personas que te nombré residían cerca, lo cuidaban y me ayudaban a mí, que una vez al mes manejaba de noche completa desde la costa para acompañarlo y solucionarle las necesidades que le surgían”, explicaba el suboficial segundo y buzo táctico de la Base Naval de Mar del Plata, quien le había comprado a Francisco el generador de electricidad que lo abastecía, logró poner en marcha su tractor modelo 1968 arrumbado en el galpón, le arreglaba la bomba de agua, trasladó un centenar de colmenas para generar un ingreso económico extra en venta de miel al campo de mandarina, naranja y limón e, incluso, le había regalado el celular Samsung que los mantenía a padre e hijo comunicados.

“Siempre me había sentido orgulloso de mi viejo, de ahí que me enrolé en la ARA (Armada Argentina) a los 15. Me sacó la boina por él -añadía Andrés-. El tema era que por el 1993 recibió un golpe duro: se había suicidado, acá, de un tiro, su hermano Andrés, y empezó cuesta abajo. Al punto que, intentando prevenir otros dramas, alejamos de su alcance el revólver y la escopeta de la casa. Para colmo, en 1997 lo sorprendió el fallecimiento de su madre (mi abuela), quien nos crió. Ahí comenzó a derrumbarse mal».

Continuaba el hijo de Francisco: «A principios de 2007 lo internamos por esquizofrenia en el Hospital Felipe Heras, Sala 8 de Salud Mental. En esos tiempos traté de demostrar su condición de ex combatiente. Contraté a una abogada, pedimos informes en el edificio Libertad y me vine a tramitar los papeles en Concordia. No recibí demasiado apoyo. Entre los requisitos, me hablaban de testigos. Se dilató y se dilató. Volvimos a internar a papá el año pasado, a lo largo de tres meses. Las enfermeras lo llamaban ‘el loco bueno’. Nada violento el tipo. Hoy consume seis clases de pastillas distintas y anda bastante compensado… Aunque ayer, tras la movida que generó su noticia, me abrazó fuerte y se me puso a llorar”, contenía las lágrimas Andrés Fehrenbacher.

“AHORA EL INTENDENTE ME DEBE LA ELECTRICIDAD, CHE”

Por aquellos días de descubrimiento y ratificación de identidad, Francisco Fehrenbacher disfrutaba señalando: “Cuando le comentaba al intendente local sobre mi condición de ex soldado de Malvinas, me respondía: ‘Vos estás loco’. Y yo le replicaba: ‘Estoy loco pero no como vidrio: combatí en el frente’… Ahora va a tener que acercar el cableado, que pasa a doscientos metros de distancia, hasta mi domicilio”, pretendía entre risas el hombre de documento casi ilegible, entradas prominentes, bigote en herradura “que luzco desde que dejé la Armada”, ojos verdes, 1,76 metros y 92 kilos («aumenté 17 respecto a los que pesaba en mi juventud”); el abuelo al que le costaba acordarse de sus cuatro nietos; el hincha de Boca que no sabía del descenso de River al Nacional B; el cocinero de “potentes guisos y riquísimos asados”; el amante de los libros de Jorge Luis Borges y las gaseosas de manzana y naranja; el oyente de Radio Mitre y admirador del chamamé, la cumbia y el cuarteto; el soldado religioso que rezaba cada noche y le agradecía a Dios “haberse acordado de mí”.

-¿Qué va a hacer con el dinero que puedan entregarle tras corroborarse su condición de ex combatiente? -le preguntábamos, entretanto.
-Comprarme mi primer televisor, y pintar la casa de rosa por fuera y de celeste por dentro.

-¿También va a animarse a salir, a visitar el Centro de Veteranos de Concordia, a…?
-Seguro. Aparte, me habían comunicado que desfilaría con uniforme en el acto patrio del 9 de Julio y que le dedicarían una plaqueta en la escuela que lo encontró. Quizá los chicos me empezarán a mirar con admiración. Ojalá. Capaz que me reciba la presidenta Cristina Fernández… Ayer me habían dado por muerto, y hoy siento que nací de nuevo. Soy sensible, por cualquier cosa lloro. No voy a dejar de manejar el tractor, dormir mi siestita, picar leña, lavarme la ropa, cocinarme, y pienso abandonar cosas densas de la mente, aunque algunas marcas siempre iban a quedar.

-¿Y esa cicatriz que le vemos? ¿También es de la guerra?
-No, de mi perro, mitad dóberman, mitad policía. Un día tiró toda su bronca en mi brazo derecho, a centímetros de la muñeca. Se notaba que andaba enojado. Tal vez porque lo mantenía atado.
-¿Una metáfora del dueño?
-¿Metáfora?

-¿Es ese perro blanco y negro que a tres metros de distancia viene chumbando endiablado y encadenado, con ganas de atacarnos?
-Ése mismo.
-¿Cómo se llama?
-Se llama Capitán… Más vale.

Fotos: Gentileza de la familia Fehrenbacher
y Archivo Grupo Atlántida ([email protected])
Jefa de Archivo: María Luján Novella (113903-8464)

