Visto a la distancia, y con el final de la historia ya escrito, la perspectiva cambia. Estremece. Lo que alguna vez fue celebrado con alegría y esperanza, hoy se recuerda también con una profunda carga de melancolía.
Aquel 2 de abril de 1982, en Resistencia, la noticia de la recuperación de las Islas Malvinas desató una reacción inmediata en la sociedad.
Hubo festejos, abrazos y sonrisas. Imágenes que hacían recordar «aquellas alegres horas de junio de 1978, cuando se obtuvo un logro deportivo».
NORTE tituló su edición matutina con una frase contundente: «Ocupación de las Malvinas».
Tras decretarse asueto, cientos de resistencianos se congregaron a las 11:30 en el mástil de la avenida 9 de Julio. Fue una manifestación masiva, atravesada por un fuerte sentimiento patriótico, que algunos incluso compararon con la gesta de 1810. La plaza se llenó de banderas, cánticos y un fervor que parecía unificar a toda la comunidad.
Las autoridades también expresaron su respaldo. El entonces gobernador, coronel José Ruíz Palacios, junto al intendente Ernesto Galdeano y dirigentes como Deolindo Felipe Bittel, Felipe Gallardo y Miguel Ángel Basail, enviaron un telegrama al Gobierno nacional manifestando «la total adhesión del pueblo del Chaco a la restauración de la soberanía en las Islas Malvinas».
El acompañamiento fue generalizado. Gremios, intendentes y distintos sectores sociales replicaron actos en toda la provincia.
El diario desbordaba de anuncios apoyando la causa. Tanto que salió a la calle una edición especial vespertina, recordado no solo por su valor histórico, sino por ser una de las primeras tapas a color.
«El pueblo enfervorizado volcado en las calles arrebató prácticamente los diarios de las manos a los canillitas», se pudo leer en aquellas páginas.
Resistencia, como también el resto del país, vivió horas de profundo arraigo a la patria, con escenas increíbles de manifestaciones de alegría. Sin embargo, el lunes 5 de abril –apenas tres días después– el ánimo ya no sería el mismo…
Lo que entonces fue celebrado con esperanza y orgullo, hoy también se recuerda con una inevitable melancolía. La guerra que siguió a ese día dejó heridas profundas y vidas truncadas, transformando aquel fervor inicial en un recuerdo atravesado por el dolor.
En esa plaza colmada, en esos cantos y abrazos, late todavía una pregunta silenciosa: cuánto costó, y cuánto sigue costando, aquella palabra que ese día pareció tan clara: soberanía.



