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Cuando un niño dispara, la humanidad entera es responsable

Todo el inconcebible universo puede verse en un ángulo del sótano de una casa en la calle Garay. Así lo escribe Jorge Luis Borges en El Aleph, uno de sus cuentos inolvidables. Bajando las escaleras hacia la oscuridad el personaje Carlos Argentino Daneri descubrió hace tiempo lo que denominó el Aleph: “el lugar donde están, sin confundirse, todos los lugares del orbe, visto desde todos los ángulos”.

El último lunes de marzo, en un colegio de San Cristóbal, en la provincia de Santa Fe, mientras los chicos del secundario izaban la bandera, entró un alumno y disparó y mató a otro alumno y dejó heridos a otros y perpetuó el miedo en todos alrededor. El niño que murió se llamaba Ian Cabrera y tenía 13 años. El agresor tiene 15 y quedó detenido.

“El diámetro del Aleph sería de dos o tres centímetros, pero el espacio cósmico estaba ahí, sin disminución de tamaño”, describe el texto. El arma disparada en el colegio de Santa Fe es una escopeta 12-70 que se usa para la caza. Su cartucho tiene una longitud de 70 milímetros y un diámetro de 18,5 milímetros. En ese cartucho puede verse todo el inconcebible universo del dolor.

“¿Cómo transmitir a los otros el infinito Aleph, que mi temerosa memoria apenas abarca?” se pregunta Borges. ¿Cómo transmitir a los otros el infinito dolor que la muerte de un niño todo abarca? En el cartucho puede verse el daño, sin disminución. Cada infancia (en Santa Fe y en todo el país y en todos los países, digamos) es infinitas infancias, porque claramente se la ve desde todos los puntos del universo.

En el cartucho se ven las infancias descuidadas. Un niño que agrede y nadie lo reprende. Se ve un televisor encendido durante la cena, fideos, galletitas con manteca y en la pantalla imágenes de la guerra. Se ve violencia donde debería haber amor, un padre sin trabajo, una madre sin días de franco, se ve al más chico de la casa que sale a vender lo que puede, se ve un laberinto roto (es una familia con la heladera vacía). Se ven videojuegos que premian al que hiere, la sangre no asusta y matar significa ganar. Se ven interminables ojos abiertos mirando destellos de lo que una vida no es, se ven todos los espejos del planeta y ninguno refleja al que está mirando.

Se ven a los que ven acostumbrados a contemplar violencia, se ven redes que enredan y no permiten desenredarse, se ve una niña que pasó demasiadas horas mirando el teléfono y ahora se acuesta y no puede soñar.

Se ven filtros que maquillan cuerpos vacíos, se ven cuerpos vacíos que buscan no reflejarse, se ven máscaras y detrás de las máscaras ojos tristes que no descansan. Se ven pasos apurados que no pudieron detenerse frente a las alertas.

Se ve la eterna soledad de quien vive solo la infancia. Se ven pesadillas nuevas. Se ven misiles en foco y hombres que gritan para declarar sus buenos principios. Se ven adolescentes que preguntan. Se ven instituciones que no responden a los adolescentes ni pueden contener a sus familias. Se ven más discusiones sobre la imputabilidad que sobre la educación.

Se ve un padre que no sabe que el hijo tiene experiencia en recargar y disparar. Se ve un abuelo que no guardó bien su escopeta. Se ve un niño que entra al colegio con un arma en la mochila. Se ve que la esconde en un buzo. Se ve que recarga. Se ve que apunta. Se ven las baldosas con sangre. En el cartucho de la escopeta en el patio de una escuela se ve lo que no queremos ver. Porque cuando un niño dispara, la humanidad entera es responsable.

“Felizmente –se lee al final del cuento y ojalá sólo en la ficción– al cabo de unas noches de insomnio, me trabajó otra vez el olvido”.

Redacción

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