En febrero del 2003, George W. Bush recibió un mensaje muy claro desde Barcelona. El colosal impacto de aquella manifestación contra la guerra fue tan fuerte que se vio obligado a decirlo: “La política exterior de EE.UU. no la pueden marcar los manifestantes de Barcelona”. Barcelona habla y el mundo escucha.
Veintitrés años después, Barcelona vuelve al centro de la escena mundial como sede de la Global Progressive Mobilisation. Un encuentro internacional inédito de jefes de Estado y de Gobierno, alcaldes y activistas de todo el mundo convocados por el presidente Pedro Sánchez en defensa de la paz, el diálogo, la democracia y las libertades civiles, y en contraposición a la nefasta regresión de Donald Trump y sus aliados de ultraderecha.

Barcelona, ayer y hoy, está en el lugar donde tiene que estar. Al lado de la paz y de los más vulnerables. A favor del multilateralismo y la diplomacia. En contra de los nuevos imperialismos y autoritarismos y a favor de la libertad, la democracia y la justicia.
Somos una ciudad defensora de estos valores. Somos una idea de progreso y queremos ser un faro de los valores democráticos. Por eso hemos relanzado nuestro papel internacional, impulsando alianzas con otras grandes ciudades en la defensa del derecho a la vivienda, recuperando el Distrito 11 para trabajar en la reconstrucción de las ciudades palestinas, o impulsando, esta misma semana, el Premio Internacional Barcelona por la Paz.
Creemos en un mundo con reglas, en el derecho internacional, el multilateralismo y la cooperación. Defendemos una sociedad libre y democrática, con igualdad de oportunidades y derechos garantizados. Somos una ciudad global con responsabilidades porque somos conscientes de nuestra capacidad para proyectar los valores que nos identifican. Y esta primavera los ojos del mundo se fijan en Barcelona.
Los progresistas tenemos la responsabilidad histórica de defender lo que siempre hemos sido. Con determinación, ambición y esperanza. El progresismo es el movimiento de la esperanza en el mundo de mañana. Sin esperanza no hay progreso y sin acción para transformar la realidad, no hay esperanza.
Hoy, en Barcelona, estamos forjando una nueva ola de progreso, en un momento decisivo y un contexto complejo. Las guerras, las tensiones geopolíticas y los nuevos autoritarismos ponen en riesgo los valores construidos durante décadas. Por eso, los progresistas tenemos que actuar unidos en la defensa de la paz, para impulsar nuestro modelo social y dar voz a las clases trabajadora y media.
Cuando Barcelona habla, el mundo escucha. Y hoy Barcelona vuelve a hablar alto y claro: hay esperanza, un futuro mejor es posible. Está en nuestras manos hacerlo realidad, para nuestros hijos y las generaciones que vendrán.
El mundo no merece el miedo, el odio ni la codicia de narcisistas, machistas, racistas, homófobos, autócratas y tecnoligarcas. Podemos detenerlos, como se ha demostrado en Hungría y en las grandes ciudades francesas, con nuestro principal poder: las urnas. Por eso, ante el discurso del miedo, ofrecemos esperanza; ante el pesimismo, acción y optimismo; ante el negacionismo, ciencia y responsabilidad; ante la nostalgia del mundo de ayer, proyecto para el día siguiente.
Allí donde algunos gobiernos escogen el camino del conflicto, nosotros escogemos la paz. Donde algunos levantan muros, nosotros erigimos puentes. Barcelona tiene muy claro cuál es su lugar en el mundo. Con la Global Progressive Mobilisation, asumimos con orgullo la responsabilidad de ser la capital de la acción progresista global. Es el momento en el que las mayorías sociales de todo el mundo tenemos que salir a defender nuestros derechos y a manifestar el rechazo a la guerra. Barcelona es, una vez más, el altavoz.



