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Monteiro Lobato, pionero de la literatura infantil en Brasil: una vida entre las letras y la polémica

Brasil tiene a Clarice Lispector, Jorge Amado o José de Vasconcelos, entre otros grandes de la literatura. A esa lista se debe agregar el nombre de Monteiro Lobato (Taubaté, 1882; San Pablo, 1948), considerado el padre de la literatura infantil de Brasil. En homenaje a su obra, cada 18 de abril se celebra en su país natal el Día de la Literatura Infantil. Aquí, un recorrido por su trabajos más emblemáticos y algunas de sus ideas más controvertidas.

Lobato era abogado y fiscal, y a lo largo de varias décadas publicó textos reconocidos por el gran público como Las aventuras de Naricita o La granja de pájaros carpinteros amarillos. Fue el pionero de la literatura para niños en Brasil con toques folclóricos y representativos del mundo rural. Conoció ese mundo al haber administrado una finca, herencia de su abuelo.

Los habitantes de sitios alejados de las grandes urbes fueron los que inspiraron con su vida cotidiana una obra literaria fundacional. A esa referencia, él sumo para su inspiración sus experiencias como labrador, buscador de oro y minero, además de sus estudios en la universidad.

Monteiro Lobato consiguió que su obra llegara a la gente en una especie de nacimiento de la cultura de masas. Por los años veinte del siglo pasado, Brasil carecía de puntos de ventas de libros, por eso, el autor montó una red comercial inédita. Los libros aparecían exhibidos en farmacias, carnicerías y locales de todo tipo. El propio escritor se encargaba de entregarlos a los comerciantes bajo consignación. Además, fundó imprentas, inexistentes hasta el momento e importó máquinas de Estados Unidos.

Sin embargo, no todo fue un lecho de rosas, ya que sufrió apremios económicos y endeudamientos que lo obligaron a cerrar. Pero, sin desalentarse, insistió con armar una industria editorial con la Compañía Editora Nacional, que fue la más importante en producción entre 1940 y 1970. Como Constancio Vigil, creador de La Hormiguita Viajera y de la editorial Atlántida en Buenos Aires, Monteiro Lobato supo unir esas dos patas: la del escritor, por un lado, y la del editor, por el otro. Así, logró tiradas masivas que sobrepasaron los 50 mil ejemplares, algo inédito para la época.

Además, tradujo al portugués clásicos universales como Alicia en el país de las maravillas y Robin Hood, entre otros libros famosos, ya que dominaba el inglés y el francés.

Personajes entrañables de la literatura infantil brasileña

“Era un gran autor, con un proyecto estético bien definido que buscaba valorar la cultura nacional”, sostuvo Cilza Bignotto, docente de teoría literaria de la universidad de Ouro Preto, según la nota de Luisa Destri en la revista “Pesquisa”. En ese medio, el investigador Jorge Coli destacó que Monteiro Lobato incentivó a los niños a tener pensamiento propio y a contradecir el mensaje de los libros de la época como Caperucita Roja “dedicados a prescribirles comportamientos a los chicos”. Sus cuentos no tenían moralejas, pero se convirtieron en obras memorables, como:

  • Naricita, la protagonista de una saga de títulos que relatan la vida una niña de siete años a la que le gusta comer pochoclos, junto a Emilia, su muñeca de trapo.  
  • La Granja de pájaros carpinteros amarillos es otra de las obras famosas que hasta tuvo su versión en televisión. También llegó a las escuelas, porque sus libros se incluyeron en los programas de lectura.

Polémica por sus preocupaciones políticas

Monteiro Lobato publicó libros sobre la necesidad de desarrollar la industria del petróleo, en pañales en ese tiempo. Hasta fundó su propia compañía petrolera, pero enfrentó las presiones de funcionarios y de empresas más fuertes que temían que les afectara a sus intereses. Su preocupación por el desarrollo de la industria energética cobró impulso cuando fue enviado como delegado comercial del gobierno brasileño a Estados Unidos. Se maravilló con los adelantos en infraestructura, las rutas, ausentes en su país; y la explotación de los recursos naturales. A su regreso, Monteiro Lobato afirmó que el crecimiento de Brasil debería sostenerse en tres pilares: el acero, las rutas y el petróleo”. Más tarde agregó: “Un país se hace con hombres y libros”.

Sus posturas políticas dichas sin disimulos lo llevaron un tiempo a la cárcel. Un grupo de intelectuales denunció el hecho como un acto de censura y el creador de Naricita recuperó la libertad.

Su paso por Buenos Aires

Entre 1945 y 1947 Monteiro Lobato residió en nuestro país ya que fue el primer lugar en publicar en español sus libros, gracias a la decisión de la Editorial América lee de Buenos Aires, fundada por Domingo Landolfi. El vínculo con nuestro país se debe a la gestión de Ramón Prieto, “un aventurero español que peleó contra Franco en la Guerra Civil Española, se afincó en Brasil y fue asesor del presidente Getulio Vargas, según contó Héctor Landolfi en el diario Río Negro.

Al caer el gobierno de Vargas, Prieto se radicó en Buenos Aires y se acercó al presidente Perón. Más allá de sus andanzas en la política, tradujo al español los libros de Monteiro Lobato que atraparon a los lectores hispano hablantes.

Mirada revisionista

Monteiro Lobato fue acusado de racista, y de proclamar la superioridad del hombre blanco. Los argumentos se sostienen porque apoyó la eugenesia, es decir, el mejoramiento de la raza. La novela “El presidente negro” fue rechazada por editoriales de Estados Unidos. Los defensores señalan que hay que ponerlo en un contexto de época mientras que los detractores apuntan a que era consciente de lo que decía, según cartas de puño y letra del escritor. Hasta se pidió que se lo cancele en las escuelas.

En el cuento Negrita, hay una señora pudiente que tiene a una niña de piel negra de criada, la nombra con los peores epítetos y le pega por nada. El autor muestra la crueldad de una mujer que la trata como a un trapo a la niña y después va a misa en rol de piadosa devota y se jacta de cuidar a una niña huérfana. En este caso, el racismo en su mayor expresión no viene de Negrita sino de la dueña de casa. Es al fin de cuentas una denuncia, más que una afirmación de prejuicios.

Redacción

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