En la galería de personajes de Roberto Gómez Bolaños, el Chavo eclipsa a todos los demás. Pero algunos tienen mucho encanto, como los Chifladitos, un sketch en que el jefe de la inolvidable troupe mexicana compartía escena con Rubén Aguirre (para toda la eternidad, simplemente el «profesor Jirafales»). Gómez Bolaños interpretaba a Chaparrón Bonaparte, Aguirre a Lucas Tañeda. Decían y hacían disparates todo el tiempo, y en cada episodio había un momento en el que Lucas, moviendo sus manos sin sentido, contaba con algo de preocupación: «La gente anda diciendo que tú y yo estamos locos». Chaparrón tranquilizaba: «No hagas caso, Lucas, a la gente le encanta sembrar discordias, rábanos y lechugas».
Un hecho fortuito
Días atrás, en Resistencia, un episodio lamentable, pero totalmente factible en medio del desorden urbano, no tardó en rebotar en las redes sociales, centro de las vidas (por llamarlas de alguna manera) de cientos de millones de personas en todo el mundo. ¿Qué pasó? El repartidor de una distribuidora de alimentos avanzaba por un punto muy populoso del sur de la ciudad, cuando un perro se cruzó en el camino del vehículo que conducía. El animal fue arrollado y murió.
Consternado, el conductor bajó del utilitario en que llevaba las mercaderías que debía entregar y vio que el perro ya estaba sin vida. El repartidor lamentó su suerte: miró alrededor por si veía a alguien que pudiera ser el dueño. No lo había. Y sacudido por el momento vivido, se subió al vehículo y retomó la recorrida para completar las entregas del día. Su tiempo corría.
Alguien lo siguió, tomó fotos y las subió a las redes. En la imagen se veía el vehículo y se podía observar también el nombre de la distribuidora, ploteado en un costado. El autor de las imágenes -o alguna otra persona- las acompañó de un texto que afirmaba que el consternado conductor era en realidad un asesino al volante, alguien que había atropellado al perro por displicencia o pura maldad y que luego se marchó sin pestañear.
Cacería digital
En cuestión de horas, el caso ya había sido sometido al habitual juicio marcial de las redes. Más gente se puso a hablar como si hubiera presenciado al detalle cómo ocurrieron los hechos, cargando las tintas contra el repartidor (que en cada nueva versión del hecho era descripto como un sujeto más perverso todavía que en las anteriores), instando a distintas formas de linchamiento social y, de paso, convocando a boicotear a la firma empleadora del hombre. Los perfiles de la empresa quedaron invadidos por amenazas de todo calibre, insultos, difamaciones. Algunos trabajadores de la compañía, al ser identificados como tales en sus tareas de calle, llegaron a afrontar intentos de agresión. Había que destruir al repartidor y a la pyme que se atrevió a darle el empleo con el que sostiene a su familia.
La turba digital descartó desde el vamos la posibilidad más firme: que en una ciudad repleta de animales sueltos en la vía pública, caracterizada por un tránsito intenso y desordenado, simplemente hubiera sucedido un accidente no buscado por nadie, pero favorecido por la presencia del pobre can sin supervisión alguna y por la mala iluminación nocturna de la zona en que ocurrió todo. A quienes se atrevieron a defender esa teoría, se les respondió con ira. Mucho más a aquellos que tuvieron la osadía de apuntar que cosas así van a seguir pasando si miles de dueños de perros, caballos y gatos siguen pensando que dejar a sus animales circulando por calles y avenidas es una manera segura de cuidarlos. Ni hablar de las réplicas furibundas que tuvieron quienes escribieron relatos sobre lesiones propias y de familiares sufridas por perros que sus propietarios dejan libres.
Fue, en definitiva, una historia de las tantas que ilustran la locura imperante, a la que tan útil le resultan las nuevas tecnologías. «Las redes sociales le dan el derecho de hablar a legiones de idiotas que antes hablaban solo en el bar después de un vaso de vino, sin dañar a la comunidad. Ahora tienen el mismo derecho a hablar que un premio Nobel», dijo alguna vez Umberto Eco.
Las escuelas
En la semana que pasó le pedí a un amigo, apasionado de la educación, una opinión sobre lo que está pasando en escuelas del Chaco y del resto del país, invadidas por amenazas de ataques armados derivadas del horrible crimen perpetrado en San Cristóbal, Santa Fe, el 30 de marzo pasado. Ese día, un alumno del tercer año de la escuela secundaria local llevó un arma al colegio, abrió fuego a mansalva e hirió a varios chicos. Mató a uno: un nene de 13 años.
José Moguilner fue maestro rural, es psicopedagogo e interviene en asuntos vinculados con la vida escolar. Ante mi solicitud, me envió una captura de pantalla de un posteo escrito por otra persona, a propósito de las amenazas. «Es lo que mejor resume lo que pienso», me dijo José. El texto expresa:
Se celebra la agresión
y se le exige a la escuela que regule.
Se aplaude el desborde
y se le exige a la escuela que ordene.
Se estimula la deshumanización
y se le exige a la escuela que empatice.
Se festeja la compulsión
y se le exige a la escuela que ponga límites.
Se refuerza el odio
y se le exige a la escuela que ame.
Es tan sabio y tan cierto, que todo lo demás en este artículo sobra. José agregó: «¿Todo explota afuera y se pretende que adentro de la escuela no pase nada? La escuela, muchas veces, hace lo que puede, no lo que quiere».
Dicen
Escandalizarnos con lo que pasa en los colegios es un acto de cinismo de nuestra parte. No solo de una dirigencia que en lugar de debatir y plantear propuestas se aprovecha de la capacidad que tiene el odio de generar adhesiones, sino de nosotros mismos, que en el día a día descalificamos, atacamos y disparamos con nuestras palabras a la cabeza, sin importar y, casi siempre, sin saber.
Regamos, le ponemos fertilizantes y le removemos la tierra cada mañana al desprecio automático. Hay una compulsión a juzgar desde la mayor ignorancia, a no vernos las vigas en los ojos, a reemplazar las razones por violencia, a hostigar al diferente. Que, si además de diferente es débil, muchísimo mejor. La gente que cada mañana se levanta con la imperiosa necesidad de lastimar la dignidad de alguien es la misma que, cuando recibe la noticia de que un chico se quitó la vida por haber sido víctima de bullying, se declara conmocionada. Como si fuera inocente de dedicarse el resto del tiempo a ensuciar, ensañarse, patear al que está en el suelo.
Somos el afuera de esas escuelas y grandes responsables del adentro, al que llegan chicos que, por si faltara algo, forman parte de un país en el que tres de cada cuatro de ellos son pobres, y de un mundo diseñado para la insatisfacción permanente, que a cada momento les recuerda todo lo que les falta comprar para ser felices.
La gente lúcida anda diciendo que tú yo y yo estamos locos, y tiene razón.
Por Sergio Schneider
Director periodístico.



