Orson Welles, elogio de la desmesura y el talento

“El Ciudadano” o “Citizen Kane”, según las traducciones correspondientes, es una de las mejores películas de toda la historia del cine y, para algunos, la líder absoluta de la lista. Para ser justos, su director no hubiera habido «Welles» si antes no hubiera aparecido Sergei Eisenstein, con “El acorazado Potemkin” y “La dirigencia” de John Ford.

Orson Wells (EE. UU. 1915-1985) filmó El Ciudadano con tan solo 25 años. Era un joven prodigio que ya había demostrado su talento con la versión de La Guerra de los Mundos de H.G. Wells para la radio de la CBS en 1938, con el elenco que dirigía del Mercury Theatre.

El programa despertó la conmoción de los oyentes que se creyeron que de verdad seres extraterrestres invadían el planeta Tierra porque el radioteatro falseó noticias y utilizó recursos de ficción, sin aclarar que era un texto basado en la novela de Wells Algunas personas entraron en pánico, pero la transmisión resultó un éxito. Con ese aval, el sello cinematográfico RKO contrató a Welles para que hiciera lo que quisiera. Y lo hizo.

El Ciudadano estaba basado en la vida del poderoso magnate del periodismo norteamericano William Randolph Hearst (1863-1951), dueño y señor de una cadena numerosa de diarios sensacionalistas en todo el país. Hábil empresario para el manejo de la opinión pública, según sus intereses. Justamente Hearst fue un obstáculo para el estreno de la película porque, a sabiendas de que el filme hablaba de él, usó su poder para debilitar la proyección en las salas, amenazando a los dueños. Antes, había presionado a la RKO para frenar el proyecto.

Con todo, llegó el estreno, pero pasó casi desapercibido, aunque recuperó la inversión inicial; tampoco ayudó la entrada de Estados Unidos en la guerra, tras el bombardeo de Pearl Harbour. Recién en 1952 hubo una especie de restreno y con el tiempo su impacto creció hasta llegar a considerase un filme de culto.

Méritos de El Ciudadano

“Es una novela de terror, es una película de misterio, es un thriller. Es un gran reportaje periodístico, es una biografía”, señalaron tiempo atrás en un programa de canal 13 de Madrid que conducía José Luis Garci. Además, significó una nueva forma de ubicar la luz, de montar las escenas, de actuar. La compararon con una obra de arte como La Meninas, como los clásicos de la literatura universal. “Toda obra de arte es ambigua. Se pueden siempre formular muchas lecturas, muchas interpretaciones”, destacaron, al tiempo que subrayaron: “Es un clásico que ha ganado con el tiempo”.

En el debate surgió otra definición: “´El Ciudadano´ es un monumento al ego”. Pero ¿al ego de quién? Concluyeron que más que al de Hearst (Kane), al del propio director. “El filme habla más de Orson Welles”, explicaron, porque el actor se destacó por su capacidad desbordante y su ego poderoso. “Lo tuvo todo, y lo perdió todo”, expresó un personaje sobre Kane, y esa sentencia se puede aplicar sin cambiar nada a la vida del director.

Wells fue un artista que desde pequeño mostró su afición por el arte, empujado por su padre, de buen pasar, que lo llevó a conocer Japón, le dio estudios, y el pequeño se aficionó a la magia y a los títeres. Ser director de cine es parecido a esas artes, lo más cercano a ser un dios. Shakespeare fue otras de sus inspiraciones y sus tragedias sobre el amor y el poder se ven en la decadencia de Kane, en su mansión oscura, fría y gigante, rodeada de estatuas tan hieráticas como el rostro de Charles Foster Kane. El poderoso hombre de negocios que ganó millones reinventó diarios quebrados, y hasta se metió en política, apenas era un niño que buscaba su “Rosebud”, el nombre grabado en el trineo de madera con el que jugaba en la nieve de niño.

Palabra de Borges

Jorge Luis Borges escribió en la revista Sur que en El Ciudadano “el aborrecido Charles Foster Kane es un simulacro, un caos de apariencias. (Corolario posible, ya previsto por David Hume, por Ernst Mach y por nuestro Macedonio Fernández: ningún hombre sabe quién es, ningún hombre es alguien). En uno de los cuentos de Chesterton — creo— el héroe observa que nada es tan aterrador como un laberinto sin centro. Este filme es exactamente ese laberinto”.

El autor de El Aleph separó la película en dos partes, una banal de un millonario que acumula objetos de lujo y mujeres y en el momento de su muerte anhela un trineo. Y una segunda parte superior: “Es la investigación del alma secreta de un hombre, a través de las obras que ha construido, de las palabras que ha pronunciado, de los muchos destinos que ha roto”. Para Borges, el ser humano vive momentos en un laberinto sin centro.

El gigantismo de los escenarios, las columnas y telas de la mansión, las sombras que envuelven los cuerpos que pasan por los grandes espacios, los gestos de labios abiertos en primer plano remiten al expresionismo alemán, según el cineasta Rafael Filippelli. Salvando distancias, no sería raro que algo de El Ciudadano se pueda ver frente a las cruces gigantes del arquitecto Salamone en la pampa bonaerense.

No hay emoción en Kane, hay una distancia, su rostro es una máscara como las del teatro antiguo, que ocultan vaya a saber qué desesperación, qué tristeza. Kane en el final camina con torpeza como un Frankenstein, destruye lo que encuentra, busca ese trineo que lo salve del naufragio, aunque solo queden las esquirlas de los cristales rotos.

Redacción

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