Los países a veces sucumben a fenómenos que podríamos llamar de ensimismamiento. Se encierran en burbujas que, contempladas desde el extranjero, resultan extrañas. Los mismos acontecimientos, percibidos desde el interior o desde el exterior, producen conclusiones muy distintas. Piénsese en una sociedad democrática como la israelí, que afronta el conflicto palestino desde parámetros completamente diferentes a los del resto del planeta. Mientras que la mayoría de la opinión pública mundial advierte un genocidio, o al menos crímenes de guerra, la opinión pública israelí muestra una indiferencia escalofriante hacia la suerte de la población civil palestina y apoya, en nombre de la seguridad, las operaciones militares en los territorios ocupados. Da igual que nos encontremos en tiempos de hiperconexión, en los que la información fluye instantáneamente por internet, los israelíes siguen pensando que “romantizamos” a los palestinos y que desde nuestra posición privilegiada somos incapaces de entender la amenaza permanente que se cierne sobre su país, mientras que el resto del mundo cree que la sociedad israelí está ofuscada, no es capaz de sentir la mínima empatía con la suerte de los gazatíes y da carta blanca a su Gobierno para cometer toda clase de atrocidades.
]]>



