Por Marcelo Carbone*
La gente que se sobreexige lo siente de esa forma y, muchas veces, siente que no puede hacer nada para no autoexigirse. Y esto es peligroso porque termina llevando a uno a la angustia, al malestar y a una carga emotiva inmanejable. En casos extremos, incluso, puede llevar a la depresión. Muchas veces, uno se autoexige a pesar de saber que se puede estar en inferioridad de condiciones.
Cuando se lleva a la mente y al cuerpo a una exigencia que es inmerecida por el evento, el entorno o el resultado, por más que el resultado sea muy importante, hay que tener un equilibrio. Esto es clave porque, cuando se va el equilibrio, permea a todo el ser.
Por ejemplo, en el caso de un deportista que apuesta todo a sus competencias, cualquier derrota lo puede desestabilizar por más ganador que pueda ser. Hay casos de grandes deportistas que se frustran con algún resultado o alguna derrota a pesar de haber sido muchas veces campeones.
Esta autoexigencia la suele sufrir más aquel que hace lo que quiere: si su carrera o su emprendimiento depende de él, lo siente más. Es muy difícil la autoexigencia más pesada en aquel que es empleado o que hace lo que no quiere.
“Abrazar los fallos”
Hay que estar preparado para que las cosas no salgan como deseamos. Hay que abrazar la posibilidad de fallar: el fallo también es académico. Muchas veces, se llega a lo que se quiere gracias a los fracasos previos.
También hay que disfrutar más el proceso que el resultado. Para lograr un resultado, es clave pasar por el proceso y el emprendimiento en tiempo y forma. Muchas veces, este tiempo es la maduración para sacar el provecho futuro.
*Docente y especialista en emprendedurismo



